La guerra sin paraíso. Los ecos de Carlos Montemayor

En estos días terminé de leer Guerra en el Paraíso, del recientemente fallecido Carlos Montemayor. Compré el libro hace bastante tiempo, y desde entonces se había quedado en la repisa, como esperando el momento oportuno para ser leído. Tristemente, ese momento llegó el día en que me enteré que Montemayor estaba internado, muy grave, a causa de un cáncer de estómago que finalmente le arrebató la vida el pasado 28 de febrero. Aquél día pensé la lectura como una especie de modesto homenaje, aún en vida, para este notable personaje de cuya ejemplar trayectoria -la verdad sea dicha- tenía un conocimiento bien precario. Pese a ello, al saber que Montemayor difícilmente saldría del hospital con vida, un impulso me llevó a escribir en el Twitter que este país no podía darse el lujo de perder personas como él. Esa intuición quedó confirmada al indagar un poco más sobre las muchas y muy variadas cosas que dejó en este mundo. Lo mismo grabó tres discos como tenor que estudió derecho, literatura y lengua hebrea, griego clásico y latín. Desde luego, fue destacado literato, en novela, ensayo y poesía, además de articulista y traductor.



Montemayor

Sin embargo, descuella el consistente compromiso que Montemayor asumió con las causas que consideró justas -particularmente con la defensa y conservación de las lenguas indígenas. Su faceta de “luchador social” -como no podía ser de otro modo- se filtró entre las muchas páginas que dejó para gozo nuestro. Desde ya tengo como lecturas pendientes Chiapas. La rebelión indígena en México y Las mujeres del alba, por lo menos. Mientras tanto, me he introducido en el crudo mundo de la guerrilla y la contra que, esforzada y profunda indagación mediante, construyó en Guerra en el Paraíso.

Estoy lejos de ser un crítico literario. Mis ojos de historiador están condicionados para rastrear argumentaciones débiles, pasajes forzados o referencias de credibilidad discutible. Pero bien sabía que una novela no podía ser sometida a esa tortura. La lectura debía ser otra, una que dejara fluir las palabras en la articulación que había dispuesto para ellas el autor, de manera que formaran un todo no necesariamente acabado, y tal vez ni siquiera estrictamente lineal, como fue el caso. Quizá fue por ello que me descubrí creyendo que todo aquello había ocurrido así, con las palabras, los gestos, los sonidos y los olores, los agrios olores que Montemayor trae hasta nosotros, hasta nuestro cómodo sillón frente a la ventana. El relato es estremecedor. Tiene una trayectoria centrípeta, de acuerdo con el ajedrez de la guerrilla en la sierra guerrerense a principios de los años 70, y el cerco militar que se fue cerrando no sólo contra Lucio Cabañas y sus compañeros de armas, sino contra todos los pueblos de la región que habían sido el auténtico sostén de la lucha durante años. En el final, que es en realidad el centro de la elipse narrativa, como el último de los círculos del Infierno dantesco, se encuentra el frágil cuerpo de Lucio emboscado y recibiendo incontables proyectiles de fuego, punzadas ardientes que hacen que la tierra y las piedras, hasta entonces sus aliadas, se eleven hasta su rostro golpeándolo una y otra vez.

En el trayecto se imbrican experiencias múltiples: la guerrilla, los pueblos y el ejército en campaña, desde luego, pero también personajes de reparto con perfiles redondos, bien acabados, por demás interesantes desde una perspectiva abarcadora del todo que ofrece la novela. Secretarios de Estado, Echeverría, el Congreso de la Unión, al Partido Comunista, e incluso se asoma el espectro de la CIA, la URSS, Cuba y el Chile trastornado por el golpe pinochetista. Aparecen también conocidos grupos de oposición inmersos en la dinámica de la guerra sucia, como la Liga 23 de Septiembre, y es entonces cuando, desde “un lejano lugar retacado de nopales”, emergen aquellos “tipos extraños” retratados por Rockdrigo: los intelectuales universitarios que establecieron contacto con el Partido de los Pobres y que, paradójicamente, “no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos”. Intransigentes sacerdotes del canon “revolucionario” que “decían conocer la neta”, y que por ello despreciaron la organización y la lucha efectiva de unos campesinos carentes de conciencia proletaria, según les recriminaban. La actitud de estos “incomprendidos” me hizo recordar la frase con que Marshall Berman concluyó su respuesta a la crítica que Perry Anderson hizo de su Todo lo sólido se desvanece en el aire (uno de mis libros favoritos, por cierto): de poco nos servirá la lectura de El Capital si no aprendemos a ver primero las señales en la calle. Aquellos intelectuales, como bien les recordaron los huarachudos campesinos en armas, veían a la sociedad con ideas, en lugar de verla con los ojos.

