La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 1. Cárdenas: el ateo, el apátrida, el rojo, el facha

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El sexenio del general Lázaro Cárdenas (1934-1940) probablemente es el que mayor atracción ejerce entre historiadores y aficionados a la historia contemporánea de México. No es para menos, puesto que ese corto periodo se definió mucho de lo que sería el Estado posrevolucionario mexicano a lo largo del siglo XX.

Este texto inaugura una serie dedicada al sexenio cardenista. Hablaré de aspectos bien conocidos de éste -expropiación petrolera, reparto ejidal, apoyo a la República española, etcétera-, aunque sólo como pretexto para abordar un tema que, según creo, tiene poca presencia en el imaginario histórico de los mexicanos: la oposición política contra Cárdenas, encarnada por diversas organizaciones que en algún momento del sexenio se sintieron agraviadas por el gobierno y que actuaron en consecuencia buscando contrarrestar las tendencias políticas marcadas por el presidente en turno. El Comité Pro-Raza, la Acción Revolucionaria Mexicanista, la Confederación de la Clase Media, la Unión Nacional Sinarquista, el Partido Acción Nacional, entre otros, harán su aparición proximamente. Por ahora, a manera de introducción, esbozaré a grandes rasgos los señalamientos críticos que recayeron sobre Cárdenas a lo largo de su mandato.




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Cuando el general Cárdenas tomó posesión como presidente de México, en 1934, se esperaba que fuese un títere más de Plutarco Elías Calles y, por lo tanto, una extensión del Maximato. El mismo Cárdenas contribuyó a reforzar esas expectativas, al nombrar un gabinete conformado por reconocidos callistas, entre los que destacaban Narciso Bassols como secretario de Hacienda, Rodolfo Elías Calles –hermano del Jefe Máximo- en Comunicaciones, y en la Secretaría de Agricultura Tomás Garrido Canabal, ex gobernador de Tabasco conocido por llevar a la práctica, junto con sus verdugos de curas, los “Camisas Rojas”, el radicalismo anticlerical impulsado por Calles desde la década anterior.

Es probable que Cárdenas no viera a los callistas, en el Congreso o en el gabinete, como un obstáculo para impulsar las políticas que caracterizarían su gestión. Sin embargo, pronto advirtió que aún existían congresistas y ministros que visitaban a Calles para recibir línea política. Como señala Carlos Martínez Assad, “los secretarios se encontraban en tránsito permanente entre la finca de Santa Barbara –residencia de Calles-, el Palacio de Gobierno y sus respectivas secretarías” [Martínez Assad, 1993, 75], y se mostraban asustados por las tendencias “socialistas” de un presidente que hacía declaraciones como: “las huelgas son indispensables para que la clase obrera pueda mejorar ante la intransigencia de la clase capitalista”, [Citado por González, 1998, 32], al tiempo que en el Congreso comenzaba a articular en torno suyo el Ala Izquierda del Bloque Nacional Revolucionario.

Desde luego, a Calles no le fue sencillo admitir la gradual pérdida de influencia en los principales espacios de poder. A principios de los años 30, tras un viaje por Europa, el Jefe Máximo había vuelto impactado por el orden fascista, convencido de que sólo esos regímenes de mano dura habían alcanzado la anhelada estabilidad. [Mertz et al., 1988, 136] De manera que, en aquellos primeros meses del gobierno de Cárdenas, el Jefe Máximo hizo constantes declaraciones sobre los errores que, a su juicio, estaba cometiendo el gobierno. Le preocupaba en particular, según decía, el desajuste social que provocaban las resoluciones favorables para los obreros en las numerosas huelgas que se sucedían en el país, y que se traducían en “holgazanería pagada” y desencanto para el capital. Estas críticas le merecieron a Calles múltiples felicitaciones y simpatías por parte de Cámaras de comercio y organizaciones patronales, pilares de los últimos años del Maximato.



Calles. El exilio


Consciente de que su visión de gobierno no era compartida por la mayoría de su gabinete, Cárdenas emprendió en 1935 una limpia del callismo que abarcó a ministros, congresistas y aun al propio Jefe Máximo, quien partió al exilio en abril de 1936.  Este abrupto desmarque del más férreo “come curas” del siglo ayudó a ahuyentar los señalamientos de “ateo” que recaían sobre Cárdenas, provenientes de los sectores católicos que tenían fresco el recuerdo de la guerra cristera si bien aún faltaba por escuchar lo que en años posteriores tendrían que decir la Unión Nacional Sinarquista (UNS) y el Partido Acción Nacional sobre la educación socialista y otras medidas que consideraron contrarias a la doctrina cristiana.

En efecto anota Luis González—, “la lucha entre poder civil y clero palideció frente a la lucha de trabajadores contra patronos”, pues pronto llegaron a registrarse más de dos huelgas por día. [González, 1998, 30] Para prácticamente todos los organismos de oposición a Cárdenas, el comunismo era un temible fantasma que atentaba contra valores que consideraban fundamentales, como el amor a la patria, dado que, según decían, se trataba de una doctrina que provenía del extranjero y tendía a la internacionalización. Así pues, el “socialismo” cardenista se interpretó como una etapa previa para la instauración de un régimen comunista supeditado a la URSS. La oposición veía con horror a un gobierno que dirigía su mirada “hacia abajo”, apoyado en organizaciones civiles y obreras de izquierda, favorecidas en sus conflictos y lideradas por el “agitador culto” Vicente Lombardo Toledano y su Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM, 1936), además del Partido Comunista Mexicano (PCM). La conformación de un Frente Popular antifascista, el asilo político de León Trotsky, la inclusión de un reconocido radical como Francisco J. Múgica dentro del gabinete, y la plena libertad para que estos sectores se manifestaran públicamente, por no hablar del apoyo armamentista y diplomático a la República española en plena Guerra Civil, también fueron factores que alimentaron los recelos. La reacción a estas medidas estaría en boca, entre otros, de gente como José Vasconcelos ("ese olvidado nazi mexicano", diría Héctor Orestes Aguilar), crítico severo del comunismo y del expansionismo yanqui, y defensor de Francisco Franco y de la Alemania nazi a través de Timón, revista que bajo su dirección apoyó abiertamente al nacional socialismo y elogió el orden y el progreso de los germanos.


Francisco J. Múgica
A partir de 1935, además, Cárdenas dio un fuerte impulso al reparto ejidal, mismo que alcanzó su auge en 1936, con 198, 876 beneficiados de 3’303, 787 hectáreas repartidas. [Martínez Assad, 1993,14] Se creó el Banco de Crédito Ejidal para subsidiar la reactivación del campo, pero el sobre giro de los préstamos del Banco de México ocasionó el alza de los precios de la canasta básica. La inflación golpeó directamente a la gente con ingresos fijos, facciones de la clase media urbana no incorporadas al llamado “sector popular” del partido oficial, que se mostrarían inconformes ante el irresponsable populismo cardenista. Algunos periódicos capitalinos fueron eco de ese malestar: El Universal, Excelsior, Omega y El hombre libre. La Universidad Nacional se sumó a las protestas por la reducción de su presupuesto, por la tolerancia hacia los desordenes estudiantiles y por los atentados a la libertad de cátedra por parte del Estado, que fueron interpretados como un intento de imponer una “dictadura ideológica” congruente con la visión política del gobierno.

Vendría después el periodo de las nacionalizaciones, quizá el de mayor consenso entre los mexicanos en torno a Cárdenas. Con ello parecía desarticularse del discurso nacionalista de derecha, si bien se mantenían aún las suspicacias sobre las simpatías bolcheviques del presidente. Esa vertiente anticomunista del discurso de oposición, sin embargo, recibiría un fuerte revés en los últimos meses del sexenio, cuando Cárdenas decidió que el candidato oficial sería el moderado Manuel Ávila Camacho, y no el radical Múgica, su buen amigo. 

Manuel Ávila Camacho

Todo ello, sin embargo, no impediría que desde Washington se calificara al gobierno de Cárdenas como pro fascista, debido a los nexos comerciales de exportación de petróleo que estableció con las potencias del Eje, ante el bloqueo económico promovido por las compañías perjudicadas por la expropiación y apoyadas por sus respectivos gobiernos. Estados Unidos lanzaría una fuerte campaña propagandística tratando de advertir sobre una Quinta Columna de espionaje en México que preparaba al continente para extender el Tercer Reich. Suspicacias semejantes habían expresado, al interior de México, diversas organizaciones de izquierda desde inicios del sexenio, dada la tolerancia del gobierno mexicano hacia organizaciones como los “Camisas Doradas”, la Confederación de la Clase Media y el Sinarquismo, movimientos de corte fascista. En efecto, desde 1935 el PCM, a través de su vocero, Hernán Laborde, había llamado la atención sobre las inclinaciones políticas del “neocallista” Cárdenas:


Es gobierno de la fascistización del país […] –decía Laborde- que está siguiendo los sistemas de métodos de explotación de todos los que oprimen a las masas, teniendo como maestros a Hitler y Mussolini […] Cárdenas es el hijo político de Calles. [Citado en Sosa Elízaga, 1996, 61]

Sin embargo, hacia el final de su administración Cárdenas se pronunciaría en contra del nazifascismo europeo; y posteriormente Ávila Camacho eliminaría todo rastro de sospecha al entrar al conflicto internacional en 1943 a favor de los norteamericanos.

