Y Breña remató a Krauze... Segundo final de un (inexistente) debate sobre historia, academia y divulgación

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Han pasado apenas tres días desde que compartí AQUÍ el escueto texto “Breña en su barricada” que Enrique Krauze publicó este mes en Letras Libres, y que hasta ese momento era el último eslabón del intercambio que el empresario cultural había establecido con Roberto Breña, por motivos que seguramente el lector ya conoce.

Asumiendo que sería ésa la “última palabra” en la discusión, decidí presentar mi opinión sobre la correspondencia que los susodichos entablaron. Pero es bien sabido que el privilegio de la “última palabra” no es algo a lo que resulte sencillo renunciar… Menos aún si sabes que tu contrincante está a tu merced, que se ha puesto “de a pechito”, como quien dice.

Este mismo fin de semana el profesor Breña publicó en el blog de Nexos su "Réplica final(desde una barricada imaginaria) a Enrique Krauze”, donde --como verá el lector-- declara terminado por su parte el intercambio, no sin antes presentar una valoración de las razones que, en su opinión, hicieron imposible un debate: la descalificación, la mentira, la incongruencia y el autoelogio de Krauze. Aprovecha, además, para rematar a su ya de por sí zarandeado interlocutor, al evidenciar que su reseña de De héroes y mitos fue rechazada por dos de las más prestigiadas revistas de historia en México, debido a la mala calidad del libro reseñado.

No dudo que, en una eventual –aunque poco recomendable– respuesta de Krauze, éste se diga orgulloso de tal desdén porque confirma sus juicios sobre la endogamia académica. Sólo me resta decir que, si alguien aprecia tantito a Krauze, le recomendará guardar silencio… aunque nunca admita su derrota.

Y Krauze ¿respondió? a Breña... Final de un (inexistente) debate sobre academia e historia

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Algunas semanas atrás di cuenta de dos polémicas en curso sobre academia e historia: una en la prensa de España acerca del Diccionario Biográfico que recientemente publicó la Real Academia de la Historia española, y otra en México, en las páginas de Letras Libres y Nexos, entre Enrique Krauze y Roberto Breña, a propósito de una reseña que éste hizo sobre el libro de aquél, De héroes y mitos (Tusquets, 2010). Aquí dejaré de lado el asunto del Diccionario Biográfico español (el lector, en caso de desearlo, puede darle seguimiento en los espacios virtuales de los principales diarios de aquel país), y más bien aprovecho para compartir la última respuesta de Krauze a Breña, que no incluí en un post anterior, así como para expresar mi opinión sobre su intercambio.

En realidad “Breña en su barricada”, el último texto que Krauze dedicó al asunto, refleja la pobreza de una correspondencia que nunca alcanzó altura de debate. Vayamos por partes.

Creo que, de inicio, ambos hicieron lecturas fuera de lugar. Krauze, orgulloso siempre de su empresa cultural Clío y de la exitosa labor de divulgación que ha llevado a cabo, reclamó a los dos tomos de México en tres momentos cuya reseña en Letras Libres (2007), luego incluida en De héroes y mitos, en buena medida motivó la de Breña en Nexos sobre este último libro– su inaccesibilidad para el lector no especializado, no sólo por su formato y precio, sino ante todo por su contenido. Coincido con él en que es más un bonito coffee table book para hojear antes que una obra de continua y sencilla consulta; y también suscribo sus críticas al difuso criterio editorial para la inclusión y organización de los textos que la conforman. En ese sentido, yo también lamento que no se haya optado por una edición más “dúctil y modesta”.

Sin embargo, pretender, como hace Krauze, que toda producción historiográfica tenga las características de “libertad intelectual” de su prosa ensayística, o que todos los historiadores debamos escribir como el respetado don Luis González –a quien el empresario cultural cita y elogia ya como por acto de reflejo–, hay una gran distancia. México en tres momentos no estaba dirigido a un público amplio, sino, como el mismo Krauze sospecha, a estudiantes, profesores y lectores especializados; de modo que es injusto reclamar que los textos incluidos resulten “incomprensibles” para los no iniciados.

Breña, por su parte, hizo también una mala lectura de De héroes y mitos. Y, en este caso, por mala lectura me refiero a una lectura académica. En efecto, en todo momento de su reseña el profesor del COLMEX tiene presente a la “academia occidental” y los avances que en ella se han dado en las últimas décadas, mismos que en su opinión vuelven extemporáneas algunas de las críticas de Krauze y les impiden hacer una aportación relevante al “debate historiográfico mexicano de la segunda década del siglo XXI”. Breña se refiere aquí a la condena de Krauze a la historia de bronce, así como a la biografía tradicional y al desplazamiento de las “mayorías silenciosas” en la historia. Y al respecto, señala:
[Krauze] parece ignorar el hecho de que hace tiempo en la academia occidental la biografía dejó de ser ese discurso narrativo en orden cronológico sobre la vida de un hombre o una mujer […] Desde hace décadas, la academia occidental ha prestado enorme atención a los grupos sociales “desfavorecidos”; como lo muestra el prestigio del que goza actualmente la llamada ‘historia desde abajo’.

