Hidalgo: La historia jamás contada... del señor cura Periñón

Hace semanas, cuando vi los carteles que anunciaban la película en cuestión, mi primera reacción fue de escepticismo, cuando no de franco rechazo. El título me pareció desesperadamente taquillero, impresión reforzada por la imagen de Ana de la Reguera con su atractivo y pronunciado escote. Además, el enésimo protagonismo de Demián Bichir, esta vez como el cura de Dolores, sonaba notablemente bizarro.  Sin embargo, desde entonces me había hecho a la idea de que sólo la debilidad de mi economía sería más fuerte que el morbo (que prefiero calificar como “intelectual”) de ver cómo se valían de la figura del “padre de la Patria” para ganar dinero.

Afortunadamente, aunque en efecto mi economía dista de haber salido del “catarrito”, mi familia ya me asocia automáticamente con cualquier asunto que les suene medianamente histórico, y en esta ocasión mi tía favorita y su esposo tuvieron a bien invitarme (ante la ausencia de la noviecita de su pequeño hijo, cabe aclarar) a la proyección de la película, nada menos que en el Auditorio Nacional, junto a más de 5,000 escuincles de secundaria y de la Escuela Superior de Educación Física; además del director de la cinta, Antonio Serrano, y nuestro centinela contra mezquinos, Alonso Lujambio, titular de la SEP, quienes dirigieron al público huequísimas palabras. Luego de tan aciagos momentos, las luces se apagaron y la cinta corrió.


¡Oh, grata sorpresa de la vida!... favorecida, desde luego, por las pocas expectativas que tenía en la película. Desde su prisión en Chihuahua, en 1811, y luego de ser degradado por la Iglesia a la que tantos corajes hizo pasar, Miguel Hidalgo da rienda suelta a sus tempranos recuerdos y se remonta hasta 1767, cuando era apenas un estudiante más (desde entonces interesado ya en lecturas “peligrosas”) en el colegio de San Nicolás de Valladolid; desagradable experiencia fue para él, como para grandes sectores de la población de la Nueva España, la expulsión de sus profesores y demás miembros de la Compañía de Jesús de todos los dominios de la Corona española por orden de Carlos III. De ahí el protagonista da un salto en el tiempo hasta sus años de madurez como rector del mismo colegio, respetado por los estudiantes a los que había inculcado el espíritu crítico, pero temido por las autoridades eclesiásticas escandalizadas ante su soberbia heterodoxia, las cuales deciden deshacerse de él enviándolo a la miserable villa de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, como cura párroco.


Fachada del actual Museo Casa Hidalgo,
en San Felipe "Torres Mochas"

Es ahí donde se desarrolla el centro de la trama, y particularmente en "la pequeña Francia” (o "la Francia chiquita"), como se le conoció a su casa en aquel lugar (y no en Dolores, como dijo la periodista Karla Iberia Sánchez durante la transmisión del “Grito” que Felipe Calderón dio ahí el pasado 16 de septiembre) por las tertulias escandalosas en que, según decían las beatas locales, se atentaba contra la castidad con bailes prohibidos, corrían generosas cantidades de tequila y pulque, y el anfitrión había traducido el Tartufo o el impostor de Molière, obra crítica de la hipocresía de los devotos, con la intención de montarla con los relajados asistentes a sus tertulias como elenco. Es ahí también donde conoce a Josefa Quintana, hija del patrocinador del montaje teatral, y con la que a la postre procreará dos hijos más, además de los dos que previamente ha tenido en Valladolid.

De acuerdo con las nociones que tengo sobre el periodo en el que se desarrolla la trama, no alcancé a percibir mayores desatinos históricos en el guión, el cual corrió a cargo de Leo Mendoza y contó con la atinada asesoría de la Dra. María José Garrido Asperó. El relato es bueno, bien llevado, estable en el interés que despierta al espectador, en ocasiones con pasajes dramáticos, en otras con cierto suspenso o con escenas de apasionado romance, y las más de las veces con un humor que personalmente recibí con mucho agrado. Excelentes puntadas de casi todos los personajes (el personaje de Cecilia Suárez es entrañable), enmarcadas en escenarios creíbles, al parecer bien ambientados, con música y fotografía destacadas. Una obra de desacralización completa, diría yo, cuya historia posee interés por sí misma, y no tanto (aunque esto resulte indisociable en la imaginación de los espectadores) porque se trate de quien años después iniciaría una aventura que, es cierto, muy pocos se atreverían a emprender, y que por ello sería conocido, ni más ni menos, como el "padre de la Patria".