Pero lo que más me dio de qué pensar fue el perfil que Montemayor ofrece del ejército a lo largo de la novela. Una imagen que sigue alumbrando el horizonte mexicano hasta nuestros días, cuando el ejército se ha convertido en actor protagónico de la vida pública del país en la llamada “guerra contra el crimen organizado”. En Guerra en el Paraíso son pocos los militares con nombre y apellido. Los demás son todos “oficiales”, “coroneles”, “tenientes” y demás uniformados anónimos que torturan con una crueldad para mí insospechada, verdaderamente inhumana. Una crueldad aún más impactante si se piensa en que Montemayor la describió a partir de los testimonios que pudo recabar entre algunos supervivientes de esos interrogatorios que podían hacer que el torturado, en algún momento carente ya de toda sensación de dolor, se concentrara solamente en el más deseable de los objetivos que en esos momentos podía alcanzar: acabar de morir.

La mayor parte del relato nos muestra un militar que ha perdido toda noción de humanidad, consecuencia de una especie de voto de estúpida obediencia. Sin embargo, antes de concluir el penúltimo capítulo del libro, Montemayor hace un alto y dedica varias páginas al diálogo de un grupo de altos mandos que discuten la campaña contra Lucio al calor del whiski. Ahí no faltan quienes reproducen el discurso oficial: los guerrilleros no son más que vulgares delincuentes interesados en perturbar la tranquilidad de los pueblos y en obstaculizar el progreso que celosamente procuran las instituciones que México heredó de la Revolución. Entre esos uniformados de múltiples medallas y cabellos blancos, sin embargo, se encuentra un general que ha visto de frente a los habitantes de los pueblos guerrerenses ocupados por el ejército y, más importante aún, que se ha permitido cuestionar, por lo menos en su fuero interno, el proceder de la institución a la que pertenece. El ejército se debe al pueblo, afirma con plena convicción, recordando la letanía que seguramente reciben todos los militares. Pero, ¿qué tal si bajo esa idea el ejército estuviera actuando contra el pueblo mismo?

Este pasaje me hizo pensar en todo lo que ocurre en nuestro militarizado país. El desafío que lanzó Felipe Calderón para que le demostraran que el ejército incurría en abusos contra la población civil encontró respuesta de inmediato. El sonado y ya muy viciado caso de Ernestina Ascencio (o Ascención) podría ser uno de los golpes más contundentes en ese sentido para el cuestionado gobierno actual; si bien en los últimos meses, con el ejército en las calles, constantemente se ventilan acusaciones en su contra por violaciones a los derechos humanos, o por lo menos por actitudes autoritarias.

Guerra en el Paraíso presenta así un cuadro del México de los 70 que en muchos sentidos se extiende hasta nuestros días, más allá de lo que presuma el discurso de la democracia y el “cambio”. El Lucio Cabañas de Montemayor parecía saberlo de antemano cuando, siendo alcanzado por los proyectiles de las Fal y los M-1 y M-2 del Estado mexicano, murió en la conciencia de que quedaba mucho por hacer, por hacer, por hacer…

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Saludos Óscar:

Uff, vaya recorrido el que haces de la novela. No la he leído, y, al igual que lo fue para ti, para mí también es un pendiente aunque yo lo veo más lejano por el momento.
Sabes, leí en M-X algunos testimonios de quienes recordaban a Montemayor con gran afecto, entre ellos los de los documentalistas Gerardo Tort y Marina Stavenhagen. Destacaban su gran conocimiento de la situación de la gente que habita en el campo: si creó Guerra en el Paraiso con gran realismo, se debió a su contacto con esa dura realidad, no veía a la sociedad "sólo con ideas".
Quién mejor que él para ofrecer el discurso a la memoria de Lucio Cabañas un 2 de diciembre de 2004 en Atoyac, Guerrero: "Cuarenta grados a la sombra. El sol implacable. Multitudes venidas de todas partes con pancartas y consignas. Campesinos y estudiantes, ex guerrilleros y ex compañeros de lucha de Lucio".
Buen post compañero. Me gustó.

Karlyle dijo...

Es una verdadera lástima la pérdida de un hombre como Carlos Montemayor, en este convulso país en que, tristemente, la realidad trágica de hace cuarenta años se puede visualizar en rasgos del presente. Me encantó la parte en que hablaste con palabras de rockdrigo... Pienso en aquellos jóvenes, que ahora podemos juzgar de ingenuos, pero que en el fondo tenían algo que hemos perdido, y me gusta llamar esperanza.

Un verdadero placer leerte.

OSZ dijo...

"Anónimo": verdaderamente es bien recomendable la lectura, sobre todo, según creo, a la luz del panorama actual; ojalá puedas hacerle un espacio, al fin la tesis puede esperar (ni son tan exigentes!!)

Karlyle: verdadero placer es merecer tu lectura y tus comentarios. Argel me comentaba por otros medios, a propósito de la entrada, algo parecido: en ese entonces existían aún ciertos paradigmas que resultaban convincentes para amplios sectores dispuestos a embarcarse en "la lucha", mientras que hoy todo se ha vuelto más discutible que nunca, y nustras creencias y convicciones estás bien atomizadas. Triste!

Gracias por los comentarios!