Un viaje literario con el cura Hidalgo (2): a propósito de Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia

En el post anterior relataba la sorpresiva visita que el “padre de la Patria” había hecho a mi casa el día que se cumplían 257 años de su nacimiento, y cómo conseguí dormirlo con mi quejumbrosa reseña de la novela Camino a Baján, del historiador Jean Meyer. Decía también que, buscando prolongar todo lo posible la estancia de tan distinguido huésped, decidí hablarle mejor de otra novela que también aborda la primera insurgencia, aunque en forma diametralmente distinta a la que emplea Meyer. En efecto, le hablé a don Miguel de Los pasos de López, del escritor Jorge Ibargüengoitia. He aquí lo que le dije:

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J.Ibargüengoitia

Figúrese, cura, que aquella Guanajuato que sus huestes hicieron añicos no desapareció. La ciudad sobrevivió, creció y se convirtió en una de las más bellas del país. Allí nació, en 1928, Jorge Ibargüengoitia, escritor que en sus primeros años se dedicó a producir piezas teatrales, pero que al poco tiempo, a principios de los años 60, las abandonó para enfocarse en el cuento y la novela, según él, porque su producción dramática era muy mala.  Esto pese a ser discípulo de Rodolfo Usigli, notable escritor que seguramente despertaría en él la inquietud de recurrir a la historia como instrumento literario, aunque siempre anteponiendo la imaginación a la rigurosidad de los hechos del pasado. Usigli, autor de un par de piezas que reflejan esa atracción por la historia -El gesticulador (1938) y Corona de sombra (1943)-, era categórico cuando decía:

Si no se escribe un libro de historia, si se lleva un tema histórico al terreno del arte dramático, el primer elemento que debe regir es la imaginación, no la historia. La historia no puede llenar otra función que la de un simple acento de color, de ambiente o de época. En otras palabras, sólo la imaginación permite tratar teatralmente un tema histórico. [1]

Esta “antihistoria” usigliana -recurrir a la historia sin pretensiones de historiador- fue herencia para Ibargüengoitia, y de ello es muestra Los pasos de López, su última novela (murió en 1983), la cual vio la luz por vez primera en Barcelona, en 1981, con el título Los conspiradores. [2] Se trató de una especie de revancha, pues no era la primera ocasión que Ibargüengoitia escribía algo sobre la conspiración de Querétaro y la rebelión subsecuente: en la temprana fecha de 1959, por encargo oficial, debió escribir la pieza teatral La conspiración vendida como parte de los festejos por el 150 aniversario del inicio del desmadre que usted, don Miguel, desató aquella mañana del 16 de septiembre de 1810. Desde luego, la “exactitud” histórica y la tradicional sacralización de los “héroes que nos dieron patria” -sí, mi buen “Zorro”, ya le colgaron ése santito- fueron condición obligada para la obra de Ibargüengoitia. Con ello había dado la espalda a la “antihistoria”. La creatividad fue reprimida. Ninguna pizca de su reconocida mordacidad se asomaba. La ironía era nula, y aunque durante el resto de su vida tendría oportunidad de desparramarla en cada una de las páginas de su autoría, tenía una cuenta pendiente con usted y su aventura revolucionaria, “la primera historia que me interesó en mi vida”, aseguraba Ibargüengoitia:

Es la historia de la conspiración que comenzó la independencia de México, y que me contaron como un cuento a los seis años y me fascinó. Luego la estudié en el colegio y me aburrió, porque me aburren los héroes. Por fin hice una obra de teatro, bastante heroica también [3]

Poco tiempo antes de morir saldaría esa deuda al escribir Los conspiradores/Los pasos de López, una novela “antihistórica” porque, según decía Ibargüengoitia, “la historia vuelve tiesas las cosas”. [4] Esta novela, don Miguel, según mi muy personal y cuestionable opinión, es uno de los mejores homenajes que se le han hecho a su persona, y también una de las más recomendables lecturas por hacer durante esta pesadilla de jornadas bicentenarias que estamos padeciendo, caracterizadas no sólo por el derroche de recursos destinados a espectáculos absurdos que nada bueno dejarán al país -más que entretenimiento y, desde luego, algo de legitimidad para el cuestionado gobierno actual-, sino por un discurso histórico que aunque se presenta como distanciado de la historia tradicional, sigue “entiesando” las cosas, sacralizando la figura suya y de sus compañeros y, como le decía, endilgándoles atributos sobrehumanos e intenciones “nacionalistas” fuera de lugar.