Sin embargo, Breña se equivoca al asumir que la intención de Krauze era “contribuir al debate historiográfico” de la academia mexicana, o a la occidental. Como el mismo empresario cultural le hizo notar en su primera respuesta, mientras el profesor del COLMEX sigue pensando en términos académicos, De héroes y mitos está dirigido a ese “simple lector” en el que aún impera una visión broncínea de la historia, en buena medida fomentada por espectáculos patrioteros como los desplegados por los gobiernos de distintos niveles en las pasadas conmemoraciones mexicanas bicentenarias. Poco importa que, como dice Breña, las versiones broncíneas del discurso histórico de los gobiernos nunca vayan a extinguirse –puesto que les son consustanciales–, ya que Krauze está apuntando no a modificar las prácticas oficiales, sino la lectura que de ellas hace el público no especializado, ese ejército de lectores que le son leales y hacen de sus libros grandes éxitos en ventas.

Sin duda en este punto Krauze pilló a Breña. Es una lástima que en adelante aquél se haya dedicado más a evidenciar la supuesta irritación de éste por la crítica que hizo de sus colegas, antes que a involucrarse en un auténtico debate respecto a la relación entre teoría e historia. Sobre la necesidad de esa relación, y aun su inevitabilidad, Breña argumentó sólidamente, frente al desprecio de Krauze por la “historia teorizante” y su preferencia por una historia pragmática, de acumulación de fuentes, de hombres y mujeres de carne y hueso, y fuertemente positivista, aunque “bien escrita”.

En efecto, en el texto “Endogamia” Krauze se limitó a afirmar, sin mayores argumentos, que “se sostiene” su crítica a la historia teorizante y a la endogamia de algunos académicos, ésos cuya “prosa críptica con pretensiones explicativas”, según dice –y no sin mucho de razón–, no conecta con el lector. Pero nada dijo sobre “las lagunas y el retraso” que Breña dijo percibir en sus lecturas, y que evidenció al hablar de la obra de Otto Carlos Stoetzer, Richard M. Morse, François-Xavier Guerra o J.A.G. Pocock. Krauze guardó silencio y sólo retomó el asunto en su última respuesta, en un tono exculpatorio que me parece muy pobre: “Me gustaría dialogar con el profesor Breña sobre el papel de la teoría en la historia. Pero antes lo exhorto a salir de su barricada”.

Esta forma un tanto burda de capotear el debate sobre teoría e historia inclina a pensar que “las lagunas y el retraso” que Breña percibe en las lecturas de Krauze son reales. El profesor del COLMEX le hizo ver, por ejemplo, que los principales aportes recientes para una comprensión más cabal de las revoluciones hispánicas en la primera mitad del siglo XIX, provenían precisamente de una historia con altas dosis de teoría, que se preocupa por los conceptos y los lenguajes, y cuyos más prominentes representantes son en la actualidad Javier Fernández Sebastián y Elías José Palti. Veamos un ejemplo:

Krauze reclama a Alfredo Ávila y a Ana Carolina Ibarra su “insistencia en buscar el ‘sentido’ recóndito de las palabras (Independencia, Autonomía, Libertad)” y en ‘descubrir el hilo negro’, cuando lo único que consiguen es reducir la historia a “una semántica vaga (a veces boba) y a un estéril nominalismo”.

En torno a la Insurgencia --dice Krauze--, por ejemplo, Ávila apunta que “no había algo así como un pueblo mexicano antes del siglo XIX”. Me pregunto, ¿contra qué molino de viento dirige su sesudo hallazgo? ¿Qué historiador serio sostiene ahora que el “pueblo mexicano” es un mismo actor histórico desde Cuauhtémoc? Y, por otro lado, me pregunto también si la obra toda de Clavijero y la de sus compañeros jesuitas, patriotas criollos emblemáticos, no constituyen para Ávila una vindicación suficiente de la existencia cultural de México antes de 1810.
Y añade:
Sin tantos rodeos, estos hermeneutas pueden penetrar el significado histórico de términos como “Patria” y “Nación”, consultando en el mismo volumen las dos líneas que Brading dedica al tema (en el mismo volumen de México en tres momentos). No se necesita más.
Tal vez si Krauze estuviera al tanto de la historiográfía de las últimas dos décadas sobre las revoluciones hispánicas, sabría que sostener la “existencia cultural de México antes de 1810” posee una fuerte carga teleológica y, por tanto, ahistórica –aunque sin duda en una prosa ensayística de 'libertad intelectual' suene bonito–, y que el “estéril nominalismo” y la preocupación por el sentido que adquieren las palabras en sus respectivas condiciones de enunciación, han permitido, entre otras cosas, superar las definiciones tradicionales que la historiografía ha hecho de Patria, Nación, y otros conceptos cruciales en aquel trágico gozne de siglos, como Pueblo, Representación, Constitución, Independencia…, que se han descubierto seriamente anacrónicas. Entre ellas, de manera destacada, la noción de “patriotismo criollo”, acuñada hace varias décadas por su admirado amigo David Brading, y que a Krauze parece fascinar.

