Paulette ad nauseam

El pasado miércoles 7 de abril el famoso caso de la niña Paulette me tenía ya harto de tanto aparecer en TV, radio, Twitter y en boca de la gente. Gracias a esa “cobertura” (verdaderamente difícil de evadir) conocí lo más elemental del caso, lo suficiente como para haberme preguntado durante toda la semana por qué demonios atraía tanto la atención de medios y del público. Sinceramente es algo que aún no he podido responderme, pese a que he leído algunas columnas de periodistas que intentan explicar o justificar la notoriedad del caso. Al final de estas líneas sugiero algunas respuestas, no como verdades asumidas, sino como elementos a considerar.

Pero de inicio debo confesar que no fue sencillo decidirme a escribir esta entrada. Sé que no faltará quien la tome como una contradicción: si este sujeto está tan molesto con la noticia -dirán-, ¿por qué le hace eco? Tuve el mismo dilema ese miércoles por la noche. Al día siguiente, jueves 8, pensé que quizá sería ya innecesario despotricar porque la noticia de Paulette sería fácilmente desplazada por otra no menos trivial: el traspaso del “Chicharito” Hernández al Manchester United. En esas andaba cuando, el viernes 9, descubrí que un reconocido periodista (a quien respeto) había enumerado en su blog algunas razones de “Por qué (todavía) importa la muerte de Paulette”. Considérense las líneas presentes una extensión y profundización del comentario que le hice al periodista en su blog. Y espero lograr distanciarme de la burda manera en que mayoritariamente se ha abordado el caso.

Las razones que el periodista da para sostener el interés en el caso, son las siguientes: “nos” quieren ver la cara de idiotas y, aunque no lo han logrado, basta que lo intenten para que cause indignación; no “nos” han aclarado qué pasó y no “podemos” abandonar el caso sin saberlo; la historia “nos” involucró desde el principio con la noticia de la desaparición de la niña y el honesto apoyo que “le dimos” a los padres en las redes sociales; en el proceso se ha violado la ley; hay que pasar de espectadores a ciudadanos; y, finalmente, involucra al gobierno de una aspirante a Los Pinos en 2012. El periodista en cuestión (debo reconocerlo porque formo parte de la audiencia de su noticiero) se destaca por promover una ciudadanía activa, y me consta que, hasta donde le es posible, da espacio a “todas las voces”. Sé que es dueño de una ética profesional de la que muchos medios amarillistas carecen. Por ello no me extrañó encontrar en su blog argumentaciones que comparto, aunque, como anotaré enseguida, no aplicadas al caso Paulette. Estas son, por ejemplo, que no debemos convertir los temas de justicia en “reality shows a los que sólo les falta pedir: ‘si crees que el asesino es la mamá, marca uno; si consideras que el culpable es el papá, marca dos”; que no podemos erigirnos en tribunales de justicia y moralidad con la pretensión de resolver esos casos, sino dejar a los jueces hacer su trabajo a partir de la evidencia; y que, como ciudadanos, debemos protestar por el manejo tendencioso y estigmatizador que se le da a la nota.

Insisto: difícilmente podría estar más de acuerdo con estos últimos llamados de atención. Sin embargo, la debilidad del argumento general está en otra parte, en el origen de todo esto. Porque las razones dadas por el periodista asumen ya la existencia del interés en el caso. Se instala en un momento en que “todo el país” ya está “conmovido” y “atento” al desarrollo del mismo. Y ello hace que sus razones sean construcciones a posteriori, es decir, justificaciones de algo que ya existe. No obstante, habría que preguntar si la noticia, de origen, por sí misma, merece tanta oferta y demanda. Desde luego, no niego que la muerte de una niña, como la de cualquier ser humano, sea importante. De hecho, es ese un contraargumento (entre varios) que se ha expuesto para criticar la excesiva atención en el caso: ¿qué hay con los muchos otros casos de gente que desaparece o muere sin explicación, y cuyas familias no son tan “afortunadas” ($$) para que medios y sociedad ejerzan presión constante exigiendo justicia?

En suma, el problema con toda esta telenovela está en su origen, en el escaso interés público de la nota. Y cuando hablo de interés público no me refiero al rating que alcanzan los medios que difunden la noticia por la enajenación de las audiencias. Si así fuera, yo sería un ciego necio. No. Me refiero más bien al ámbito de las cosas de la polis, a la res pública, a los problemas que verdaderamente tienen un impacto en la organización de esta sociedad y en la vida que desarrollamos quienes estamos insertos en ella. La distinción, así, se da entre lo público y lo privado, lo que nos afecta a “todos” y lo que no. ¿Cuál es la dimensión social o pública del caso Paulette? En mi opinión, de origen, ninguna. Se le podría encontrar, aunque de manera rebuscada. Por ejemplo, estableciendo su relación con problemas como la violencia intrafamiliar, la crisis del paradigma de familia, la discriminación hacia personas con problemas como los que padecía la niña, u otros para los que ya no tengo imaginación. Quizá también diciendo que Enrique Peña Nieto está directamente involucrado y que la conclusión del caso podría arrojar luz sobre lo que nos espera con él en caso de llegar a Los Pinos dentro de dos años. No sé ustedes, pero a mí esto me suena muy forzado. Quizás la justificación más convincente es que el caso evidencia las deficiencias de la administración de justicia en México, aunque estoy seguro de que no es necesario construir todo este reality show (que sí lo es) para abordar e intentar resolver el severo problema de la justicia y la impunidad en el país. Nuevamente, todo esto me parecen justificaciones armadas con posterioridad al hecho, y no razones inherentes al mismo para darle tanto espacio en medios y mantener tanta expectación en él.