En ese sentido, al momento de estar viendo la película me sorprendió mucho pensar con insistencia en Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia, cuya obra fue objeto del post anterior (en éste, que ya parece más bien un blog sobre el loco cura de almas pueblerinas). Será que andaba muy de buenas, y que en el espíritu desacralizador que me invadió en estos días estaba dispuesto incluso a bajar la novela de Ibargüengoitia del pedestal en que la había colocado… lo cierto es que concluí que no habría mejor experiencia “antihistórica” que ver Hidalgo: La historia jamás contada y, acto seguido, llegar a casa para adentrarse en el delicioso relato que Ibargüengoitia tejió alrededor del cura de Ajetreo, Domingo Periñón.

Los elementos comunes a ambas producciones son notables, destacadamente el tono antisolemne de la narración y de los personajes que le dan vida: sujetos contradictorios, complejos, que se dejan seducir por sus pasiones, como la mayoría de los seres humanos. Me impresionó también la importancia que en ambos casos (novela y película) posee el teatro dentro del relato, no sólo como elemento accesorio que ocasionalmente adorna a los personajes, sino como recurso de la trama misma que contribuye a clarificar parte de lo más intimo del protagonista. En el caso de Los pasos de López, el montaje de La precaución inútil permite al narrador-testigo, Matías Chandón, presentarnos a Periñón a través de López, el personaje que el cura interpreta en la comedia y que sin duda es una metáfora del papel que desempeña tanto a lo largo de la novela como en el referente histórico de ésta: la conspiración de Querétaro y la subsecuente rebelión armada:

Periñon era López […] el personaje más interesante de la comedia, él enredaba y desenredaba la acción, resolvía todos los problemas y al final recibía todos los castigos”. (Los pasos de López, p. 40)

No obstante, luego de ver al Hidalgo interpretado por Bichir, es claro que la metáfora de López aplica también para el personaje de esa “historia jamás contada”, la de la vida del “Zorro” antes de ser devorado por el Generalísimo. Sólo que en esos años previos al estallido revolucionario, Hidalgo todavía tiene menos de López que del propio Tartufo que interpreta en la comedia de Molière. El mismo cura así lo asume, en medio de los conflictos que le suscita su débil vocación sacerdotal, instrumento del cual don Miguel se ha valido únicamente para conservar la libertad que le proveen sus libros… pero que al mismo tiempo le coarta una libertad más física que intelectual. Se descubre, en fin, tan hipócrita como un Tartufo cualquiera.

En fin, recomiendo mucho la película para pasar un buen rato y para desacralizar (todavía más) al "cura ejemplar" que recientemente nos quieren recetar con presuntos disfraces "desmitificadores". La edificación de los "héroes" en la segunda mitad del siglo XIX fue pensada como una manera de formar ciudadanos, inculcando en ellos sentimientos de identidad nacional en la que estuviera de por medio la emulación de figuras ejemplares, rígidas e infalibles, capaces de sacrificar todo por su patria. Considero que ese paradigma se ha roto. Las campañas publicitarias en los medios masivos de comunicación parecen ser insuficientes ya para que una sociedad en su conjunto sienta tal veneración, por ejemplo, hacia los miembros del ejército que son lanzados a una guerra en la que está de por medio la integridad nacional, según el discurso oficial. El carácter enteramente humano (y muy frecuentemente, miserablemente humano) de esos "elementos" y de quienes los han sacado de sus cuarteles, queda evidenciado día a día, y es materia de discusión en todos los espacios imaginables de la sociedad.

De acuerdo con el quiebre del paradigma de lo heróico, el Miguel Hidalgo presentado en Los pasos de López, que con el mismo talante encuentro en Hidalgo: La historia jamás contada, está lejos ya de la figura broncínea en la que aún creyeron nuestros abuelos, y que, según creo, ahuyentaba, más que estimulaba, cualquier esfuerzo por imitar las hazañas del cura rebelde. El Hidalgo que podemos encontrar en la novela y la película en cuestión, por el contrario, no sólo es un personaje simpático que, en vez de hacernos derramar lágrimas patrioteras por su sacrificio, podrá sacarnos de vez en cuando alguna sonrisa cómplice. Es también una figura cuyo ejemplo queda más a raz de suelo, más al alcance de cualquiera, porque muestra que aquél sujeto, y todos los que pelearon a su lado o en su contra, fueron seres tan complejos, pero al mismo tiempo tan fascinantes, como nosotros mismos...