Sabiendo ahora que Los pasos de López es heredera de la “antihistoria” usigliana, no deberá extrañarle, don Miguel, que muy pocos de los nombres y lugares que aparecen ahí le resulten familiares. Sin embargo, su reconocida inteligencia me asegura que de inmediato se identificará con Domingo Periñón, cura de Ajetreo (Dolores) quien gustaba del goce mundano y se dejó llevar por el frenesí revolucionario, como usted. Verá también a doña Josefa Ortiz y al corregidor Domínguez en las personas de Carmelita y Diego Aquino, respectivamente; e intuirá con acierto que Aldaco es Aldama y Ontananza, Allende… Pero no se trata aquí de hacer una guía de lectura de la novela que daría al traste con esa magistral tensión -especie de simultánea distancia y proximidad- que Ibargüengoitia construyó entre los personajes imaginarios del relato, por una parte, y usted y sus no-tan-amigos revolucionarios, por la otra, don Miguel. Por eso quizá está de más hacer un ejercicio comparativo para medir el grado de precisión histórica que tienen Camino a Baján y Los pasos de López; sin duda esta última sale “perdiendo” -si bien en el post anterior subrayé que la primera no está libre de pecado, para infortunio del prestigiado Meyer-.

En donde sin duda coinciden es en el objetivo de desmitificar la versión tradicional nacionalista de la historia, aunque los medios que emplean para ello son bien distintos. En Camino a Bajan, Meyer se asume como el historiador que es y apela a sus conocimientos “científicos” sobre el tema para contradecir puntos importantes de esa versión tradicional; su esfuerzo consiste en presentar ese conocimiento en forma novelada. No obstante, y por más que al emprender esa labor narrativa Meyer haya integrado un no mal logrado ejercicio de imitación de la sintaxis de la época, el resultado general es poco afortunado, como antes dije.

Los medios desmitificadores de Ibargüengoitia son distintos, y casi podría decir que opuestos a los de Meyer. El lenguaje coloquial de Los pasos de López favorece una lectura más fluida, y el relato no pierde credibilidad, a pesar de ubicarse en una época en la que, evidentemente, la gente no se expresaba como nosotros hoy en día. Nuevamente, he aquí el compromiso con la “antihistoria” usigliana… o, si se quiere, la falta de compromiso con la rigurosidad histórica. El esfuerzo de Ibargüengoitia, desde luego, no consistía en escribir “bonito”, pues para él ésa era prácticamente una condición existencial, una forma de percibir y de narrar el mundo. La labor consistió, más bien, en integrar a esa narrativa los elementos históricos que quería presentar para desmitificarlos, brindando, en muchos sentidos, una versión alternativa a la tradicional, aunque no por la rigurosidad de los datos que incluye, sino por el tono y la forma literaria en que lo hace. Particularmente agradables son los pasajes que revelan la formación teatral de Ibargüengoitia: los capítulos 13, 14 y 15, que corresponden al descubrimiento de la conspiración, son un delicioso relato lleno de intrigas, malosentendidos, traiciones y demás, en forma de diálogos teatrales acompañados de actitudes y gestos descritos con precisión.

A ello sigue, en el capítulo 16, el más explícito interés desmitificador de Ibargüengoitia, que abre con las siguientes palabras del narrador-testigo Matías Chandón, una vez que los conspiradores habían sido descubiertos:
El episodio que sigue es tan conocido que no vale la pena contarlo. Voy a referirme a él brevemente nomás para no perder el hilo del relato y precisar algunos puntos que la leyenda ha borroneado. Es el que empieza con mi cabalgada nocturna y termina con Periñón en la iglesia dando lo que ahora se conoce como el “Grito de Ajetreo”.
     Dicen que yo tenía tanta prisa por avisar a mis compañeros que la Junta de Cañada había sido descubierta, que reventé cinco caballos aquella noche. Que me detuve en Muérdago nomás el tiempo que necesité para dar el mensaje y dejar que Ontananza y Aldaco montaran, desenvainaran espadas y gritaran “¡a las armas!”. Luego viene “el abrazo”. Un pintor que quiso evocar mi llegada a Ajetreo, me representó sacando el pie debajo de un caballo muerto, al fondo se ve una iglesia, Periñón está en el atrio y va hacia mí con los brazos abiertos. Dicen que apenas di la noticia Periñón hizo tocar a rebato, que llegaron los fieles corriendo y que cuando se llenó la iglesia, Periñón subió al púlpito y gritó:
     -¡Viva México! ¡Viva la independencia! ¡Vamos a matar españoles!
     Que la gente le hizo coro, que él sacó una espada, que salió de la iglesia y que todos los seguimos.
     Es una visión inexacta […]


La visión “exacta” que Ibargüengoitia ofrece como alternativa, sin embargo, es tan imprecisa en términos históricos como la que aquí pretende refutar. Pero, nuevamente, es éso lo que menos importa. Su esfuerzo desmitificador, pues, no reside tanto en un rigor histórico por él indeseado, sino en el tono antisolemne del relato, en la ironía que se desliza hacia lo cómico, lo cual, en palabras del autor, no es lo mismo que la burla:
El término “comedia” significa algo muy concreto: se trata de una visión parcial de las cosas, de ver la realidad en un sesgo en el que todo es un poco grotesco y presentarlo como tal. La comedia supone una simpatía del escritor con el personaje. La sátira es otra cosa: el escritor odia al personaje y lo presenta como una piltrafa […]
     Yo creo que he sido un escritor cómico, pero no soy burlón. La burla supone algo de odio o de crueldad, o de desprecio. Generalmente trato de escribir sobre algo que me produce cierta simpatía […] Supongo que nadie en el mundo es totalmente despreciable y si tomo un personaje lo que me interesa es justificarlo. Por eso no creo en la burla. [5]