Estos giros en el ocaso del cardenismo darían pie a otro tipo de oposición, encarnada por políticos o militares ansiosos de poder, como Saturnino Cedillo y Juan Andrew Almazán, quienes en algún momento creyeron pertenecer a la “familia de la Revolución” pero finalmente fueron desplazados de la reestructuración del PNR al transformarse en PRM.  


Llegaba así el final de una administración que aunque había reducido la oposición, dejaba todavía a diversos sectores descontentos: iniciativa privada temerosa, sectores medios urbanos afectados por la inflación, grupos obreros excluidos de la política de masas sin poder de negociación; campesinos bloqueados por la burocracia en la repartición de tierras, pequeños propietarios amenazados por el agrarismo y los ya mencionados políticos-militares de la “contrarrevolución”.

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Fuentes:

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998.

MARTÍNEZ ASSAD, Carlos, Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el Estado cardenista, 2ª ed., México, FCE/UNAM-IIS, 1993.

MERTZ, Brigida von, et.al., Los empresarios alemanes, el Tercer Reich y la oposición de derecha a Cárdenas, México, SEP/CIESAS, 1988, II.

SOSA ELÍZAGA, Raquel, Los códigos ocultos del cardenismo, México, UNAM/Plaza y Valdés Editores, 1996.

Hidalgo: La historia jamás contada... del señor cura Periñón

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Hace semanas, cuando vi los carteles que anunciaban la película en cuestión, mi primera reacción fue de escepticismo, cuando no de franco rechazo. El título me pareció desesperadamente taquillero, impresión reforzada por la imagen de Ana de la Reguera con su atractivo y pronunciado escote. Además, el enésimo protagonismo de Demián Bichir, esta vez como el cura de Dolores, sonaba notablemente bizarro.  Sin embargo, desde entonces me había hecho a la idea de que sólo la debilidad de mi economía sería más fuerte que el morbo (que prefiero calificar como “intelectual”) de ver cómo se valían de la figura del “padre de la Patria” para ganar dinero.

Afortunadamente, aunque en efecto mi economía dista de haber salido del “catarrito”, mi familia ya me asocia automáticamente con cualquier asunto que les suene medianamente histórico, y en esta ocasión mi tía favorita y su esposo tuvieron a bien invitarme (ante la ausencia de la noviecita de su pequeño hijo, cabe aclarar) a la proyección de la película, nada menos que en el Auditorio Nacional, junto a más de 5,000 escuincles de secundaria y de la Escuela Superior de Educación Física; además del director de la cinta, Antonio Serrano, y nuestro centinela contra mezquinos, Alonso Lujambio, titular de la SEP, quienes dirigieron al público huequísimas palabras. Luego de tan aciagos momentos, las luces se apagaron y la cinta corrió.


¡Oh, grata sorpresa de la vida!... favorecida, desde luego, por las pocas expectativas que tenía en la película. Desde su prisión en Chihuahua, en 1811, y luego de ser degradado por la Iglesia a la que tantos corajes hizo pasar, Miguel Hidalgo da rienda suelta a sus tempranos recuerdos y se remonta hasta 1767, cuando era apenas un estudiante más (desde entonces interesado ya en lecturas “peligrosas”) en el colegio de San Nicolás de Valladolid; desagradable experiencia fue para él, como para grandes sectores de la población de la Nueva España, la expulsión de sus profesores y demás miembros de la Compañía de Jesús de todos los dominios de la Corona española por orden de Carlos III. De ahí el protagonista da un salto en el tiempo hasta sus años de madurez como rector del mismo colegio, respetado por los estudiantes a los que había inculcado el espíritu crítico, pero temido por las autoridades eclesiásticas escandalizadas ante su soberbia heterodoxia, las cuales deciden deshacerse de él enviándolo a la miserable villa de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, como cura párroco.


Fachada del actual Museo Casa Hidalgo,
en San Felipe "Torres Mochas"

Es ahí donde se desarrolla el centro de la trama, y particularmente en "la pequeña Francia” (o "la Francia chiquita"), como se le conoció a su casa en aquel lugar (y no en Dolores, como dijo la periodista Karla Iberia Sánchez durante la transmisión del “Grito” que Felipe Calderón dio ahí el pasado 16 de septiembre) por las tertulias escandalosas en que, según decían las beatas locales, se atentaba contra la castidad con bailes prohibidos, corrían generosas cantidades de tequila y pulque, y el anfitrión había traducido el Tartufo o el impostor de Molière, obra crítica de la hipocresía de los devotos, con la intención de montarla con los relajados asistentes a sus tertulias como elenco. Es ahí también donde conoce a Josefa Quintana, hija del patrocinador del montaje teatral, y con la que a la postre procreará dos hijos más, además de los dos que previamente ha tenido en Valladolid.

De acuerdo con las nociones que tengo sobre el periodo en el que se desarrolla la trama, no alcancé a percibir mayores desatinos históricos en el guión, el cual corrió a cargo de Leo Mendoza y contó con la atinada asesoría de la Dra. María José Garrido Asperó. El relato es bueno, bien llevado, estable en el interés que despierta al espectador, en ocasiones con pasajes dramáticos, en otras con cierto suspenso o con escenas de apasionado romance, y las más de las veces con un humor que personalmente recibí con mucho agrado. Excelentes puntadas de casi todos los personajes (el personaje de Cecilia Suárez es entrañable), enmarcadas en escenarios creíbles, al parecer bien ambientados, con música y fotografía destacadas. Una obra de desacralización completa, diría yo, cuya historia posee interés por sí misma, y no tanto (aunque esto resulte indisociable en la imaginación de los espectadores) porque se trate de quien años después iniciaría una aventura que, es cierto, muy pocos se atreverían a emprender, y que por ello sería conocido, ni más ni menos, como el "padre de la Patria".

En ese sentido, al momento de estar viendo la película me sorprendió mucho pensar con insistencia en Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia, cuya obra fue objeto del post anterior (en éste, que ya parece más bien un blog sobre el loco cura de almas pueblerinas). Será que andaba muy de buenas, y que en el espíritu desacralizador que me invadió en estos días estaba dispuesto incluso a bajar la novela de Ibargüengoitia del pedestal en que la había colocado… lo cierto es que concluí que no habría mejor experiencia “antihistórica” que ver Hidalgo: La historia jamás contada y, acto seguido, llegar a casa para adentrarse en el delicioso relato que Ibargüengoitia tejió alrededor del cura de Ajetreo, Domingo Periñón.

Los elementos comunes a ambas producciones son notables, destacadamente el tono antisolemne de la narración y de los personajes que le dan vida: sujetos contradictorios, complejos, que se dejan seducir por sus pasiones, como la mayoría de los seres humanos. Me impresionó también la importancia que en ambos casos (novela y película) posee el teatro dentro del relato, no sólo como elemento accesorio que ocasionalmente adorna a los personajes, sino como recurso de la trama misma que contribuye a clarificar parte de lo más intimo del protagonista. En el caso de Los pasos de López, el montaje de La precaución inútil permite al narrador-testigo, Matías Chandón, presentarnos a Periñón a través de López, el personaje que el cura interpreta en la comedia y que sin duda es una metáfora del papel que desempeña tanto a lo largo de la novela como en el referente histórico de ésta: la conspiración de Querétaro y la subsecuente rebelión armada:

Periñon era López […] el personaje más interesante de la comedia, él enredaba y desenredaba la acción, resolvía todos los problemas y al final recibía todos los castigos”. (Los pasos de López, p. 40)

No obstante, luego de ver al Hidalgo interpretado por Bichir, es claro que la metáfora de López aplica también para el personaje de esa “historia jamás contada”, la de la vida del “Zorro” antes de ser devorado por el Generalísimo. Sólo que en esos años previos al estallido revolucionario, Hidalgo todavía tiene menos de López que del propio Tartufo que interpreta en la comedia de Molière. El mismo cura así lo asume, en medio de los conflictos que le suscita su débil vocación sacerdotal, instrumento del cual don Miguel se ha valido únicamente para conservar la libertad que le proveen sus libros… pero que al mismo tiempo le coarta una libertad más física que intelectual. Se descubre, en fin, tan hipócrita como un Tartufo cualquiera.