Ahora bien, tampoco soy muy afecto a sostener teorías conspirativas sin mayor fundamento. No las descarto de entrada, pero bien sé que históricamente han sido una de las formas más simplonas para “explicar” sucesos desdichados. No sé si el caso Paulette sea una “cortina de humo” para esconder algún atentado contra la sociedad por parte del poder o del sistema. La verdad es que día a día son tantas las agresiones que padecemos como sociedad por parte de las elites económicas y políticas, que no es fácil identificar cuál de todas ellas es la que quieren ocultar o sacar del campo de atención de una sociedad ciertamente enajenada con el fútbol (mea culpa!) o con casos como el Paulette, el Santoy Riverol de Cumbres de Monterrey, a mediados de 2006 (¿Lo recuerdan?), el Chupacabras y tantos otros. La cuestión innegable (que seguramente no agota las posibles explicaciones de la oferta y la demanda del caso Paulette) es que se trata de historias que “venden”, cuya presencia en los medios parece asegurarles, por cierto tiempo, una audiencia verdaderamente expectante de las novedades del caso, de la entrevista exclusiva con los implicados, de los recuentos del los hechos desde su origen, de los aspectos biográficos que podrían explicar las conductas, de la repetición ad nauseam de imágenes y sonidos que dosificadamente satisfacen un morbo insaciable y en constante crecimiento.

De lo que estoy convencido es que hemos sido de-formados como homo videns, según ha atinado a exponer Giovanni Sartori en su ya famoso libro (Homo Videns. La sociedad teledirigida, México, Taurus, 1998): seres cuyo raciocinio y capacidad de abstracción y de comprensión ha sido atrofiada por la televisión (nuestra primera y permanente escuela), por el mirar sin entender porque todo está ya digerido. En lo que atañe a la “cosa pública” de la que antes he hablado, Sartori subraya que el desastre de nuestras sociedades reside en que la educación política del demos, esencial para la democracia, está mayoritariamente en manos de los noticieros televisivos, en el imperio de la información digerida y suministrada a través de la imagen que, para el ser humano acostumbrado a creer automáticamente en lo que ve, no requiere de análisis, cuestionamiento, comprensión y síntesis. La opinión en la que se basa nuestra democracia representativa es una opinión “teledirigida”. Esto no es nuevo ni exclusivo de la televisión: desde que la “opinión pública” se erigió en fundamento de legitimidad política (en México y toda Hispanoamérica podríamos remontarnos a las primeras décadas del siglo XIX), los actores insertos en la lucha por el poder se presentaban públicamente como sus portavoces y representantes. Al hacerlo intentaban legitimar sus pretensiones de gobierno, y no era raro que amplios sectores de la población creyeran en su discurso y lo apoyaran. De este modo, quien se asumía auténtico portavoz y representante de la opinión pública llegaba a obtener un soporte se legitimidad ya no sólo discursivo, sino efectivo, en el apoyo real de la gente. Pero el impacto de la televisión en ese sentido ha rebasado toda expectativa. Asumiéndose simple portavoz de la opinión pública, puede moldear el parecer de la masa de gente que conformamos su audiencia. Encuestas y sondeos se nos presentan con autoridad incuestionable, presumiendo reflejar la opinión de los mexicanos, cuando lo que verdaderamente están haciendo es decirle a los mexicanos lo que deben opinar sobre tal o cual cuestión, a quién deben votar en las próximas elecciones, o si la mamá o el papa de Paulette es más o menos sospechoso, si no culpable, de la misteriosa muerte de la niña.

Lo preocupante de todo esto es que el descontento para con la democracia representativa es cada vez mayor. Constantemente se escuchan reclamos de “más democracia”, lo cual, dice Sartori, quiere decir “más directismo”, una democracia participativa o directa. Pero mientras la democracia representativa se basa en la “opinión”, en la doxa de un pueblo que delega su soberanía en sus “representantes” (“los que saben”), la democracia directa se basa en el “saber”, en el logos de un pueblo interesado en las cosas de la polis y capacitado para analizar, comprender y resolver los problemas que la aquejan. Así pues, la democracia directa ejercida por un demos debilitado, manipulable y manipulado, desinteresado en política, es “un sistema de gobierno suicida”. (p. 123) “Cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo, requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento”. (p. 127) Se requiere de un “demos potenciado”. Pero con la educación política que pasivamente recibe el demos en nuestra sociedad, mayoritariamente a través de los noticieros de televisión, estamos lejos de ser ese pueblo responsable y conscientemente soberano. Mucho menos lo seremos si seguimos enajenados con pseudo-acontecimientos de interés público como el de Paulette y los ya mencionados.