Ahora bien, que Krauze no esté al tanto de todo esto no es condenable. Después de todo, es un historiador que si bien se formó en la academia, optó luego por las empresas culturales –con todas las ocupaciones que ello conlleva, supongo– en lugar de dedicar tiempo completo a la investigación desde un cubículo. La labor de divulgación que hace es sumamente encomiable --aunque en ocasiones pueda no estar de acuerdo con algunos tópicos de su discurso--, pues no cabe duda que ha aproximado al "gran público" a la historia desde una persectiva mucho más seria que la de los autodenominados "desmitificadores".

No obstante, quizá el empresario cultural deberá asumir que, por más brillante que sea, a él, como a cualquier ser humano, le resulta imposible estar en todo momento al tanto del status en que se encuentra el conocimiento histórico sobre el periodo que se le antoje abordar; y que, por ende, habrá de tener más cuidado a la hora de desacreditar tan de tajo, con la seguridad que le otorga su gran prestigio, todo aquello que no empata con su concepción de “la noble profesión de historiar”.

En la primera intervención de Breña percibí disposición a la autocrítica, como cuando admite que Krauze “tiene razón en llamar la atención y ser crítico del afán endogámico y autorreferencial de no pocos académicos mexicanos (entre los que me incluyo)”. No dejó de reconocer el valor de algunos textos contenidos en De héroes y mitos y señaló sus coincidencias con las críticas editoriales hechas a México en tres momentos. Esa disposición no la encontré en los textos de Krauze. Por desgracia, al igual que Breña, noté en ellos el imperio de un discurso autoelogioso y un desinterés –¿incapacidad?– en responder argumentos con argumentos, en lugar de descalificaciones. Júzguelo el lector.

Mientras tanto, y hasta el próximo lustro o década en que se dé un nuevo conato de debate sobre historia, esto es lo que tenemos.


Clíotuiteo: la historia en 140 caracteres. Desencanto político y caudillismo histórico en México

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Desde que estoy en Twitter, hace año y medio, me han interesado las concepciones que de la historia tienen los usuarios de la red, saber de qué fuentes las extraen y si esas nociones tienen relación con la manera en que se sitúan ante el presente.

Ya antes Víctor Martínez (@vicmartinez), historiador y tuitero, ha reflexionado sobre “Twitter y la historia”, con un recuento de los usuarios (personajes históricos, instituciones, historiadores) que en mayor o menor medida comparten tweets de contenido histórico. Destaca, desde luego, la cuenta del grupo virtual H-México (@H_MEXICO) que desde hace años ha reunido a profesionales, estudiantes y aficionados de la historia con la difusión de noticias sobre la disciplina. Contribuyendo un poco con el repaso de Víctor, los usuarios activos que he identificado como estudiantes o profesionales de la historia, pero que no necesariamente tuitean historia todo el tiempo (¡y qué bueno!), son, además del mismo @vicmartínez: @BerthaHistoria, @karlamotte, @clionautica, @PumaRosh, @nawalli, @Rebepushkin, @Eliseirena, @MusicaVirreinal, @kalipolis, @historiador, @trementyna, @9vidas, @arr1910, @harktos. Hay también algunas otras cuentas de espacios virtuales o instituciones de perfil histórico: @BDMEX, @bullymagnets, @HistoryLA, @rhistoricos, @elravignani, @bvmcervantez, @AHAhistorians, @lahistorioteca, @HistoriaNG, @LBHobsbawm, @inehrm, @Museodehistoria, @inah_mx.

Ahora bien, en “Twitter y la historia” Víctor pone especial atención en un fenómeno ciertamente curioso y por demás interesante: el de las cuentas de personajes históricos, como @MaxHabsburgo, @DonBnitoJuarez, @Benito_JuarezG, @JosefaOrtiz011, @LaLenguadeDante, @Nico_Maquiavelo, @DonSantaAnna_, @AgustinIdMexico, y muchos otros que seguramente andan por ahí. Queda pendiente una revisión más amplia y de conjunto del discurso histórico de estos tuiteros, y de su posible impacto. Por ahora me interesa detenerme en uno solo de ellos: la cuenta de @DonPorfirioDiaz destaca no sólo por el gran número de “fologüers” que tiene (casi 24, 000 cuando esto escribo) sino por las reacciones que en ellos genera. Los tweets del administrador de la cuenta han hallado extensión, más allá de los 140 caracteres, en un blog que creó hace un par de meses, El Blog de Don Porfirio, cuyos textos versan sobre los contrastes entre el México del porfiriato y el de principios del siglo XXI, con ocasionales referencias al régimen priísta y a lo que éste hizo con la figura de Diaz en el relato histórico oficial que predominó durante la mayor parte del siglo XX.