En fin, recomiendo mucho la película para pasar un buen rato y para desacralizar (todavía más) al "cura ejemplar" que recientemente nos quieren recetar con presuntos disfraces "desmitificadores". La edificación de los "héroes" en la segunda mitad del siglo XIX fue pensada como una manera de formar ciudadanos, inculcando en ellos sentimientos de identidad nacional en la que estuviera de por medio la emulación de figuras ejemplares, rígidas e infalibles, capaces de sacrificar todo por su patria. Considero que ese paradigma se ha roto. Las campañas publicitarias en los medios masivos de comunicación parecen ser insuficientes ya para que una sociedad en su conjunto sienta tal veneración, por ejemplo, hacia los miembros del ejército que son lanzados a una guerra en la que está de por medio la integridad nacional, según el discurso oficial. El carácter enteramente humano (y muy frecuentemente, miserablemente humano) de esos "elementos" y de quienes los han sacado de sus cuarteles, queda evidenciado día a día, y es materia de discusión en todos los espacios imaginables de la sociedad.

De acuerdo con el quiebre del paradigma de lo heróico, el Miguel Hidalgo presentado en Los pasos de López, que con el mismo talante encuentro en Hidalgo: La historia jamás contada, está lejos ya de la figura broncínea en la que aún creyeron nuestros abuelos, y que, según creo, ahuyentaba, más que estimulaba, cualquier esfuerzo por imitar las hazañas del cura rebelde. El Hidalgo que podemos encontrar en la novela y la película en cuestión, por el contrario, no sólo es un personaje simpático que, en vez de hacernos derramar lágrimas patrioteras por su sacrificio, podrá sacarnos de vez en cuando alguna sonrisa cómplice. Es también una figura cuyo ejemplo queda más a raz de suelo, más al alcance de cualquiera, porque muestra que aquél sujeto, y todos los que pelearon a su lado o en su contra, fueron seres tan complejos, pero al mismo tiempo tan fascinantes, como nosotros mismos...


Un viaje literario con el cura Hidalgo (2): a propósito de Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia

2 comentarios:
En el post anterior relataba la sorpresiva visita que el “padre de la Patria” había hecho a mi casa el día que se cumplían 257 años de su nacimiento, y cómo conseguí dormirlo con mi quejumbrosa reseña de la novela Camino a Baján, del historiador Jean Meyer. Decía también que, buscando prolongar todo lo posible la estancia de tan distinguido huésped, decidí hablarle mejor de otra novela que también aborda la primera insurgencia, aunque en forma diametralmente distinta a la que emplea Meyer. En efecto, le hablé a don Miguel de Los pasos de López, del escritor Jorge Ibargüengoitia. He aquí lo que le dije:

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J.Ibargüengoitia

Figúrese, cura, que aquella Guanajuato que sus huestes hicieron añicos no desapareció. La ciudad sobrevivió, creció y se convirtió en una de las más bellas del país. Allí nació, en 1928, Jorge Ibargüengoitia, escritor que en sus primeros años se dedicó a producir piezas teatrales, pero que al poco tiempo, a principios de los años 60, las abandonó para enfocarse en el cuento y la novela, según él, porque su producción dramática era muy mala.  Esto pese a ser discípulo de Rodolfo Usigli, notable escritor que seguramente despertaría en él la inquietud de recurrir a la historia como instrumento literario, aunque siempre anteponiendo la imaginación a la rigurosidad de los hechos del pasado. Usigli, autor de un par de piezas que reflejan esa atracción por la historia -El gesticulador (1938) y Corona de sombra (1943)-, era categórico cuando decía:

Si no se escribe un libro de historia, si se lleva un tema histórico al terreno del arte dramático, el primer elemento que debe regir es la imaginación, no la historia. La historia no puede llenar otra función que la de un simple acento de color, de ambiente o de época. En otras palabras, sólo la imaginación permite tratar teatralmente un tema histórico. [1]

Esta “antihistoria” usigliana -recurrir a la historia sin pretensiones de historiador- fue herencia para Ibargüengoitia, y de ello es muestra Los pasos de López, su última novela (murió en 1983), la cual vio la luz por vez primera en Barcelona, en 1981, con el título Los conspiradores. [2] Se trató de una especie de revancha, pues no era la primera ocasión que Ibargüengoitia escribía algo sobre la conspiración de Querétaro y la rebelión subsecuente: en la temprana fecha de 1959, por encargo oficial, debió escribir la pieza teatral La conspiración vendida como parte de los festejos por el 150 aniversario del inicio del desmadre que usted, don Miguel, desató aquella mañana del 16 de septiembre de 1810. Desde luego, la “exactitud” histórica y la tradicional sacralización de los “héroes que nos dieron patria” -sí, mi buen “Zorro”, ya le colgaron ése santito- fueron condición obligada para la obra de Ibargüengoitia. Con ello había dado la espalda a la “antihistoria”. La creatividad fue reprimida. Ninguna pizca de su reconocida mordacidad se asomaba. La ironía era nula, y aunque durante el resto de su vida tendría oportunidad de desparramarla en cada una de las páginas de su autoría, tenía una cuenta pendiente con usted y su aventura revolucionaria, “la primera historia que me interesó en mi vida”, aseguraba Ibargüengoitia:

Es la historia de la conspiración que comenzó la independencia de México, y que me contaron como un cuento a los seis años y me fascinó. Luego la estudié en el colegio y me aburrió, porque me aburren los héroes. Por fin hice una obra de teatro, bastante heroica también [3]

Poco tiempo antes de morir saldaría esa deuda al escribir Los conspiradores/Los pasos de López, una novela “antihistórica” porque, según decía Ibargüengoitia, “la historia vuelve tiesas las cosas”. [4] Esta novela, don Miguel, según mi muy personal y cuestionable opinión, es uno de los mejores homenajes que se le han hecho a su persona, y también una de las más recomendables lecturas por hacer durante esta pesadilla de jornadas bicentenarias que estamos padeciendo, caracterizadas no sólo por el derroche de recursos destinados a espectáculos absurdos que nada bueno dejarán al país -más que entretenimiento y, desde luego, algo de legitimidad para el cuestionado gobierno actual-, sino por un discurso histórico que aunque se presenta como distanciado de la historia tradicional, sigue “entiesando” las cosas, sacralizando la figura suya y de sus compañeros y, como le decía, endilgándoles atributos sobrehumanos e intenciones “nacionalistas” fuera de lugar.

Sabiendo ahora que Los pasos de López es heredera de la “antihistoria” usigliana, no deberá extrañarle, don Miguel, que muy pocos de los nombres y lugares que aparecen ahí le resulten familiares. Sin embargo, su reconocida inteligencia me asegura que de inmediato se identificará con Domingo Periñón, cura de Ajetreo (Dolores) quien gustaba del goce mundano y se dejó llevar por el frenesí revolucionario, como usted. Verá también a doña Josefa Ortiz y al corregidor Domínguez en las personas de Carmelita y Diego Aquino, respectivamente; e intuirá con acierto que Aldaco es Aldama y Ontananza, Allende… Pero no se trata aquí de hacer una guía de lectura de la novela que daría al traste con esa magistral tensión -especie de simultánea distancia y proximidad- que Ibargüengoitia construyó entre los personajes imaginarios del relato, por una parte, y usted y sus no-tan-amigos revolucionarios, por la otra, don Miguel. Por eso quizá está de más hacer un ejercicio comparativo para medir el grado de precisión histórica que tienen Camino a Baján y Los pasos de López; sin duda esta última sale “perdiendo” -si bien en el post anterior subrayé que la primera no está libre de pecado, para infortunio del prestigiado Meyer-.

En donde sin duda coinciden es en el objetivo de desmitificar la versión tradicional nacionalista de la historia, aunque los medios que emplean para ello son bien distintos. En Camino a Bajan, Meyer se asume como el historiador que es y apela a sus conocimientos “científicos” sobre el tema para contradecir puntos importantes de esa versión tradicional; su esfuerzo consiste en presentar ese conocimiento en forma novelada. No obstante, y por más que al emprender esa labor narrativa Meyer haya integrado un no mal logrado ejercicio de imitación de la sintaxis de la época, el resultado general es poco afortunado, como antes dije.

