Un viaje literario con el cura Hidalgo (1): a propósito de Camino a Baján, de Jean Meyer

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El pasado sábado 8 de mayo se cumplieron 257 años del nacimiento de (tomo aire) Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mondarte Villaseñor… mejor conocido como Miguel Hidalgo. La jornada cannábica de ese mismo día se prestó para que la efeméride diera mucho más de sí: luego de una breve siesta al medio día, en abriendo mis pequeños ojos encontré sentado en mi sillón al mismísimo “padre de la Patria”. Allí estaba, muy orondo, irradiando dignidad desde sus greñas entrecanas, que dejaban ver una calvicie avanzada, hasta sus botas, un poco gastadas y con rastros de caca de caballo. Dado mi estado en aquel momento, no recuerdo haber escuchado su voz, sino sólo haberme puesto a hablar como tarabilla sobre las muy pertinentes lecturas que había hecho en las últimas semanas. Así pues, a continuación transcribo lo que le platiqué.


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Acúsome, padre Hidalgo, de haber gastado mi escaso dinero en un libro que no lo valió: Camino a Baján, del reconocido historiador Jean Meyer, ahora metido a novelista. Grandes expectativas tenía sobre el libro porque en la portada presume ser “una viva recreación de las batallas y la agitada travesía del cura Hidalgo” (sí, de usted… ya sabe, eso de su rebelión) “en la Independencia de México”. Pero en ello hay por lo menos una gran mentira: usted no protagoniza el relato, pese a lo que afirmen, además de la portada, las notas periodísticas sobre las presentaciones que Meyer hizo de la obra, según las cuales ésta “recoge los avatares que vivió el cura de Dolores durante los meses previos a su captura y muerte” (Zócalo de Saltillo, mayo 9, 2010). Para serle sincero, dudo que los reporteros de esas notas hayan abierto el libro. Pues bien, esa mentira fue una entre algunas otras cosas que hicieron que me arrepintiera de haber pagado 200 y pico de pesos por él. No se crea: la novela no es vomitiva… el problema es que estaba entusiasmado con ella y… pues nada, que me ha decepcionado.

El retrato que Meyer hace de la primera insurgencia se centra en la región occidental de lo que usted conoció como virreinato de la Nueva España, hoy México, en poblaciones como Guadalajara, Tlaquepaque, Tepic, San Blas... Debo aceptar que la cepa de historiador del autor brota a lo largo de todo el relato. Él confiesa que desde hacía décadas había sentido fascinación por usted; según cuenta, el origen del trabajo documental que sin duda soporta parte de la novela, se encuentra a inicios de los 1990, cuando

…se me acercó el señor [Ernesto] Alonso, un productor famoso de telenovelas de Televisa, muy amigo de María Félix, y él tenía el proyecto de hacer la telenovela ‘La Antorcha Encendida’, precisamente sobre la guerra de Independencia, con Enrique Krauze y Clío. Entonces me invitaron como asesor histórico y yo me metí a fondo a estudiar en ese momento al personaje de Miguel Hidalgo (Vanguardia, abril 25, 2010)

En efecto, fruto de esa investigación fue un libro académico para Editorial Clío, pero también la primera versión de la novela que hoy le cuento, y que apareció en 1993 con el sello de Editorial Diana y el título Los tambores de Calderón.