Finalmente, Sartori advierte también que, según se dice, la televisión mejorará sus contenidos cuando haya de verdad pluralidad y competencia (presunto mecanismo autorregulatorio), estimulada por la concurrencia de televisoras privadas. Sin embargo, “es bueno tener presente que para los grandes magnates europeos de hoy -los Murdoch o los Berlusconi [o los Azcárraga, digo yo]- el dinero lo es todo, y el interés cívico o cultural es nulo. Y lo irónico […] es que […] se venden como demócratas que ofrecen al público lo que el público desea, mientras que la televisión pública es ‘elitista’ y ofrece al público la televisión ‘que debería querer’”. (p. 140) Como lo muestra el caso mexicano, antes que mejorar la calidad de los contenidos (en función del interés público, tal cual lo he definido arriba), la competencia entre televisoras hace que, en lugar de diferenciarse, se superpongan, se imiten burdamente: si Televisa estrena Big Brother, TV Azteca presenta La Academia; si la una Ventaneando, la otra La Oreja; si ésta La Rosa de Guadalupe, aquélla Cada quien su Santo, y así nos podemos seguir. Contenidos demandados por un público cuyos gustos han sido moldeados por esas mismas televisoras. Por eso coincido con Sartori cuando precisa que en este fenómeno, entre la televisión y el público, es aquélla la que tiene la mayor responsabilidad. ¿Verdaderamente todos estamos siempre en posibilidad de cambiar de canal o, mejor aún, de apagar el televisor? ¿Hasta qué punto eso es cierto pero nos acostumbramos a lo fácil, a lo digerido, a que alguien más piense por nosotros, aún cuando creemos estar pensando por nosotros mismos? La demanda televisiva (y no sólo ésta, desde luego) está moldeada por la oferta desde que a la mayoría de nosotros, cuando niños, nos “entretenían” con la televisión para que no “diéramos lata”. No hemos sido educados para pensar. Y aunque ciertamente existen algunos otros medios de información y de educación, como el entorno familiar (en un sentido amplio del término) o la escuela, estos espacios idealmente autónomos no sólo parecen languidecer ante el poder de la Teledictadura, sino que en muchos casos son reproductores de las pautas que ésta establece con brillantes escenarios que enmarcan la sonrisa, las lágrimas y el físico envidiable de las estrellas del momento.

Por una ley de medios que verdaderamente atienda el interés público.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Saludos Óscar:
Desde el mismo domingo había visto la entrada, aunque hasta ahorita me pude sentar con calma a leer.
Hombre, laerdás es que me leíste el pensamiento: ¿pa qué hablar mas de la Polette? Pues para estar conscientes de la podredumbre que caracteriza a los mass-media y del terrible sistema de justicia bajo el cual sobrevivimos.

1 ¿Sabes si Corral sacará un libro sobre Ley de Medios? Lo anunció hace tiempo, pero no le he seguido la pista.
2 ¿Cómo que trivial lo del chicharo? Si nomás faltó que doña Carmelita Salinas y Paquita la del Barrio opinaran sobre el tema.

Carlos

Augusto Jaramillo dijo...

Hola Oscar:

Saludos desde Caracas-Venezuela, y en especial desde la RED de historia.

Antes de opinar sobre tu artículo queria compartir contigo alguna información como otra persona preocupada del poder de los medios en las mentes de los seres humanos, y sobre esta, asi llamada, "sociedad de la información"

Encontré el libro de Sartori en internet y te prometo que lo voy a leer por alguno de los medios disponibles, conversaremos despues al respecto, espero.

Te iba a sugerir si puedes montar, el documental sobre la "teledictadura" en la red, sería muy oportuno inclusive comentarlo y establecer tal vez una discusión al respecto. el tema no es vigente, es vital , en mi opinión.

Te recomendaré que veas este documental, "de la servidumbre moderna" para ampliar el rango de la discusión al respecto: http://www.delaservitudemoderne.org/video-es.html

te remito un enlace con el texto de la ley de medios de comunicación promulgada en Venezuela en 2004

en wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Responsabilidad_Social_en_Radio_y_Televisi%C3%B3n


TEXTO DE LA LEY: http://www.leyresorte.gob.ve/leyresorte/100

Karlyle dijo...

Mmmta mal... Había hecho un comentario bien largo y se me borró... Lo que decía era que creo que el varo money cash, para el caso paulette, es el interés primordial, aunque la manipulación u ocultamiento de hechos más relevantes también entra en juego... quizá simplemente con acostumbrarnos a que "nimiedades" (no porque la vida de una niña no importe, como dices, si no porque no es de relevancia en el orden público) como esa son el tipo de hechos a los que tenemos que atender.
Creo hechos como este también pueden usarse como noticias de disuación, para poner en el banquillo de los acusados a una mujer cuya conducta es cuestionable, reprobable o condenable... ¡Mala madre! Así también se van moldeando refrerentes morales... supongo...