Los medios desmitificadores de Ibargüengoitia son distintos, y casi podría decir que opuestos a los de Meyer. El lenguaje coloquial de Los pasos de López favorece una lectura más fluida, y el relato no pierde credibilidad, a pesar de ubicarse en una época en la que, evidentemente, la gente no se expresaba como nosotros hoy en día. Nuevamente, he aquí el compromiso con la “antihistoria” usigliana… o, si se quiere, la falta de compromiso con la rigurosidad histórica. El esfuerzo de Ibargüengoitia, desde luego, no consistía en escribir “bonito”, pues para él ésa era prácticamente una condición existencial, una forma de percibir y de narrar el mundo. La labor consistió, más bien, en integrar a esa narrativa los elementos históricos que quería presentar para desmitificarlos, brindando, en muchos sentidos, una versión alternativa a la tradicional, aunque no por la rigurosidad de los datos que incluye, sino por el tono y la forma literaria en que lo hace. Particularmente agradables son los pasajes que revelan la formación teatral de Ibargüengoitia: los capítulos 13, 14 y 15, que corresponden al descubrimiento de la conspiración, son un delicioso relato lleno de intrigas, malosentendidos, traiciones y demás, en forma de diálogos teatrales acompañados de actitudes y gestos descritos con precisión.

A ello sigue, en el capítulo 16, el más explícito interés desmitificador de Ibargüengoitia, que abre con las siguientes palabras del narrador-testigo Matías Chandón, una vez que los conspiradores habían sido descubiertos:
El episodio que sigue es tan conocido que no vale la pena contarlo. Voy a referirme a él brevemente nomás para no perder el hilo del relato y precisar algunos puntos que la leyenda ha borroneado. Es el que empieza con mi cabalgada nocturna y termina con Periñón en la iglesia dando lo que ahora se conoce como el “Grito de Ajetreo”.
     Dicen que yo tenía tanta prisa por avisar a mis compañeros que la Junta de Cañada había sido descubierta, que reventé cinco caballos aquella noche. Que me detuve en Muérdago nomás el tiempo que necesité para dar el mensaje y dejar que Ontananza y Aldaco montaran, desenvainaran espadas y gritaran “¡a las armas!”. Luego viene “el abrazo”. Un pintor que quiso evocar mi llegada a Ajetreo, me representó sacando el pie debajo de un caballo muerto, al fondo se ve una iglesia, Periñón está en el atrio y va hacia mí con los brazos abiertos. Dicen que apenas di la noticia Periñón hizo tocar a rebato, que llegaron los fieles corriendo y que cuando se llenó la iglesia, Periñón subió al púlpito y gritó:
     -¡Viva México! ¡Viva la independencia! ¡Vamos a matar españoles!
     Que la gente le hizo coro, que él sacó una espada, que salió de la iglesia y que todos los seguimos.
     Es una visión inexacta […]


La visión “exacta” que Ibargüengoitia ofrece como alternativa, sin embargo, es tan imprecisa en términos históricos como la que aquí pretende refutar. Pero, nuevamente, es éso lo que menos importa. Su esfuerzo desmitificador, pues, no reside tanto en un rigor histórico por él indeseado, sino en el tono antisolemne del relato, en la ironía que se desliza hacia lo cómico, lo cual, en palabras del autor, no es lo mismo que la burla:
El término “comedia” significa algo muy concreto: se trata de una visión parcial de las cosas, de ver la realidad en un sesgo en el que todo es un poco grotesco y presentarlo como tal. La comedia supone una simpatía del escritor con el personaje. La sátira es otra cosa: el escritor odia al personaje y lo presenta como una piltrafa […]
     Yo creo que he sido un escritor cómico, pero no soy burlón. La burla supone algo de odio o de crueldad, o de desprecio. Generalmente trato de escribir sobre algo que me produce cierta simpatía […] Supongo que nadie en el mundo es totalmente despreciable y si tomo un personaje lo que me interesa es justificarlo. Por eso no creo en la burla. [5]

De ahí, quizá, que Ibargüengoitia sea bastante benevolente con usted en su versión periñonesca, don Miguel. La novela  incluso refleja cierta admiración y respeto hacia su persona en la edificación de un Hidalgo hecho a la medida de las expectativas del autor: un cura heterodoxo -“Ya he perdido bastante tiempo en la Iglesia”, afirma Periñón- aventurado entre las faldas de la casa de putas de la Tía Mela, que gustaba del vino, de la buena charla, de la música y el teatro, y que se llevaba de a cuartos con los más humildes personajes de la región. En suma, un ser libre.

Ciertamente, don Miguel, como ya es común, no deja de aparecer usted frenético y condescendiente con la “canalla criminal” que lo acompañaba y que carecía de disciplina e instrucción militar. ¿O es mentira que a la hora de la batalla sus soldados atacaban sin concierto para luego huir en desbandada? ¿Acaso dudaron en masacrar en Granaditas y en acatar las órdenes de usted, su desenfrenado Generalísimo, para degollar a gran cantidad de gachupines? ¿Puede culpar a los amplios sectores que dejaron de simpatizar con su insurrección porque les pareció que esos crímenes la hacían moralmente ilegítima?... ¡No, no, no, don Miguel! Quite por favor esa cara, que no es regaño. Créame… Ya Edmundo O’Gorman se ha encargado de regañar a los historiadores, vivos y muertos, que regañaban a los muertos, en lugar de comprenderlos… Yo comprendo al ya fallecido don Edmundo; jamás lo regañaría… En cuanto a usted, mi estimado cura, no sé si está muerto o qué es lo que hace aquí… y no sé si lo comprendo, pero sí sé que no me atrevería a regañarlo, puesto que, según dicen, usted me dio Patria.

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Estaba justo a la mitad de mi entusiasta reseña, cuando a lo lejos sonó la campana del camión de la basura y el cura echó a correr a la calle con escoba en mano y gritando “¡Muera el mal gobierno!”... ¿Qué si estuvo fuera de lugar? ¡Qué va! ¿En este sexenio? ¡Ja! Basta con decir que, según alcancé a ver, no fueron pocos los que echaron a correr tras él haciéndole coro, aunque añadiéndole de su cosecha a los gritos para identificar al impugnado mal-gobierno: espurio, decían unos; dinosaurio, los otros; chucho, otros más; “legítimo”, otros tantos.

No volví a ver al cura. Y es una pena porque me habría gustado contarle muchas otras cosas que, para mí, hacen de Los pasos de López toda una joya. Pero como dudo que estas apreciaciones le interesen a usted, amable lector, optaré por reservarlas para mí esperando que se anime a juzgar usted mismo el libro en cuestión a la luz de tanta oquedad bicentenaria. Salud!

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Notas

1. R.Usigli, Corona de sombra, México, Ediciones Cuadernos Americanos, 1947, citado en L. Howard Quackenbush, El ‘López’ de Jorge Ibargüengoitia. Historia, teatro y autorreflexividad, México, CONACULTA-INBA, 1992.
2. Dicen que para la reimpresión de 1982 bajo el sello de Océano, los editores propusieron el cambio de nombre por la fuerza simbólica del apellido “López” en la novela, y también porque aludiría a la inminente y no muy elegante salida del presidente “Perro”, José López-Portillo. Véase: Quackenbush, El ‘López’…, p. 45.
3. Rosa María Pereda, “Jorge Ibargüengoitia: ‘la historia vuelve tiesas las cosas’”, El País, 26 de diciembre de 1981.
4. Ibid.
5. Aurelio Asiain y Juan García Oteyza, “Entrevista con Jorge Ibargüengoitia”, Vuelta, 100, marzo 1985, p. 48.

Un viaje literario con el cura Hidalgo (1): a propósito de Camino a Baján, de Jean Meyer

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El pasado sábado 8 de mayo se cumplieron 257 años del nacimiento de (tomo aire) Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mondarte Villaseñor… mejor conocido como Miguel Hidalgo. La jornada cannábica de ese mismo día se prestó para que la efeméride diera mucho más de sí: luego de una breve siesta al medio día, en abriendo mis pequeños ojos encontré sentado en mi sillón al mismísimo “padre de la Patria”. Allí estaba, muy orondo, irradiando dignidad desde sus greñas entrecanas, que dejaban ver una calvicie avanzada, hasta sus botas, un poco gastadas y con rastros de caca de caballo. Dado mi estado en aquel momento, no recuerdo haber escuchado su voz, sino sólo haberme puesto a hablar como tarabilla sobre las muy pertinentes lecturas que había hecho en las últimas semanas. Así pues, a continuación transcribo lo que le platiqué.