No es de extrañar, por eso, que en Camino a Baján abunden los indicios de conocimiento y rigor historiográfico. Es evidente, por ejemplo, que Meyer tiene clara la radical importancia que tuvo para el “proceso de independencia” la invasión napoleónica de la península a mediados de 1808, y la inédita destitución violenta del virrey de la Nueva España, José de Iturrigaray, en septiembre del mismo año, a manos de un puñado de “mercachifles peninsulares”. Fue así, don Miguel -y usted no me dejará mentir-, que muchos “europeos y criollos […] descubrieron sin pensarlo el camino de la revolución” (p. 23). Hasta cierto punto, coincido con el reseñista Álvaro Enrigue (Vuelta, 201, agosto de 1993), quien calificó la novela como “desmitificadora” porque subraya la complejidad del fenómeno insurgente y contribuye a desmontar versiones épicas de un “pueblo” homogéneo que ansiaba su libertad: vemos a la gente que en sus poblaciones recibía con el mismo entusiasmo a insurgentes y realistas; las diversas y contradictorias motivaciones que tenía para unirse a sus tropas; la confusa relación entre la xenofobia insurgente y los conflictos de clase…

Ahora bien, igualmente interesante es la forma en que Meyer habla de usted, mi estimado cura de almas pueblerinas… A pesar de que la portada del libro miente y usted no es protagonista de todo el relato, el autor se reivindica un poco en el octavo y último capítulo, “Jerusalén y Babilonia”, donde primero nos presenta una conversación entre viejos conocidos suyos acerca de su carácter, sus virtudes, sus vicios y su revolución. ¿Recuerda a fray Francisco Olivares y a los curas Ramírez de Oliva y Severo Maldonado (“el pedante”)? ¡Pues vaya que tenían buena impresión de usted! Le gustará saber que reconocían su “genio travieso”, su pasión por la música y las letras y, desde luego, su gran habilidad como teólogo y polemista (“el Zorro” le decían en el seminario, ¿cierto?), a grado tal que aseguran que usted hubiera sido capaz de condenar la insurrección con argumentos tan convincentes como los que empleó para defenderla.

En contraste con el resto de la novela, en este capítulo 8 (y quizá también en el 5: vívida narración de la batalla de Puente de Calderón que marcó el principio del fin de su aventura revolucionaria, don Miguel) sí encuentro ciertas virtudes narrativas por parte de Meyer. Tanto en la conversación de los curas mencionados, como luego en el soliloquio que a usted le adjudica en las horas previas a su ejecución (¡!), el autor plantea preguntas fundamentales sobre la convulsión política y social de aquellos años; preguntas cuyas escurridizas respuestas han traído vueltos locos a los historiadores en los últimos doscientos años. Como ejemplo, vea la angustia que -según Meyer- ya desde entonces expresaba fray Francisco Olivares:

¿Por qué se están viviendo tantos males? ¿Qué se está expresando en esta revolución? ¿Por qué se ha llevado tanta gente buena? Entiendo que los malvados hayan aprovechado la oportunidad para robar y matar, pero ¿los buenos? ¿Nuestros hermanos? (p. 244)

Para algunas de esas preguntas, Meyer aventura una que otra respuesta; pero en el aire quedan muchas otras, acaso irresolubles.

A continuación entra usted a escena (repito: hasta el final del libro), marchando trágicamente hacia su prisión final en la norteña Acatita de Baján. Me parece creíble que Meyer lo retrate sintiendo “algo como un alivio” una vez que los demás jefes lo han despojado del mando: “Despierto de un sueño -dice usted-, la fiesta ha terminado, y la pesadilla también. Se disipó el frenesí” (p. 248). En días recientes el autor ha declarado que no le interesaba “denigrar… hacer chiquito… tumbar de su pedestal a Hidalgo”, sino tratar de entenderlo (Vanguardia, op. cit.). Y allí ya hay una toma de distancia respecto a la mayoría de los muchos libros apasionados que usted ha motivado, y que buscan sacralizarlo o satanizarlo. Sin embargo, don Miguel, debo confesarle que me preocupan algunos de estos afanes contemporáneos que ciertos escritores tienen de “entenderlo” a usted y a otros personajes de nuestra historia. Lo he escuchado del historiador oficial del actual gobierno mexicano, de corte conservador, José Manuel Villalpando, y ahora lo he leído en Camino a Baján: para Meyer, una parte importante de la desmitificación de su figura iría más en el sentido de rescatarlo como “sacerdote modelo”.