El administrador de @DonPorfirioDiaz ha admitido ser un “historiador de closet”, lo que ciertamente no le impide tener buenas nociones de lo que fue el porfiriato. Sin duda se ha documentado y tiene habilidades narrativas, virtudes que también lo hacen destacar de entre la mayor parte de los personajes históricos en Twitter. Además, es absolutamente loable su objetivo –que ha hecho explícito en repetidas ocasiones– de estimular entre sus “fologüers” la preocupación por la historia y, añado yo, el pensamiento crítico que de ello puede derivar. Me ha gustado mucho su post “Las Comunicaciones Modernas”, donde nuevamente recurre al contraste entre épocas para hacer ver a sus lectores las ventajas tecnológicas con que hoy contamos y de las que evidentemente carecían a finales del XIX; aunque también recomienda no olvidar que hay vida fuera de Facebook, “que existen perros más allá de las fotos, y mucho que leer más allá de Twitter”. En suma, me parece que @DonPorfirioDiaz cumple con éxito el objetivo de fomentar entre los tuiteros el interés por la historia de México, lo cual, visto llanamente, es positivo.

No obstante, hay algunos pasajes de su discurso que me llaman mucho la atención, y me preocupan un poco por lo que en sí mismos contienen y por la reacción que a veces suscitan entre sus lectores. Ambos fenómenos –discurso de @DonPorfirioDiaz y respuestas de sus “fologüers”– ilustran muy bien la forma en que –según conocida sentencia de Benedetto Croce– los “requerimientos prácticos” que subyacen a cada aproximación al pasado “dan a toda la historia el carácter de ‘historia contemporánea’”. En efecto, en los dos casos están presentes las preocupaciones que derivan de una situación tan lamentable como la que hoy padece México. En el caso del personaje histórico en cuestión, es recurrente en su retórica el contraste desorden e inseguridad actuales/“orden y progreso” porfiriano:


La pax porfiriana –dice el tuitero– ha sido la época más pacífica de nuestro país (ni hablar del gobierno de Santa Anna, Juárez o Felipe Calderón), y requirió un engranaje bien aceitado para que funcionara.

Es verdad que @DonPorfirioDiaz no deja de señalar los aspectos negativos de “su” régimen, pero parece que al final el mensaje es siempre el mismo: 

…la Pax Porfiriana consistió en que pudiera imponer a mis candidatos en esos estados, lo que terminó con luchas y rebeliones. Yo sé que, en cuestiones democráticas, lo que hice estuvo mal, pero fue por una buena causa. En el positivismo, ideología con la cual goberné, se necesita orden para tener progreso…
…Claro, no quiero decir [que] mi sistema era perfecto. Ahora veo como errores lo que en su momento pensé como aciertos. Mantener la paz me obligó a atropellar derechos humanos… siempre por el bien común, y el del progreso […] De cualquier forma, en mi gobierno hubo paz, hubo orden y la gente vivía contenta y se convirtió en unos de los grandes logros de mi gobierno. ¡Ah, cómo me gustaría que volviera para traer paz a esta pobre patria mía!

Este último elemento, la nostalgia por el “hombre fuerte” que, a diferencia de los gobernantes actuales, sería capaz de poner orden en el país, también suele aparecer en su discurso:
  
…entendí que mi México no había tenido un momento de paz en todo el siglo [XIX]. ¿Qué podía hacer? ¿Estaba en mis manos tratar de pacificar al país por el bien del pueblo?

Ignoro si el administrador de la cuenta pretende efectivamente fomentar esa nostalgia, que llamaré caudillista, entre sus lectores. No es sencillo determinar cuándo está adoptando la personalidad que supuestamente tuvo Díaz y, en consecuencia, hablando como el oaxaqueño lo haría –exaltación de su propia figura, hostilidad hacia Zapata, Madero y la revolución en general, incredulidad ante la “tolerancia” de nuestros tiempos, etc.–, y cuándo el usuario está más bien transmitiendo deliberadamente su propio pensamiento. Lo cierto es que @DonPorfirioDiaz recibe respuestas como estas:



El primer mensaje, de evidente desencanto ante el circo de las elecciones para gobernador en el Estado de México, remite precisamente al post "La Pax Porfiriana" del Blog de Don Porfirio, del que provienen las citas anteriores y en el que su administrador señala, como ya vimos, que buena parte del orden durante "su" régimen estaba garantizado por la imposición de gobernadores.