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Acúsome, padre Hidalgo, de haber gastado mi escaso dinero en un libro que no lo valió: Camino a Baján, del reconocido historiador Jean Meyer, ahora metido a novelista. Grandes expectativas tenía sobre el libro porque en la portada presume ser “una viva recreación de las batallas y la agitada travesía del cura Hidalgo” (sí, de usted… ya sabe, eso de su rebelión) “en la Independencia de México”. Pero en ello hay por lo menos una gran mentira: usted no protagoniza el relato, pese a lo que afirmen, además de la portada, las notas periodísticas sobre las presentaciones que Meyer hizo de la obra, según las cuales ésta “recoge los avatares que vivió el cura de Dolores durante los meses previos a su captura y muerte” (Zócalo de Saltillo, mayo 9, 2010). Para serle sincero, dudo que los reporteros de esas notas hayan abierto el libro. Pues bien, esa mentira fue una entre algunas otras cosas que hicieron que me arrepintiera de haber pagado 200 y pico de pesos por él. No se crea: la novela no es vomitiva… el problema es que estaba entusiasmado con ella y… pues nada, que me ha decepcionado.

El retrato que Meyer hace de la primera insurgencia se centra en la región occidental de lo que usted conoció como virreinato de la Nueva España, hoy México, en poblaciones como Guadalajara, Tlaquepaque, Tepic, San Blas... Debo aceptar que la cepa de historiador del autor brota a lo largo de todo el relato. Él confiesa que desde hacía décadas había sentido fascinación por usted; según cuenta, el origen del trabajo documental que sin duda soporta parte de la novela, se encuentra a inicios de los 1990, cuando

…se me acercó el señor [Ernesto] Alonso, un productor famoso de telenovelas de Televisa, muy amigo de María Félix, y él tenía el proyecto de hacer la telenovela ‘La Antorcha Encendida’, precisamente sobre la guerra de Independencia, con Enrique Krauze y Clío. Entonces me invitaron como asesor histórico y yo me metí a fondo a estudiar en ese momento al personaje de Miguel Hidalgo (Vanguardia, abril 25, 2010)

En efecto, fruto de esa investigación fue un libro académico para Editorial Clío, pero también la primera versión de la novela que hoy le cuento, y que apareció en 1993 con el sello de Editorial Diana y el título Los tambores de Calderón.

No es de extrañar, por eso, que en Camino a Baján abunden los indicios de conocimiento y rigor historiográfico. Es evidente, por ejemplo, que Meyer tiene clara la radical importancia que tuvo para el “proceso de independencia” la invasión napoleónica de la península a mediados de 1808, y la inédita destitución violenta del virrey de la Nueva España, José de Iturrigaray, en septiembre del mismo año, a manos de un puñado de “mercachifles peninsulares”. Fue así, don Miguel -y usted no me dejará mentir-, que muchos “europeos y criollos […] descubrieron sin pensarlo el camino de la revolución” (p. 23). Hasta cierto punto, coincido con el reseñista Álvaro Enrigue (Vuelta, 201, agosto de 1993), quien calificó la novela como “desmitificadora” porque subraya la complejidad del fenómeno insurgente y contribuye a desmontar versiones épicas de un “pueblo” homogéneo que ansiaba su libertad: vemos a la gente que en sus poblaciones recibía con el mismo entusiasmo a insurgentes y realistas; las diversas y contradictorias motivaciones que tenía para unirse a sus tropas; la confusa relación entre la xenofobia insurgente y los conflictos de clase…

Ahora bien, igualmente interesante es la forma en que Meyer habla de usted, mi estimado cura de almas pueblerinas… A pesar de que la portada del libro miente y usted no es protagonista de todo el relato, el autor se reivindica un poco en el octavo y último capítulo, “Jerusalén y Babilonia”, donde primero nos presenta una conversación entre viejos conocidos suyos acerca de su carácter, sus virtudes, sus vicios y su revolución. ¿Recuerda a fray Francisco Olivares y a los curas Ramírez de Oliva y Severo Maldonado (“el pedante”)? ¡Pues vaya que tenían buena impresión de usted! Le gustará saber que reconocían su “genio travieso”, su pasión por la música y las letras y, desde luego, su gran habilidad como teólogo y polemista (“el Zorro” le decían en el seminario, ¿cierto?), a grado tal que aseguran que usted hubiera sido capaz de condenar la insurrección con argumentos tan convincentes como los que empleó para defenderla.

En contraste con el resto de la novela, en este capítulo 8 (y quizá también en el 5: vívida narración de la batalla de Puente de Calderón que marcó el principio del fin de su aventura revolucionaria, don Miguel) sí encuentro ciertas virtudes narrativas por parte de Meyer. Tanto en la conversación de los curas mencionados, como luego en el soliloquio que a usted le adjudica en las horas previas a su ejecución (¡!), el autor plantea preguntas fundamentales sobre la convulsión política y social de aquellos años; preguntas cuyas escurridizas respuestas han traído vueltos locos a los historiadores en los últimos doscientos años. Como ejemplo, vea la angustia que -según Meyer- ya desde entonces expresaba fray Francisco Olivares:

¿Por qué se están viviendo tantos males? ¿Qué se está expresando en esta revolución? ¿Por qué se ha llevado tanta gente buena? Entiendo que los malvados hayan aprovechado la oportunidad para robar y matar, pero ¿los buenos? ¿Nuestros hermanos? (p. 244)

Para algunas de esas preguntas, Meyer aventura una que otra respuesta; pero en el aire quedan muchas otras, acaso irresolubles.

A continuación entra usted a escena (repito: hasta el final del libro), marchando trágicamente hacia su prisión final en la norteña Acatita de Baján. Me parece creíble que Meyer lo retrate sintiendo “algo como un alivio” una vez que los demás jefes lo han despojado del mando: “Despierto de un sueño -dice usted-, la fiesta ha terminado, y la pesadilla también. Se disipó el frenesí” (p. 248). En días recientes el autor ha declarado que no le interesaba “denigrar… hacer chiquito… tumbar de su pedestal a Hidalgo”, sino tratar de entenderlo (Vanguardia, op. cit.). Y allí ya hay una toma de distancia respecto a la mayoría de los muchos libros apasionados que usted ha motivado, y que buscan sacralizarlo o satanizarlo. Sin embargo, don Miguel, debo confesarle que me preocupan algunos de estos afanes contemporáneos que ciertos escritores tienen de “entenderlo” a usted y a otros personajes de nuestra historia. Lo he escuchado del historiador oficial del actual gobierno mexicano, de corte conservador, José Manuel Villalpando, y ahora lo he leído en Camino a Baján: para Meyer, una parte importante de la desmitificación de su figura iría más en el sentido de rescatarlo como “sacerdote modelo”.

Tal vez usted sabe -y si no, yo le cuento- que desde la segunda mitad del siglo XIX se había venido estableciendo en el país una esfera pública laica. La iglesia católica -siento decirle- no tiene ya la hegemonía que sí gozaba en sus tiempos. Actualmente cualquier persona puede practicar la religión que le venga en gana, y el Estado mexicano se ha levantado como garante de esa libertad…, o por lo menos lo había hecho hasta hace un par de décadas. Durante todo el siglo XX gobernó un solo partido “revolucionario” que verdaderamente mantuvo a la iglesia al margen de la vida pública del país, y eso se reflejó en la versión oficial de la historia que ese partido inculcó en millones de mexicanos. Mas ahora México es gobernado por un partido que nació como oposición a ese régimen, y que tiene entre sus bases a diversas organizaciones conservadoras que desean ver la vida pública mexicana regulada por valores y principios de raíz católica. Las fronteras entre lo público y lo privado se han desvanecido poco a poco y, por ejemplo, hemos visto a un presidente tomar protesta acompañado de la imagen de la Virgen de Guadalupe y besar la mano del Papa romano; también es cada vez más frecuente la presencia de imágenes y “milagros” guadalupanos y de santos en televisión nacional.

Por eso temo que algunos presuntos afanes de “entender” nuestra historia se conviertan más bien en una revancha historiográfica que sólo pretenda voltear las cosas, antes que equilibrarlas. Será que me he educado bajo el régimen “anticlerical” del siglo pasado, pero no deja de parecerme extraño que en la novela de Meyer la religión, y con ella la iglesia, sea prácticamente omnipresente. Curas, misas y oraciones por aquí y por allá… el autor parece regodearse entre la fuerte religiosidad de la época. Incluso se da el lujo (y está en su libertad de hacerlo) de incorporar una especie de reflexión casi teológica en primera persona que no parece atribuible a personaje alguno de la novela, y que más bien da la impresión de ser una intervención del autor en la que manifiesta sus propias convicciones religiosas. Está en su libertad de hacerlo, pero a mí no me gustó. En parte será por eso que, como novela, prefiero Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia. ¿No la conoce?... Debo contarle de ella. Antes volvamos con Meyer para terminar de ver la imagen que da de usted en Camino a Baján.