Tal vez usted sabe -y si no, yo le cuento- que desde la segunda mitad del siglo XIX se había venido estableciendo en el país una esfera pública laica. La iglesia católica -siento decirle- no tiene ya la hegemonía que sí gozaba en sus tiempos. Actualmente cualquier persona puede practicar la religión que le venga en gana, y el Estado mexicano se ha levantado como garante de esa libertad…, o por lo menos lo había hecho hasta hace un par de décadas. Durante todo el siglo XX gobernó un solo partido “revolucionario” que verdaderamente mantuvo a la iglesia al margen de la vida pública del país, y eso se reflejó en la versión oficial de la historia que ese partido inculcó en millones de mexicanos. Mas ahora México es gobernado por un partido que nació como oposición a ese régimen, y que tiene entre sus bases a diversas organizaciones conservadoras que desean ver la vida pública mexicana regulada por valores y principios de raíz católica. Las fronteras entre lo público y lo privado se han desvanecido poco a poco y, por ejemplo, hemos visto a un presidente tomar protesta acompañado de la imagen de la Virgen de Guadalupe y besar la mano del Papa romano; también es cada vez más frecuente la presencia de imágenes y “milagros” guadalupanos y de santos en televisión nacional.

Por eso temo que algunos presuntos afanes de “entender” nuestra historia se conviertan más bien en una revancha historiográfica que sólo pretenda voltear las cosas, antes que equilibrarlas. Será que me he educado bajo el régimen “anticlerical” del siglo pasado, pero no deja de parecerme extraño que en la novela de Meyer la religión, y con ella la iglesia, sea prácticamente omnipresente. Curas, misas y oraciones por aquí y por allá… el autor parece regodearse entre la fuerte religiosidad de la época. Incluso se da el lujo (y está en su libertad de hacerlo) de incorporar una especie de reflexión casi teológica en primera persona que no parece atribuible a personaje alguno de la novela, y que más bien da la impresión de ser una intervención del autor en la que manifiesta sus propias convicciones religiosas. Está en su libertad de hacerlo, pero a mí no me gustó. En parte será por eso que, como novela, prefiero Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia. ¿No la conoce?... Debo contarle de ella. Antes volvamos con Meyer para terminar de ver la imagen que da de usted en Camino a Baján.

Para él, parte del esfuerzo por “presentarlo en toda su complejidad” conlleva subrayar algo que, dice, no suele mencionarse en la historia nacional: asegura que al final usted se arrepintió “de toda la sangre vertida y de haber escogido la violencia” (El Universal. Kiosko, marzo 9, 2010) “y es el Hidalgo de antes, el buen sacerdote y que lamenta… las destrucciones, los saqueos. No renuncia al proyecto, pero sí del método”. (Vanguardia, op. cit.) En este punto coincido con el autor. Disfruté leer los pensamientos de un “padre de la Patria” que sabe distinguir entre la justicia de su causa y lo equivocado de los medios para perseguirla. Por eso podría convenir nuevamente con el citado Álvaro Enrigue cuando anota que Los tambores de Calderón/Camino a Baján no es tanto un relato novelado de acontecimientos históricos, sino de la conciencia de la época: “inventa la evolución de la maquinaria psíquica que motivó el primer levantamiento insurgente y su posterior caída” (Vuelta, op. cit.). Visto así, una segunda lectura podría ser más interesante. Pero aquí, don Miguel, estoy hablando de la primera, y aún tengo fresco el maldito recuerdo de haber pagado por un libro que no me satisfizo.