En el caso del segundo mensaje, el Hashtag que lo acompaña, #queregresedonPorfirio, y que la tarde del pasado 29 de julio dio pie a un alud de tweets pidiendo la vuelta del  “héroe del 2 de abril”, no fue creación de @DonPorfirioDiaz, o por lo menos no parece ser él quien lo impulsó. Quien se destacó por ello fue Juan M. Zunzunegui (@JMZunzu), uno de tantos escritores que lucran con la “desmitificación” de la historia de México, y que aquella tarde atrajo la atención de muchos tuiteros con sus críticas a los ignorantes que creían en el Díaz pintado por la SEP y por el México Bárbaro de John Kenneth Turner. Zunzunegui, por el contrario, destacó las virtudes de don Porfirio, mismas que lo hacían el “creador del México moderno destruido por la revolución” y, al parecer, el hombre ideal para resolver el desastre de país que actualmente tenemos:



  

Al margen de que @JMZunzu aprovechó el éxito de #queregresedonPorfirio para promocionar sus libros y seminarios de “desmitificación” (como lo relato AQUÍ), interesa el carácter de las respuestas que desencadenó.

Hubo las de los francos detractores, que criticaban a los nostálgicos con argumentos como el autoritarismo y la explotación en tiempos de don Porfirio:

 

No faltó quien incluso aludió negativamente al impacto que tenía la cuenta de @DonPorfirioDiaz en todo este fenómeno:


Como tampoco podían faltar los que sencillamente aprovechaban para... digamos, enviar otro tipo de mensajes:

Nota: la cuenta @Iaura_bozzo es parodia de la conductora de TV


No obstante, hubo muchos otros que adoptaron cierto sesgo nostálgico semejante al de @DonPorfirioDiaz y @JMZunzu.




 


El tono ciertamente jocoso que el lector pudiera encontrar en algunos de estos tweets, me parece, es lo de menos. Lo revelador es que en el fondo expresan un genuino malestar ante una clase política enfrascada todo el tiempo en pugnas inter e intrapartidistas, que se han significado como muros infranqueables para que el país se mueva. Sin duda, es el lamentable espectáculo cotidiano de los políticos mexicanos lo que ocasiona ese malestar, y no los tweets de @DonPorfirioDiaz o de @JMZunzu. Ambos, en todo caso, son parte de ese sector de la sociedad que muchas veces ya no sabe ni para dónde hacerse.

Sin embargo, preocupa que, en un país que parece atrapado entre los “peligros para México” y “la mafia en el poder”, la gente sugiera como alternativa -y aquí sí, habría que ver en qué medida lo hacen como eco de un discurso como el de los dos tuiteros referidos- a un “hombre fuerte”, cuyo referente es don Porfirio (o Lázaro Cárdenas, o Emiliano Zapata...), que dé al país orden y progreso.

Preocupa porque pareciera que los 100 últimos años han sido irrelevantes; que las luchas –con todos sus defectos– de numerosas mujeres y hombres sin partido, por incidir efectivamente en las decisiones de gobierno que afectan a todos, de nada han servido; que, contra lo que muchos pensamos, no es hora aún –y quién sabe si algún día lo será– de que la sociedad civil asuma su responsabilidad política y, entre muchas otras cosas, erradique para siempre las pretensiones caudillistas de no pocos personajes con o sin partido (¿recuerdan a Dr. Simi?). Pareciera, en fin, que el caudillismo, ese fantasma que durante casi doscientos años ha recorrido México, tiene todavía para rato...

Clíotuiteo: la historia en 140 caracteres. El negocio de la "desmitificación" histórica y la responsabilidad de los historiadores