Para él, parte del esfuerzo por “presentarlo en toda su complejidad” conlleva subrayar algo que, dice, no suele mencionarse en la historia nacional: asegura que al final usted se arrepintió “de toda la sangre vertida y de haber escogido la violencia” (El Universal. Kiosko, marzo 9, 2010) “y es el Hidalgo de antes, el buen sacerdote y que lamenta… las destrucciones, los saqueos. No renuncia al proyecto, pero sí del método”. (Vanguardia, op. cit.) En este punto coincido con el autor. Disfruté leer los pensamientos de un “padre de la Patria” que sabe distinguir entre la justicia de su causa y lo equivocado de los medios para perseguirla. Por eso podría convenir nuevamente con el citado Álvaro Enrigue cuando anota que Los tambores de Calderón/Camino a Baján no es tanto un relato novelado de acontecimientos históricos, sino de la conciencia de la época: “inventa la evolución de la maquinaria psíquica que motivó el primer levantamiento insurgente y su posterior caída” (Vuelta, op. cit.). Visto así, una segunda lectura podría ser más interesante. Pero aquí, don Miguel, estoy hablando de la primera, y aún tengo fresco el maldito recuerdo de haber pagado por un libro que no me satisfizo.

Y no me satisfizo, primero, porque pese a los mencionados méritos de manejo histórico que tiene el relato, en él podemos encontrar también algunos anacronismos con los que no estoy de acuerdo, por más que se trate de una ficción. El más importante, y que es con el que más he entrado en conflicto durante las jornadas bicentenarias que estamos padeciendo, es la necedad de referirse al virreinato de la Nueva España y a sus habitantes como México y mexicanos, respectivamente. Se trata del clásico error de proyectar la realidad contemporánea a las representaciones del pasado. Y esto es extraño porque Meyer reproduce documentos que desmienten su manejo de las identidades; documentos en los que, evidentemente, usted y sus compañeros hablaban de América y americanos, y no de México o mexicanos, para referirse a un conjunto amplio que trasciende la ciudad de México.

Para finalizar, quiero hablarle en términos literarios, pues aunque no soy crítico profesionalmente autorizado, sí soy un lector que gusta instintivamente de la buena narrativa, de la cual carece Camino a Baján. No soy el único que lo dice. Vuelvo a citar a Enrigue:

La escritura de Meyer es convencional. Esta característica, que produce un efecto de verosimilitud difícil de encontrar en otras obras, tiene el defecto de privar al lector de una buena parte del placer de la lectura, en algunos momentos queda la impresión de que lo que se está leyendo es una compilación de documentos históricos. Meyer no dispone del lenguaje como arma de seducción literaria (Vuelta, op. cit.).

Más claro, ni el agua. Porque aunque el reseñista pretende convencer de que la rigidez discursiva que podría inhibir al lector, es salvada con la vitalidad que Meyer imprime a sus personajes, yo únicamente sentí ese “placer de la lectura” en los mencionados capítulos 5 y 8.

Es así que ya no puedo estar seguro de en qué aspecto Meyer ubica el atractivo de su relato. Parece ser en el factor histórico… pero ya le digo que aun ahí encuentro problemas. Y en el literario… bueno, él mismo se ha mostrado honesto al aceptar no poder ser novelista porque “soy demasiado historiador para escribir novelas históricas; me cuesta mucho trabajo soltar el barandal del documento histórico e irme por la libre” (El Universal. Kiosko, op. cit.). Esto a pesar de que un escritor como Carlos Montemayor, capaz de escribir una novela histórica del tamaño de Guerra en el paraíso (de la que he hablado en un post previo), “leyó el manuscrito y me dio consejos -confiesa Meyer-, podríamos decir trucos de escritor”. (Vanguardia, op. cit.)

Yo, como historiador, mi estimado cura pueblerino, comparto la inquietud del admirado colega Jean Meyer: “Muchas veces a mí me parece que la historia de los hombres, de nuestros antepasados o nuestra historia, es tan extraordinaria que merece un tratamiento literario para llegar al mayor número posible de lectores”. (Vanguardia, op. cit.). Si hay algo que a muchos historiadores nos tiene incómodos es que las densas investigaciones que realizamos resulten casi siempre indigestas para los públicos amplios. Nada más loable, por eso, que el esfuerzo de Meyer por dar un tratamiento literario a la historiografía científica. Sin embargo, en mi opinión, ese esfuerzo en Camino a Baján ha sido mal logrado.

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Cuando terminé de hablar de Camino a Baján descubrí que el cura Hidalgo se había quedado dormido, con la baba de fuera y a punto de derramar el chocolate caliente que le había servido en mi valiosa taza del concierto de los Creedence. Estaba yo indeciso si lo mejor sería despertarlo o dejarlo dormir. Y como no podía dejar de pensar en mi taza, opté primero por quitársela de la débil mano que ya casi ni la sostenía. Mala opción: apenas tomé el recipiente, el “padre de la Patria” despertó y dio un brinco con el cual mi taza salió volando y fue a estrellarse justo contra la imagen de Félix María Calleja que aparece en mi calendario del bicentenario de la guerra de independencia.

Comprendí que mi relato sobre la novela de Meyer, en efecto, le había resultado indigesto a mi distinguido huésped; así que, decidido a prolongar su vista todo lo posible, comencé a contarle de un libro que quizá le parecería más interesante. Le hablé entonces de Los pasos de López.

Paulette ad nauseam

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El pasado miércoles 7 de abril el famoso caso de la niña Paulette me tenía ya harto de tanto aparecer en TV, radio, Twitter y en boca de la gente. Gracias a esa “cobertura” (verdaderamente difícil de evadir) conocí lo más elemental del caso, lo suficiente como para haberme preguntado durante toda la semana por qué demonios atraía tanto la atención de medios y del público. Sinceramente es algo que aún no he podido responderme, pese a que he leído algunas columnas de periodistas que intentan explicar o justificar la notoriedad del caso. Al final de estas líneas sugiero algunas respuestas, no como verdades asumidas, sino como elementos a considerar.

Pero de inicio debo confesar que no fue sencillo decidirme a escribir esta entrada. Sé que no faltará quien la tome como una contradicción: si este sujeto está tan molesto con la noticia -dirán-, ¿por qué le hace eco? Tuve el mismo dilema ese miércoles por la noche. Al día siguiente, jueves 8, pensé que quizá sería ya innecesario despotricar porque la noticia de Paulette sería fácilmente desplazada por otra no menos trivial: el traspaso del “Chicharito” Hernández al Manchester United. En esas andaba cuando, el viernes 9, descubrí que un reconocido periodista (a quien respeto) había enumerado en su blog algunas razones de “Por qué (todavía) importa la muerte de Paulette”. Considérense las líneas presentes una extensión y profundización del comentario que le hice al periodista en su blog. Y espero lograr distanciarme de la burda manera en que mayoritariamente se ha abordado el caso.

Las razones que el periodista da para sostener el interés en el caso, son las siguientes: “nos” quieren ver la cara de idiotas y, aunque no lo han logrado, basta que lo intenten para que cause indignación; no “nos” han aclarado qué pasó y no “podemos” abandonar el caso sin saberlo; la historia “nos” involucró desde el principio con la noticia de la desaparición de la niña y el honesto apoyo que “le dimos” a los padres en las redes sociales; en el proceso se ha violado la ley; hay que pasar de espectadores a ciudadanos; y, finalmente, involucra al gobierno de una aspirante a Los Pinos en 2012. El periodista en cuestión (debo reconocerlo porque formo parte de la audiencia de su noticiero) se destaca por promover una ciudadanía activa, y me consta que, hasta donde le es posible, da espacio a “todas las voces”. Sé que es dueño de una ética profesional de la que muchos medios amarillistas carecen. Por ello no me extrañó encontrar en su blog argumentaciones que comparto, aunque, como anotaré enseguida, no aplicadas al caso Paulette. Estas son, por ejemplo, que no debemos convertir los temas de justicia en “reality shows a los que sólo les falta pedir: ‘si crees que el asesino es la mamá, marca uno; si consideras que el culpable es el papá, marca dos”; que no podemos erigirnos en tribunales de justicia y moralidad con la pretensión de resolver esos casos, sino dejar a los jueces hacer su trabajo a partir de la evidencia; y que, como ciudadanos, debemos protestar por el manejo tendencioso y estigmatizador que se le da a la nota.