3 comentarios:

Carlos dijo...

Saludos compañero:

Sabes, comparto contigo ese escepticismo inicial surgido de la pura apreciación del cartel. En principio, eso de "jamás contada..." me hizo reir; el remate fue la frasesita "Los secretos de un hombre callados por el grito de un héroe". Ahhh no maaa.
Pese a todo, ayer viernes fui con Kharo a ver la peli en una atestada sala comercial.
El escepticismo aumentó cuando, luego de ver al Hidalgo agonizante de 1811, la trama se traslada a 1767. ¡Horror! ¡Yurem de Timbiriche!
Sin embargo, con el paso de los minutos, el desarrollo mismo de la película me atrapó. Qué gusto me dio NO ver las mismas escenas de siempre: muerte de gachupines, la alhóndiga en llamas, Venegas o Calleja. La trama se concentró en el Hidalgo de la segunda mitad del XVIII.
Al final de la película pensé que eso de "jamás contada..." tenía su gran dosis de verdad.
La cercanía con su grey de Torres Mochas; la puesta en escena de Moliere; sus pasiones carnales; sus roces con Abad y Queipo y San Miguel. En fin. Todos estos asuntos son la sustancia de la película. (Además, disfruté enormemente ver una cinta dedicada a esa segunda mitad del XVIII, mi mero mole).
Quizá por el puente la sala estuvo a tope, sin embargo espero que esos llenos se multipliquen para que muchas personas vean a este Hidalgo menos violento, broncíneo y más humano.
P.D. El momento que más me divirtió fue cuando los músicos interpretan la canción prohibida del "Chuchumbe". Ahh, qué bueno fue eso.
Buen final de puente.

Karlyle dijo...

Amigos historiadores especialistas de la independencia de nuestra gran nación:

Me pareció que la estrategia desacralizadora de la película radicó en la humanización del personaje, lo cual funciona muy bien para bajar del pedestal al "padre de la patria". Sin embargo, creo que las imprecisiones históricas estuvieron en alusiones constantes al "país" y a las nociones de "independencia" (nomás les faltó mencionar la palabra democracia). Además la estrategia para hacer presentes a las castas me pareció un poco burda: aquella escena en donde, en la clase del cura Periñón, perdón, Hidalgo, el joven Morelos es insultado por ser mulato, que me recordó a una clase del maestro longaniza.
Confieso que al ver la película sentí emoción por la posibilidad de ver materializado el pasado, cosa en la que pienso, como ustedes, todo el tiempo. La película me gustó, pero creo que es muy presentista, en el sentido de que más que mostrar un hecho histórico, juega con alusiones políticas en el contexto bicentenario.

Dominguera, sería el adjetivo que yo le pondría.

Pd. Las chichis venden, eso que ni qué.

OSZ dijo...

Carlos:
A mí también me pareció "refrescante" el enfoque de la película en un periodo prácticamente desconocido fuera del gremio.
No sabía lo del chavo ése de Timbiriche; en realidad me pareció una actuación buena, adecuada con la imagen relajada que querían dar.
Coincido también en lo del "Chuchumbé": recurso contundente para desmentir cierta idea tradicional "oscurantista" de la época colonial ("Nuestra Edad Media"), según la cual pareciera que los súbditos no se divertían.
En fin, que me ha gustado bastante, pensando en la imagen que la gente se llevará sobre la sociedad de aquél periodo.

Karlyle:
Eso de que "las chichis venden" es una verdad más evidente que cualquier pasaje bíblico.
No me pareció tan presentista, o por lo menos no de manera tan evidente que fuera a tener un impacto adoctrinador en los espectadores. En lo que sí coincido es en el muy forzado pasaje sobre el joven Morelos (quizá la actuación más lamentable).
Sobre "país", sí era un término empleado en la época, lo mismo que "independencia"; la cosa sería si le dieron el sentido actual, anacrónico. Las intenciones del cura es tema que sigue a debate... y creo que jamás se resolverá. Pero, en todo caso, mi lectura fue más en los términos jocoserios de Los pasos de López, novela en la que Ibargüengoitia sí que tiene tropiezos severos en términos históricos. Lo que más bien rescato de novela y película es la antisolemnidad del relato y los personajes, algo del todo opuesto a la historia broncínea.