La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 1. Cárdenas: el ateo, el apátrida, el rojo, el facha

El sexenio del general Lázaro Cárdenas (1934-1940) probablemente es el que mayor atracción ejerce entre historiadores y aficionados a la historia contemporánea de México. No es para menos, puesto que ese corto periodo se definió mucho de lo que sería el Estado posrevolucionario mexicano a lo largo del siglo XX.

Este texto inaugura una serie dedicada al sexenio cardenista. Hablaré de aspectos bien conocidos de éste -expropiación petrolera, reparto ejidal, apoyo a la República española, etcétera-, aunque sólo como pretexto para abordar un tema que, según creo, tiene poca presencia en el imaginario histórico de los mexicanos: la oposición política contra Cárdenas, encarnada por diversas organizaciones que en algún momento del sexenio se sintieron agraviadas por el gobierno y que actuaron en consecuencia buscando contrarrestar las tendencias políticas marcadas por el presidente en turno. El Comité Pro-Raza, la Acción Revolucionaria Mexicanista, la Confederación de la Clase Media, la Unión Nacional Sinarquista, el Partido Acción Nacional, entre otros, harán su aparición proximamente. Por ahora, a manera de introducción, esbozaré a grandes rasgos los señalamientos críticos que recayeron sobre Cárdenas a lo largo de su mandato.




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Cuando el general Cárdenas tomó posesión como presidente de México, en 1934, se esperaba que fuese un títere más de Plutarco Elías Calles y, por lo tanto, una extensión del Maximato. El mismo Cárdenas contribuyó a reforzar esas expectativas, al nombrar un gabinete conformado por reconocidos callistas, entre los que destacaban Narciso Bassols como secretario de Hacienda, Rodolfo Elías Calles –hermano del Jefe Máximo- en Comunicaciones, y en la Secretaría de Agricultura Tomás Garrido Canabal, ex gobernador de Tabasco conocido por llevar a la práctica, junto con sus verdugos de curas, los “Camisas Rojas”, el radicalismo anticlerical impulsado por Calles desde la década anterior.

Es probable que Cárdenas no viera a los callistas, en el Congreso o en el gabinete, como un obstáculo para impulsar las políticas que caracterizarían su gestión. Sin embargo, pronto advirtió que aún existían congresistas y ministros que visitaban a Calles para recibir línea política. Como señala Carlos Martínez Assad, “los secretarios se encontraban en tránsito permanente entre la finca de Santa Barbara –residencia de Calles-, el Palacio de Gobierno y sus respectivas secretarías” [Martínez Assad, 1993, 75], y se mostraban asustados por las tendencias “socialistas” de un presidente que hacía declaraciones como: “las huelgas son indispensables para que la clase obrera pueda mejorar ante la intransigencia de la clase capitalista”, [Citado por González, 1998, 32], al tiempo que en el Congreso comenzaba a articular en torno suyo el Ala Izquierda del Bloque Nacional Revolucionario.

Desde luego, a Calles no le fue sencillo admitir la gradual pérdida de influencia en los principales espacios de poder. A principios de los años 30, tras un viaje por Europa, el Jefe Máximo había vuelto impactado por el orden fascista, convencido de que sólo esos regímenes de mano dura habían alcanzado la anhelada estabilidad. [Mertz et al., 1988, 136] De manera que, en aquellos primeros meses del gobierno de Cárdenas, el Jefe Máximo hizo constantes declaraciones sobre los errores que, a su juicio, estaba cometiendo el gobierno. Le preocupaba en particular, según decía, el desajuste social que provocaban las resoluciones favorables para los obreros en las numerosas huelgas que se sucedían en el país, y que se traducían en “holgazanería pagada” y desencanto para el capital. Estas críticas le merecieron a Calles múltiples felicitaciones y simpatías por parte de Cámaras de comercio y organizaciones patronales, pilares de los últimos años del Maximato.



Calles. El exilio


Consciente de que su visión de gobierno no era compartida por la mayoría de su gabinete, Cárdenas emprendió en 1935 una limpia del callismo que abarcó a ministros, congresistas y aun al propio Jefe Máximo, quien partió al exilio en abril de 1936.  Este abrupto desmarque del más férreo “come curas” del siglo ayudó a ahuyentar los señalamientos de “ateo” que recaían sobre Cárdenas, provenientes de los sectores católicos que tenían fresco el recuerdo de la guerra cristera si bien aún faltaba por escuchar lo que en años posteriores tendrían que decir la Unión Nacional Sinarquista (UNS) y el Partido Acción Nacional sobre la educación socialista y otras medidas que consideraron contrarias a la doctrina cristiana.