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La “desmitificación” de la historia de México se ha vuelto un negocio muy redituable, a juzgar por el éxito de que gozan los libros, conferencias y/o programas de radio de Francisco Martín Moreno, Eduardo del Río 'Rius', Armando Fuentes Aguirre ‘Catón’, José Manuel Villalpando, y otros tantos escritores que explotan y alimentan el lamentable gusto del público mexicano por el chisme histórico. El problema con quienes se asumen y se presentan con orgullo como “desmitificadores”, es: 1. Sus versiones suelen ser tan o más simplonas que las que dicen combatir, sin noción alguna de proceso histórico (que es lo que permitiría a su público establecer un vínculo explicativo pasado-presente), y 2. El lucro es su principal motivación, si no la única.
Para muestra, lo ocurrido en Twitter la tarde del pasado 29 de junio con el Hashtag (HT) #queregresedonPorfirio, que se volvió Trending Topic por el alud de respuestas que provocó a favor o en contra de la nostalgia por Diaz. No sé si el HT en cuestión fue creado por Juan M. Zunzunegui (@JMZunzu), quien al parecer lleva años dedicado, en sus propias palabras, a "trascender a la SEP y enseñar los mitos de la historia"; lo cierto es que fue él quien lo impulsó fuertemente aquella tarde, y lo usó para criticar la ignorancia de quienes atribuyen a don Porfirio múltiples males, según dice, por no leer más que los libros de la SEP y el México Bárbaro de John Kenneth Turner, un “periodista rojo” (¡guácala!):
En contraste, aquella tarde el “desmitificador” iluminó a los ignorantes con algunas de las múltiples virtudes que ve en Diaz:
No obstante, después de desatar gran polémica –es decir, con gran número de gente atenta a lo que se decía sobre #queregresedonPorfirio– el “desmitificador” cerró su intervención con estas joyas de la mercadotecnia:
Así es: un seminario virtual con un costo de más de $1,000.00 que, asegura el “desmitificador”, bien vale la pena pagar porque le permitirá a él mostrarte el pasado [sic.] a ti, ignorante lector, para que puedas “manejar tu presente y mejorar tu futuro”. ¡Llama ya!... O, como dice @LMZunzu, “¡Hoy que puedes invierte en ti!”… (ò_Ó)
La oferta de los autodenominados "desmitificadores" ahí está y, por desgracia, el público frecuentemente le abre los brazos con singular alegría. No debe extrañar que los ya mencionados Moreno, 'Rius', 'Catón' y Villalpando estuvieran entre los autores más citados por aficionados a la historia (es decir, ni profesonales ni estudiantes) en el ejercicio que el pasado 30 de junio propuso @DonPorfirioDiaz para que los tuiteros recomendaran algún libro, película o museo con el HT #RecomiendoHistoria. Preocupa ver que quienes recomendaron a estos autores les atribuyen gran autoridad como historiadores, junto a otros que, a diferencia de aquéllos, bien merecida la tienen y que también fueron muy citados, como ocurrió con Miguel León Portilla. Y esto es evidente porque en el caso de otras obras, esos mismos aficionados precisaron que se trataba de literatura de ficción que podía dar un buen panorama sobre ciertos pasajes históricos: tal fue el caso de Mariano Azuela, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Fuentes, Martín Luis Guzmán, Fernando del Paso, Enrique Serna. El ejercicio en Twitter arroja, pues, que todos los autores citados en este párrafo son los princiales moldeadores de la conciencia histórica de los sectores de la sociedad mexicana que ya no están sometidos a las clases o cátedras de historia en algún nivel escolar.
(Dé click en la imagen para agrandarla)

Como podrá verse en #RecomiendoHistoria (den click en él, pues), salvo contadas y muy agradables excepciones, las sugerencias de obras históricas sólidas, pero que al mismo tiempo pudieran resultar amenas para el lector, fueron hechas por profesionales o por estudiantes de historia. Esas sugerencias no fueron las predominantes, muestra de que la oferta de libros que cumplan con esos requisitos es escasa. Y esto obedece, principalmente -hay que decirlo-, a que las más de las veces los historiadores rehuimos el esfuerzo de hacer llegar al llamado "gran público" el fruto de nuestro trabajo, en una versión amena pero no exenta de solidez y, sobre todo, de noción de proceso histórico, que prescinda de la mera anécdota curiosa. Tenemos mucho más que ofrecer que una mera enumeración sensacionalista y mal articulada de chismes históricos.

No cabe duda en mí de que la abrumadora mayoría de los profesionales de Clío acometemos nuestras investigaciones sobre la base de un compromiso ético con el conocimiento. No estoy tan seguro, sin embargo, de que tengamos todos claro que ese compromiso involucra también a la sociedad que nos da razón de ser, y a la que debemos dotar de los elementos históricos necesarios para que se entienda a sí misma.

Lides recientes (y aún en curso) sobre academia e historia

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Llevo un par de semanas siguiendo la polémica reciente en España en torno al Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia de aquel país, y particularmente sobre algunos personajes como José Ma. Aznar, Manuel Azaña, Juan Negrín o, evidentemente, Francisco Franco y sobre el perfil de los historiadores que realizaron esas entradas a la obra. Para los interesados, comparto algunas de las notas que he léido al respecto:

Diccionario Biográfico Español

...y un sin fin de notas más a las que el lector podrá acceder, Google mediante.

Pues bien, en algún momento de aquellas lecturas compartí en Twitter la grata impresión que me provocaba tan profuso debate y, al mismo tiempo, lamentaba que en México carezcamos de algo parecido como no sea ¡cada 100 años!, luego de lo cual la Historia deja de tener mayor presencia en los medios de comunicación. Para mí no se trata de intercambios ociosos entre eruditos que polemizan sobre una disciplina científica que poco tiene que ver con la sociedad a la que pertenecen. Por el contrario, la discusión constante y consciente sobre el pasado es una actividad que me parece indispensable en toda sociedad que aspire a dar pasos firmes en su inexorable andar presente y en sus desalentadoras proyecciones futuras.