De ahí, quizá, que Ibargüengoitia sea bastante benevolente con usted en su versión periñonesca, don Miguel. La novela  incluso refleja cierta admiración y respeto hacia su persona en la edificación de un Hidalgo hecho a la medida de las expectativas del autor: un cura heterodoxo -“Ya he perdido bastante tiempo en la Iglesia”, afirma Periñón- aventurado entre las faldas de la casa de putas de la Tía Mela, que gustaba del vino, de la buena charla, de la música y el teatro, y que se llevaba de a cuartos con los más humildes personajes de la región. En suma, un ser libre.

Ciertamente, don Miguel, como ya es común, no deja de aparecer usted frenético y condescendiente con la “canalla criminal” que lo acompañaba y que carecía de disciplina e instrucción militar. ¿O es mentira que a la hora de la batalla sus soldados atacaban sin concierto para luego huir en desbandada? ¿Acaso dudaron en masacrar en Granaditas y en acatar las órdenes de usted, su desenfrenado Generalísimo, para degollar a gran cantidad de gachupines? ¿Puede culpar a los amplios sectores que dejaron de simpatizar con su insurrección porque les pareció que esos crímenes la hacían moralmente ilegítima?... ¡No, no, no, don Miguel! Quite por favor esa cara, que no es regaño. Créame… Ya Edmundo O’Gorman se ha encargado de regañar a los historiadores, vivos y muertos, que regañaban a los muertos, en lugar de comprenderlos… Yo comprendo al ya fallecido don Edmundo; jamás lo regañaría… En cuanto a usted, mi estimado cura, no sé si está muerto o qué es lo que hace aquí… y no sé si lo comprendo, pero sí sé que no me atrevería a regañarlo, puesto que, según dicen, usted me dio Patria.

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Estaba justo a la mitad de mi entusiasta reseña, cuando a lo lejos sonó la campana del camión de la basura y el cura echó a correr a la calle con escoba en mano y gritando “¡Muera el mal gobierno!”... ¿Qué si estuvo fuera de lugar? ¡Qué va! ¿En este sexenio? ¡Ja! Basta con decir que, según alcancé a ver, no fueron pocos los que echaron a correr tras él haciéndole coro, aunque añadiéndole de su cosecha a los gritos para identificar al impugnado mal-gobierno: espurio, decían unos; dinosaurio, los otros; chucho, otros más; “legítimo”, otros tantos.

No volví a ver al cura. Y es una pena porque me habría gustado contarle muchas otras cosas que, para mí, hacen de Los pasos de López toda una joya. Pero como dudo que estas apreciaciones le interesen a usted, amable lector, optaré por reservarlas para mí esperando que se anime a juzgar usted mismo el libro en cuestión a la luz de tanta oquedad bicentenaria. Salud!

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Notas

1. R.Usigli, Corona de sombra, México, Ediciones Cuadernos Americanos, 1947, citado en L. Howard Quackenbush, El ‘López’ de Jorge Ibargüengoitia. Historia, teatro y autorreflexividad, México, CONACULTA-INBA, 1992.
2. Dicen que para la reimpresión de 1982 bajo el sello de Océano, los editores propusieron el cambio de nombre por la fuerza simbólica del apellido “López” en la novela, y también porque aludiría a la inminente y no muy elegante salida del presidente “Perro”, José López-Portillo. Véase: Quackenbush, El ‘López’…, p. 45.
3. Rosa María Pereda, “Jorge Ibargüengoitia: ‘la historia vuelve tiesas las cosas’”, El País, 26 de diciembre de 1981.
4. Ibid.
5. Aurelio Asiain y Juan García Oteyza, “Entrevista con Jorge Ibargüengoitia”, Vuelta, 100, marzo 1985, p. 48.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Saludos Óscar:

Oye, pues creo que el padre de la patria tampoco quedó conforme con la reseña que le hiciste de Ibargüengoitia si te volteó a ver así, como con cara de regañado. En fin.
Yo creo que sí se arrepintió por aquellas crueles matanzas de su tropa. A ver qué nos dice próximamente Carlos Herrejón.
Hombre, pues igual invítalo a una tercera visita en tus sueños opiaceos y le platicas algo de lo que dice quien publicará -a decir de Letras Libres- la "minuciosa y definitiva biografía" de Hidalgo.

P.D. Excelente detalle el de la campana del camión de la basura XD

OSZ dijo...

Carlos:
Espero la biografía con Herrejón con entusiasmo, y si el cura ése loco se vuelve a aparecer por acá (espero que se pueda sin alucinógenos de por medio) prometo contarle al respecto.
Gracias por la visita.