En efecto anota Luis González—, “la lucha entre poder civil y clero palideció frente a la lucha de trabajadores contra patronos”, pues pronto llegaron a registrarse más de dos huelgas por día. [González, 1998, 30] Para prácticamente todos los organismos de oposición a Cárdenas, el comunismo era un temible fantasma que atentaba contra valores que consideraban fundamentales, como el amor a la patria, dado que, según decían, se trataba de una doctrina que provenía del extranjero y tendía a la internacionalización. Así pues, el “socialismo” cardenista se interpretó como una etapa previa para la instauración de un régimen comunista supeditado a la URSS. La oposición veía con horror a un gobierno que dirigía su mirada “hacia abajo”, apoyado en organizaciones civiles y obreras de izquierda, favorecidas en sus conflictos y lideradas por el “agitador culto” Vicente Lombardo Toledano y su Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM, 1936), además del Partido Comunista Mexicano (PCM). La conformación de un Frente Popular antifascista, el asilo político de León Trotsky, la inclusión de un reconocido radical como Francisco J. Múgica dentro del gabinete, y la plena libertad para que estos sectores se manifestaran públicamente, por no hablar del apoyo armamentista y diplomático a la República española en plena Guerra Civil, también fueron factores que alimentaron los recelos. La reacción a estas medidas estaría en boca, entre otros, de gente como José Vasconcelos ("ese olvidado nazi mexicano", diría Héctor Orestes Aguilar), crítico severo del comunismo y del expansionismo yanqui, y defensor de Francisco Franco y de la Alemania nazi a través de Timón, revista que bajo su dirección apoyó abiertamente al nacional socialismo y elogió el orden y el progreso de los germanos.


Francisco J. Múgica
A partir de 1935, además, Cárdenas dio un fuerte impulso al reparto ejidal, mismo que alcanzó su auge en 1936, con 198, 876 beneficiados de 3’303, 787 hectáreas repartidas. [Martínez Assad, 1993,14] Se creó el Banco de Crédito Ejidal para subsidiar la reactivación del campo, pero el sobre giro de los préstamos del Banco de México ocasionó el alza de los precios de la canasta básica. La inflación golpeó directamente a la gente con ingresos fijos, facciones de la clase media urbana no incorporadas al llamado “sector popular” del partido oficial, que se mostrarían inconformes ante el irresponsable populismo cardenista. Algunos periódicos capitalinos fueron eco de ese malestar: El Universal, Excelsior, Omega y El hombre libre. La Universidad Nacional se sumó a las protestas por la reducción de su presupuesto, por la tolerancia hacia los desordenes estudiantiles y por los atentados a la libertad de cátedra por parte del Estado, que fueron interpretados como un intento de imponer una “dictadura ideológica” congruente con la visión política del gobierno.

Vendría después el periodo de las nacionalizaciones, quizá el de mayor consenso entre los mexicanos en torno a Cárdenas. Con ello parecía desarticularse del discurso nacionalista de derecha, si bien se mantenían aún las suspicacias sobre las simpatías bolcheviques del presidente. Esa vertiente anticomunista del discurso de oposición, sin embargo, recibiría un fuerte revés en los últimos meses del sexenio, cuando Cárdenas decidió que el candidato oficial sería el moderado Manuel Ávila Camacho, y no el radical Múgica, su buen amigo. 

Manuel Ávila Camacho

Todo ello, sin embargo, no impediría que desde Washington se calificara al gobierno de Cárdenas como pro fascista, debido a los nexos comerciales de exportación de petróleo que estableció con las potencias del Eje, ante el bloqueo económico promovido por las compañías perjudicadas por la expropiación y apoyadas por sus respectivos gobiernos. Estados Unidos lanzaría una fuerte campaña propagandística tratando de advertir sobre una Quinta Columna de espionaje en México que preparaba al continente para extender el Tercer Reich. Suspicacias semejantes habían expresado, al interior de México, diversas organizaciones de izquierda desde inicios del sexenio, dada la tolerancia del gobierno mexicano hacia organizaciones como los “Camisas Doradas”, la Confederación de la Clase Media y el Sinarquismo, movimientos de corte fascista. En efecto, desde 1935 el PCM, a través de su vocero, Hernán Laborde, había llamado la atención sobre las inclinaciones políticas del “neocallista” Cárdenas:


Es gobierno de la fascistización del país […] –decía Laborde- que está siguiendo los sistemas de métodos de explotación de todos los que oprimen a las masas, teniendo como maestros a Hitler y Mussolini […] Cárdenas es el hijo político de Calles. [Citado en Sosa Elízaga, 1996, 61]

Sin embargo, hacia el final de su administración Cárdenas se pronunciaría en contra del nazifascismo europeo; y posteriormente Ávila Camacho eliminaría todo rastro de sospecha al entrar al conflicto internacional en 1943 a favor de los norteamericanos.

Estos giros en el ocaso del cardenismo darían pie a otro tipo de oposición, encarnada por políticos o militares ansiosos de poder, como Saturnino Cedillo y Juan Andrew Almazán, quienes en algún momento creyeron pertenecer a la “familia de la Revolución” pero finalmente fueron desplazados de la reestructuración del PNR al transformarse en PRM.  


Llegaba así el final de una administración que aunque había reducido la oposición, dejaba todavía a diversos sectores descontentos: iniciativa privada temerosa, sectores medios urbanos afectados por la inflación, grupos obreros excluidos de la política de masas sin poder de negociación; campesinos bloqueados por la burocracia en la repartición de tierras, pequeños propietarios amenazados por el agrarismo y los ya mencionados políticos-militares de la “contrarrevolución”.

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Fuentes:

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998.

MARTÍNEZ ASSAD, Carlos, Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el Estado cardenista, 2ª ed., México, FCE/UNAM-IIS, 1993.

MERTZ, Brigida von, et.al., Los empresarios alemanes, el Tercer Reich y la oposición de derecha a Cárdenas, México, SEP/CIESAS, 1988, II.

SOSA ELÍZAGA, Raquel, Los códigos ocultos del cardenismo, México, UNAM/Plaza y Valdés Editores, 1996.

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