Insisto: difícilmente podría estar más de acuerdo con estos últimos llamados de atención. Sin embargo, la debilidad del argumento general está en otra parte, en el origen de todo esto. Porque las razones dadas por el periodista asumen ya la existencia del interés en el caso. Se instala en un momento en que “todo el país” ya está “conmovido” y “atento” al desarrollo del mismo. Y ello hace que sus razones sean construcciones a posteriori, es decir, justificaciones de algo que ya existe. No obstante, habría que preguntar si la noticia, de origen, por sí misma, merece tanta oferta y demanda. Desde luego, no niego que la muerte de una niña, como la de cualquier ser humano, sea importante. De hecho, es ese un contraargumento (entre varios) que se ha expuesto para criticar la excesiva atención en el caso: ¿qué hay con los muchos otros casos de gente que desaparece o muere sin explicación, y cuyas familias no son tan “afortunadas” ($$) para que medios y sociedad ejerzan presión constante exigiendo justicia?

En suma, el problema con toda esta telenovela está en su origen, en el escaso interés público de la nota. Y cuando hablo de interés público no me refiero al rating que alcanzan los medios que difunden la noticia por la enajenación de las audiencias. Si así fuera, yo sería un ciego necio. No. Me refiero más bien al ámbito de las cosas de la polis, a la res pública, a los problemas que verdaderamente tienen un impacto en la organización de esta sociedad y en la vida que desarrollamos quienes estamos insertos en ella. La distinción, así, se da entre lo público y lo privado, lo que nos afecta a “todos” y lo que no. ¿Cuál es la dimensión social o pública del caso Paulette? En mi opinión, de origen, ninguna. Se le podría encontrar, aunque de manera rebuscada. Por ejemplo, estableciendo su relación con problemas como la violencia intrafamiliar, la crisis del paradigma de familia, la discriminación hacia personas con problemas como los que padecía la niña, u otros para los que ya no tengo imaginación. Quizá también diciendo que Enrique Peña Nieto está directamente involucrado y que la conclusión del caso podría arrojar luz sobre lo que nos espera con él en caso de llegar a Los Pinos dentro de dos años. No sé ustedes, pero a mí esto me suena muy forzado. Quizás la justificación más convincente es que el caso evidencia las deficiencias de la administración de justicia en México, aunque estoy seguro de que no es necesario construir todo este reality show (que sí lo es) para abordar e intentar resolver el severo problema de la justicia y la impunidad en el país. Nuevamente, todo esto me parecen justificaciones armadas con posterioridad al hecho, y no razones inherentes al mismo para darle tanto espacio en medios y mantener tanta expectación en él.

Ahora bien, tampoco soy muy afecto a sostener teorías conspirativas sin mayor fundamento. No las descarto de entrada, pero bien sé que históricamente han sido una de las formas más simplonas para “explicar” sucesos desdichados. No sé si el caso Paulette sea una “cortina de humo” para esconder algún atentado contra la sociedad por parte del poder o del sistema. La verdad es que día a día son tantas las agresiones que padecemos como sociedad por parte de las elites económicas y políticas, que no es fácil identificar cuál de todas ellas es la que quieren ocultar o sacar del campo de atención de una sociedad ciertamente enajenada con el fútbol (mea culpa!) o con casos como el Paulette, el Santoy Riverol de Cumbres de Monterrey, a mediados de 2006 (¿Lo recuerdan?), el Chupacabras y tantos otros. La cuestión innegable (que seguramente no agota las posibles explicaciones de la oferta y la demanda del caso Paulette) es que se trata de historias que “venden”, cuya presencia en los medios parece asegurarles, por cierto tiempo, una audiencia verdaderamente expectante de las novedades del caso, de la entrevista exclusiva con los implicados, de los recuentos del los hechos desde su origen, de los aspectos biográficos que podrían explicar las conductas, de la repetición ad nauseam de imágenes y sonidos que dosificadamente satisfacen un morbo insaciable y en constante crecimiento.

De lo que estoy convencido es que hemos sido de-formados como homo videns, según ha atinado a exponer Giovanni Sartori en su ya famoso libro (Homo Videns. La sociedad teledirigida, México, Taurus, 1998): seres cuyo raciocinio y capacidad de abstracción y de comprensión ha sido atrofiada por la televisión (nuestra primera y permanente escuela), por el mirar sin entender porque todo está ya digerido. En lo que atañe a la “cosa pública” de la que antes he hablado, Sartori subraya que el desastre de nuestras sociedades reside en que la educación política del demos, esencial para la democracia, está mayoritariamente en manos de los noticieros televisivos, en el imperio de la información digerida y suministrada a través de la imagen que, para el ser humano acostumbrado a creer automáticamente en lo que ve, no requiere de análisis, cuestionamiento, comprensión y síntesis. La opinión en la que se basa nuestra democracia representativa es una opinión “teledirigida”. Esto no es nuevo ni exclusivo de la televisión: desde que la “opinión pública” se erigió en fundamento de legitimidad política (en México y toda Hispanoamérica podríamos remontarnos a las primeras décadas del siglo XIX), los actores insertos en la lucha por el poder se presentaban públicamente como sus portavoces y representantes. Al hacerlo intentaban legitimar sus pretensiones de gobierno, y no era raro que amplios sectores de la población creyeran en su discurso y lo apoyaran. De este modo, quien se asumía auténtico portavoz y representante de la opinión pública llegaba a obtener un soporte se legitimidad ya no sólo discursivo, sino efectivo, en el apoyo real de la gente. Pero el impacto de la televisión en ese sentido ha rebasado toda expectativa. Asumiéndose simple portavoz de la opinión pública, puede moldear el parecer de la masa de gente que conformamos su audiencia. Encuestas y sondeos se nos presentan con autoridad incuestionable, presumiendo reflejar la opinión de los mexicanos, cuando lo que verdaderamente están haciendo es decirle a los mexicanos lo que deben opinar sobre tal o cual cuestión, a quién deben votar en las próximas elecciones, o si la mamá o el papa de Paulette es más o menos sospechoso, si no culpable, de la misteriosa muerte de la niña.

Lo preocupante de todo esto es que el descontento para con la democracia representativa es cada vez mayor. Constantemente se escuchan reclamos de “más democracia”, lo cual, dice Sartori, quiere decir “más directismo”, una democracia participativa o directa. Pero mientras la democracia representativa se basa en la “opinión”, en la doxa de un pueblo que delega su soberanía en sus “representantes” (“los que saben”), la democracia directa se basa en el “saber”, en el logos de un pueblo interesado en las cosas de la polis y capacitado para analizar, comprender y resolver los problemas que la aquejan. Así pues, la democracia directa ejercida por un demos debilitado, manipulable y manipulado, desinteresado en política, es “un sistema de gobierno suicida”. (p. 123) “Cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo, requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento”. (p. 127) Se requiere de un “demos potenciado”. Pero con la educación política que pasivamente recibe el demos en nuestra sociedad, mayoritariamente a través de los noticieros de televisión, estamos lejos de ser ese pueblo responsable y conscientemente soberano. Mucho menos lo seremos si seguimos enajenados con pseudo-acontecimientos de interés público como el de Paulette y los ya mencionados.

Finalmente, Sartori advierte también que, según se dice, la televisión mejorará sus contenidos cuando haya de verdad pluralidad y competencia (presunto mecanismo autorregulatorio), estimulada por la concurrencia de televisoras privadas. Sin embargo, “es bueno tener presente que para los grandes magnates europeos de hoy -los Murdoch o los Berlusconi [o los Azcárraga, digo yo]- el dinero lo es todo, y el interés cívico o cultural es nulo. Y lo irónico […] es que […] se venden como demócratas que ofrecen al público lo que el público desea, mientras que la televisión pública es ‘elitista’ y ofrece al público la televisión ‘que debería querer’”. (p. 140) Como lo muestra el caso mexicano, antes que mejorar la calidad de los contenidos (en función del interés público, tal cual lo he definido arriba), la competencia entre televisoras hace que, en lugar de diferenciarse, se superpongan, se imiten burdamente: si Televisa estrena Big Brother, TV Azteca presenta La Academia; si la una Ventaneando, la otra La Oreja; si ésta La Rosa de Guadalupe, aquélla Cada quien su Santo, y así nos podemos seguir. Contenidos demandados por un público cuyos gustos han sido moldeados por esas mismas televisoras. Por eso coincido con Sartori cuando precisa que en este fenómeno, entre la televisión y el público, es aquélla la que tiene la mayor responsabilidad. ¿Verdaderamente todos estamos siempre en posibilidad de cambiar de canal o, mejor aún, de apagar el televisor? ¿Hasta qué punto eso es cierto pero nos acostumbramos a lo fácil, a lo digerido, a que alguien más piense por nosotros, aún cuando creemos estar pensando por nosotros mismos? La demanda televisiva (y no sólo ésta, desde luego) está moldeada por la oferta desde que a la mayoría de nosotros, cuando niños, nos “entretenían” con la televisión para que no “diéramos lata”. No hemos sido educados para pensar. Y aunque ciertamente existen algunos otros medios de información y de educación, como el entorno familiar (en un sentido amplio del término) o la escuela, estos espacios idealmente autónomos no sólo parecen languidecer ante el poder de la Teledictadura, sino que en muchos casos son reproductores de las pautas que ésta establece con brillantes escenarios que enmarcan la sonrisa, las lágrimas y el físico envidiable de las estrellas del momento.