En esos lamentos andaba cuando me enteré de que la interesante y crítica reseña que Roberto Breña -profesor-investigador de El Colegio de México y reconocido polemista en el ámbito académico- publicó en Nexos de mayo sobre el libro De héroes y mitos, de Enrique Krauze -otro apasionado del debate-, había rendido sus frutos, para gozo de los lectores.

La reseña de Breña ya era, en buena medida, una respuesta a los continuos señalamientos que Krauze ha venido haciendo contra los vicios "endogámicos" de la academia, mismos que, en su opinión, le impiden conectar con los "simples lectores" ávidos de conocimiento histórico. Uno de los textos más representetivos, en ese sentido, fue la reseña de Krauze en Letras Libres a la gigantesca obra México en tres momentos: 1810-1910-2010, que la UNAM publicó en 2007 encaminándose "hacia la conmemoración" de los aún lejanos Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución; texto que posteriormente apareció en el citado De héroes y mitos.

                De héroes y mitos                  México en tres momentos: 1810-1910-2010

Así pues, decía, hoy supe que Krauze respondió a Breña y que éste, a su vez, no había perdido tiempo en publicar una "contrarréplica" al director de Editorial Clío. Preparen sus palomitas porque esta última respuesta de Breña invita a pensar que el debate dará para más. Por lo menos es lo que espero, pues, como podrá ver el lector, están sobre la mesa temas fundamentales acerca de la disciplina histórica y de sus vínculos con la sociedad.


La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 7. El "Cedillazo" y la candidatura presidencial de Juan Andrew Almazán

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Elementos del mismo grupo revolucionario, dolidos seguramente porque no obtuvieron las posiciones que deseaban en el nuevo gobierno, se han dedicado con toda saña y sin ocultar sus perversas intenciones, desde que se inició la actual administración, a ponerle toda clase de dificultades.


Lázaro Cárdenas


En 1936, una vez consumada la limpia de callistas con el exilio del Jefe Máximo, al presidente Lázaro Cárdenas se le impuso la necesidad de nombrar un nuevo gabinete, pues el anterior era en su mayoría adicto a Calles. Entre ellos estaba Tomás Garrido Canabal, fanático anticlerical que acompañaría a Calles hasta el exilio, dejando con ello vacante la Secretaría de Agricultura. Ésta sería ocupada por Saturnino Cedillo, quien, sin embargo, no tardaría mucho en darse a conocer como el “cacique rebelde” de San Luis Potosí, abiertamente opuesto a Cárdenas.

Cedillo había puesto a disposición de la campaña por la presidencia del aún candidato Cárdenas, todo lo que sus influencias podían mover, que no era poca cosa; y al arrancar la nueva administración esperaba recibir a cambio beneficios inmediatos, mismos que más bien tardaron en llegar y le parecieron insuficientes. El nombramiento de Cedillo para Agricultura, entonces, fue una hábil jugada de Cárdenas con la que intentaría atemperar la molestia de Cedillo y mantenerlo vigilado.

Cedillo, el apoyo a Cárdenas

Pero el control era algo a lo que no estaba acostumbrado un caudillo revolucionario, familiarizado con prácticas que encontraban cada vez menos cabida en un país que se intentaba dirigir desde las instituciones, por hombres trajeados al mando de un ejército en vías de profesionalización. Como apunta Luis González: “Era necesaria la eliminación de los poderes que regionalmente habían mantenido numerosos caciques, cadena en la cual San Luis Potosí parecía el último eslabón, para que se consolidara el Estado que estaba institucionalizándose”. [González, 1998, 216]

Provenientes de una familia de clase media rural que ya se había hecho de renombre en la compraventa de mulas y de una modesta propiedad, los hermanos Cedillo, que en la revolución comenzaron apoyando a Francisco I. Madero, terminaron empapados de las ideas agraristas de Emiliano Zapata. Saturnino poseía un cacicazgo fuerte y había sido jefe militar de las huestes de Obregón, a quien apoyó a cambio de la promesa de un sistema de repartición de tierras. Tras la muerte del Manco de Celaya, Cedillo se apegó a Calles, para quien  peleó contra los cristeros desde 1926 con un papel destacado que le valió el nombramiento de general de división en el ejército nacional. Participó en la creación del efímero Partido Nacional Agrarista y fue un líder campesino que no realizó repartos agrarios, pero que planeaba y por un momento lo logró la conformación de un sistema de “colonias agrícolas militares”, especie de concentración militar de campesinos a quienes se les recompensaba su larga trayectoria revolucionaria con una parcela de tierra pare ellos y sus familias. En mayo de 1933, junto a Graciano Sánchez formó la Confederación Campesina Mexicana, que surgió de un congreso en San Luis Potosí en el que el nombre de Lázaro Cárdenas ya sonaba como presidenciable y a quien Cedillo había decidido apoyar.