Y no me satisfizo, primero, porque pese a los mencionados méritos de manejo histórico que tiene el relato, en él podemos encontrar también algunos anacronismos con los que no estoy de acuerdo, por más que se trate de una ficción. El más importante, y que es con el que más he entrado en conflicto durante las jornadas bicentenarias que estamos padeciendo, es la necedad de referirse al virreinato de la Nueva España y a sus habitantes como México y mexicanos, respectivamente. Se trata del clásico error de proyectar la realidad contemporánea a las representaciones del pasado. Y esto es extraño porque Meyer reproduce documentos que desmienten su manejo de las identidades; documentos en los que, evidentemente, usted y sus compañeros hablaban de América y americanos, y no de México o mexicanos, para referirse a un conjunto amplio que trasciende la ciudad de México.

Para finalizar, quiero hablarle en términos literarios, pues aunque no soy crítico profesionalmente autorizado, sí soy un lector que gusta instintivamente de la buena narrativa, de la cual carece Camino a Baján. No soy el único que lo dice. Vuelvo a citar a Enrigue:

La escritura de Meyer es convencional. Esta característica, que produce un efecto de verosimilitud difícil de encontrar en otras obras, tiene el defecto de privar al lector de una buena parte del placer de la lectura, en algunos momentos queda la impresión de que lo que se está leyendo es una compilación de documentos históricos. Meyer no dispone del lenguaje como arma de seducción literaria (Vuelta, op. cit.).

Más claro, ni el agua. Porque aunque el reseñista pretende convencer de que la rigidez discursiva que podría inhibir al lector, es salvada con la vitalidad que Meyer imprime a sus personajes, yo únicamente sentí ese “placer de la lectura” en los mencionados capítulos 5 y 8.

Es así que ya no puedo estar seguro de en qué aspecto Meyer ubica el atractivo de su relato. Parece ser en el factor histórico… pero ya le digo que aun ahí encuentro problemas. Y en el literario… bueno, él mismo se ha mostrado honesto al aceptar no poder ser novelista porque “soy demasiado historiador para escribir novelas históricas; me cuesta mucho trabajo soltar el barandal del documento histórico e irme por la libre” (El Universal. Kiosko, op. cit.). Esto a pesar de que un escritor como Carlos Montemayor, capaz de escribir una novela histórica del tamaño de Guerra en el paraíso (de la que he hablado en un post previo), “leyó el manuscrito y me dio consejos -confiesa Meyer-, podríamos decir trucos de escritor”. (Vanguardia, op. cit.)

Yo, como historiador, mi estimado cura pueblerino, comparto la inquietud del admirado colega Jean Meyer: “Muchas veces a mí me parece que la historia de los hombres, de nuestros antepasados o nuestra historia, es tan extraordinaria que merece un tratamiento literario para llegar al mayor número posible de lectores”. (Vanguardia, op. cit.). Si hay algo que a muchos historiadores nos tiene incómodos es que las densas investigaciones que realizamos resulten casi siempre indigestas para los públicos amplios. Nada más loable, por eso, que el esfuerzo de Meyer por dar un tratamiento literario a la historiografía científica. Sin embargo, en mi opinión, ese esfuerzo en Camino a Baján ha sido mal logrado.

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Cuando terminé de hablar de Camino a Baján descubrí que el cura Hidalgo se había quedado dormido, con la baba de fuera y a punto de derramar el chocolate caliente que le había servido en mi valiosa taza del concierto de los Creedence. Estaba yo indeciso si lo mejor sería despertarlo o dejarlo dormir. Y como no podía dejar de pensar en mi taza, opté primero por quitársela de la débil mano que ya casi ni la sostenía. Mala opción: apenas tomé el recipiente, el “padre de la Patria” despertó y dio un brinco con el cual mi taza salió volando y fue a estrellarse justo contra la imagen de Félix María Calleja que aparece en mi calendario del bicentenario de la guerra de independencia.

Comprendí que mi relato sobre la novela de Meyer, en efecto, le había resultado indigesto a mi distinguido huésped; así que, decidido a prolongar su vista todo lo posible, comencé a contarle de un libro que quizá le parecería más interesante. Le hablé entonces de Los pasos de López.