Por una ley de medios que verdaderamente atienda el interés público.

La guerra sin paraíso. Los ecos de Carlos Montemayor

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En estos días terminé de leer Guerra en el Paraíso, del recientemente fallecido Carlos Montemayor. Compré el libro hace bastante tiempo, y desde entonces se había quedado en la repisa, como esperando el momento oportuno para ser leído. Tristemente, ese momento llegó el día en que me enteré que Montemayor estaba internado, muy grave, a causa de un cáncer de estómago que finalmente le arrebató la vida el pasado 28 de febrero. Aquél día pensé la lectura como una especie de modesto homenaje, aún en vida, para este notable personaje de cuya ejemplar trayectoria -la verdad sea dicha- tenía un conocimiento bien precario. Pese a ello, al saber que Montemayor difícilmente saldría del hospital con vida, un impulso me llevó a escribir en el Twitter que este país no podía darse el lujo de perder personas como él. Esa intuición quedó confirmada al indagar un poco más sobre las muchas y muy variadas cosas que dejó en este mundo. Lo mismo grabó tres discos como tenor que estudió derecho, literatura y lengua hebrea, griego clásico y latín. Desde luego, fue destacado literato, en novela, ensayo y poesía, además de articulista y traductor.



Montemayor

Sin embargo, descuella el consistente compromiso que Montemayor asumió con las causas que consideró justas -particularmente con la defensa y conservación de las lenguas indígenas. Su faceta de “luchador social” -como no podía ser de otro modo- se filtró entre las muchas páginas que dejó para gozo nuestro. Desde ya tengo como lecturas pendientes Chiapas. La rebelión indígena en México y Las mujeres del alba, por lo menos. Mientras tanto, me he introducido en el crudo mundo de la guerrilla y la contra que, esforzada y profunda indagación mediante, construyó en Guerra en el Paraíso.

Estoy lejos de ser un crítico literario. Mis ojos de historiador están condicionados para rastrear argumentaciones débiles, pasajes forzados o referencias de credibilidad discutible. Pero bien sabía que una novela no podía ser sometida a esa tortura. La lectura debía ser otra, una que dejara fluir las palabras en la articulación que había dispuesto para ellas el autor, de manera que formaran un todo no necesariamente acabado, y tal vez ni siquiera estrictamente lineal, como fue el caso. Quizá fue por ello que me descubrí creyendo que todo aquello había ocurrido así, con las palabras, los gestos, los sonidos y los olores, los agrios olores que Montemayor trae hasta nosotros, hasta nuestro cómodo sillón frente a la ventana. El relato es estremecedor. Tiene una trayectoria centrípeta, de acuerdo con el ajedrez de la guerrilla en la sierra guerrerense a principios de los años 70, y el cerco militar que se fue cerrando no sólo contra Lucio Cabañas y sus compañeros de armas, sino contra todos los pueblos de la región que habían sido el auténtico sostén de la lucha durante años. En el final, que es en realidad el centro de la elipse narrativa, como el último de los círculos del Infierno dantesco, se encuentra el frágil cuerpo de Lucio emboscado y recibiendo incontables proyectiles de fuego, punzadas ardientes que hacen que la tierra y las piedras, hasta entonces sus aliadas, se eleven hasta su rostro golpeándolo una y otra vez.

En el trayecto se imbrican experiencias múltiples: la guerrilla, los pueblos y el ejército en campaña, desde luego, pero también personajes de reparto con perfiles redondos, bien acabados, por demás interesantes desde una perspectiva abarcadora del todo que ofrece la novela. Secretarios de Estado, Echeverría, el Congreso de la Unión, al Partido Comunista, e incluso se asoma el espectro de la CIA, la URSS, Cuba y el Chile trastornado por el golpe pinochetista. Aparecen también conocidos grupos de oposición inmersos en la dinámica de la guerra sucia, como la Liga 23 de Septiembre, y es entonces cuando, desde “un lejano lugar retacado de nopales”, emergen aquellos “tipos extraños” retratados por Rockdrigo: los intelectuales universitarios que establecieron contacto con el Partido de los Pobres y que, paradójicamente, “no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos”. Intransigentes sacerdotes del canon “revolucionario” que “decían conocer la neta”, y que por ello despreciaron la organización y la lucha efectiva de unos campesinos carentes de conciencia proletaria, según les recriminaban. La actitud de estos “incomprendidos” me hizo recordar la frase con que Marshall Berman concluyó su respuesta a la crítica que Perry Anderson hizo de su Todo lo sólido se desvanece en el aire (uno de mis libros favoritos, por cierto): de poco nos servirá la lectura de El Capital si no aprendemos a ver primero las señales en la calle. Aquellos intelectuales, como bien les recordaron los huarachudos campesinos en armas, veían a la sociedad con ideas, en lugar de verla con los ojos.

Pero lo que más me dio de qué pensar fue el perfil que Montemayor ofrece del ejército a lo largo de la novela. Una imagen que sigue alumbrando el horizonte mexicano hasta nuestros días, cuando el ejército se ha convertido en actor protagónico de la vida pública del país en la llamada “guerra contra el crimen organizado”. En Guerra en el Paraíso son pocos los militares con nombre y apellido. Los demás son todos “oficiales”, “coroneles”, “tenientes” y demás uniformados anónimos que torturan con una crueldad para mí insospechada, verdaderamente inhumana. Una crueldad aún más impactante si se piensa en que Montemayor la describió a partir de los testimonios que pudo recabar entre algunos supervivientes de esos interrogatorios que podían hacer que el torturado, en algún momento carente ya de toda sensación de dolor, se concentrara solamente en el más deseable de los objetivos que en esos momentos podía alcanzar: acabar de morir.

La mayor parte del relato nos muestra un militar que ha perdido toda noción de humanidad, consecuencia de una especie de voto de estúpida obediencia. Sin embargo, antes de concluir el penúltimo capítulo del libro, Montemayor hace un alto y dedica varias páginas al diálogo de un grupo de altos mandos que discuten la campaña contra Lucio al calor del whiski. Ahí no faltan quienes reproducen el discurso oficial: los guerrilleros no son más que vulgares delincuentes interesados en perturbar la tranquilidad de los pueblos y en obstaculizar el progreso que celosamente procuran las instituciones que México heredó de la Revolución. Entre esos uniformados de múltiples medallas y cabellos blancos, sin embargo, se encuentra un general que ha visto de frente a los habitantes de los pueblos guerrerenses ocupados por el ejército y, más importante aún, que se ha permitido cuestionar, por lo menos en su fuero interno, el proceder de la institución a la que pertenece. El ejército se debe al pueblo, afirma con plena convicción, recordando la letanía que seguramente reciben todos los militares. Pero, ¿qué tal si bajo esa idea el ejército estuviera actuando contra el pueblo mismo?

Este pasaje me hizo pensar en todo lo que ocurre en nuestro militarizado país. El desafío que lanzó Felipe Calderón para que le demostraran que el ejército incurría en abusos contra la población civil encontró respuesta de inmediato. El sonado y ya muy viciado caso de Ernestina Ascencio (o Ascención) podría ser uno de los golpes más contundentes en ese sentido para el cuestionado gobierno actual; si bien en los últimos meses, con el ejército en las calles, constantemente se ventilan acusaciones en su contra por violaciones a los derechos humanos, o por lo menos por actitudes autoritarias.

Guerra en el Paraíso presenta así un cuadro del México de los 70 que en muchos sentidos se extiende hasta nuestros días, más allá de lo que presuma el discurso de la democracia y el “cambio”. El Lucio Cabañas de Montemayor parecía saberlo de antemano cuando, siendo alcanzado por los proyectiles de las Fal y los M-1 y M-2 del Estado mexicano, murió en la conciencia de que quedaba mucho por hacer, por hacer, por hacer…