Sin embargo como ya dije, desde inicios del sexenio cardenista Cedillo advirtió situaciones que no fueron de su agrado: la primera, el ser desplazado del primer gabinete y, la segunda, no recibir apoyo oficial para la conformación de sus “colonias agrícolas militares”. Además tenía una añeja rivalidad con el militar radical Francisco J. Múgica, entrañable amigo de Cárdenas que entraría a ocupar la Secretaría de Economía y de Comunicaciones, sucesivamente, y que consideraba a Cedillo un conservador. Del mismo modo, la creación de ejidos de propiedad comunal por disposición del presidente contrarió al cacique potosino, pues no empataba con los postulados originales de la lucha revolucionaria sobre la propiedad de tierra individual. Quizá a partir de que fue nombrado secretario de Agricultura, Cedillo pretendió modificar aquellas medidas “contrarrevolucionarias”; pero sufrió un gran revés cuando durante su ministerio se realizaron las reuniones sobre los repartos ejidales de la Laguna en Torreón, sin que él tuviera conocimiento de las actividades, y mucho menos del proyecto.

Cedillo renunció en agosto de 1937 a Agricultura. El fascismo tan satanizado por los sectores progresistas desde principios del cardenismo, apunta Carlos Martínez Assad, “no era sino una idea abstracta que lograría concretarse en el activismo reaccionario del general Saturnino Cedillo, el que apoyado financieramente por las compañías […] daría significado al mito de lo antimexicano” [Martínez Assad, 1993, 14]. En efecto, el cacique se lanzó abiertamente a la rebelión armada, respaldado por sus incondicionales campesinos militares, quienes años después lo encumbrarían al nivel de Zapata [González, 1998, 219].

"Cedillo recordado por sus partidarios..." [Imagen tomada de Martínez Assad, 1993] 


La fecha del “cedillazo” (mayo de 1938-enero de 1939) ha levantado gran cantidad de suspicacias, pues se inscribe dentro del periodo más polémico del régimen cardenista. Se comprobó su vínculo con los movimientos civiles de oposición como el Comité Pro Raza a través de la Confederación de la Clase Media, y con los Dorados de la Acción Revolucionaria Mexicanista; acerca de estos últimos, hacia 1940 se descubriría que habían recibido apoyo financiero y cargos públicos de Saturnino Cedillo cuando encabezaba Agricultura. El Frente Popular Mexicano agregó que el cacique actuaba con todo el apoyo de las organizaciones patronales anticardenistas, y desde Estados Unidos se le tachó de genuino representante del Tercer Reich en América. “Ciertamente se supo que El Águila y La Huasteca empujaban a la rebelión de Cedillo” —afirma Luis González—, en quien veían el hombre ideal para vengar a los expropiados. Sin embargo resulta exagerado pensar que los católicos vieron en él al Franco, o las clases medias al Mussolini o Hitler mexicanos.

Finalmente Cedillo había emprendido una campaña condenada al fracaso desde sus inicios, pues ahora se enfrentaba a todo un aparato de Estado bien estructurado del que se comenzaban a asomar las bases sólidas construidas durante cuatro años por Lázaro Cárdenas.


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Juan Andrew Almazán, junto a Lázaro Cárdenas, Joaquín Amaro y Saturnino Cedillo, fue  uno de los militares callistas más influyentes, cuyo nombre sonó para la sucesión de 1934. Ya antes había competido con los mismos hombres por la secretaría de Guerra en la administración de Abelardo L. Rodríguez, pero desde entonces sufrió su primera derrota ante Cárdenas. Siempre estuvo íntimamente ligado con grupos empresariales, debido a sus acciones en la Constructora Anahuac y la Constructora Acapulco. Se benefició de la construcción del tramo de la carretera panamericana correspondiente al tramo Laredo-México, que impulsó la administración federal de Cárdenas.

Cuando Cárdenas fue electo como candidato, Almazán lo apoyó incondicionalmente, y ya hecho del cargo Lázaro, contribuyó con su enorme influencia en el ejercito a consolidar el control político del gobierno sobre la difícil entidad de Nuevo León, en peligro por la inestabilidad que se respiraba ante lo próximo de las elecciones a gobernador del estado en 1935. La política civilista del nuevo presidente no empataría con las aspiraciones de los influyentes generales, pero Cárdenas era consciente de que requería del apoyo militar para acabar con el callismo; aprovechó entonces que Almazán se decía agredido por el Jefe Máximo cuando éste había obligado a renunciar de la gubernatura de Puebla a su hermano Leónides Andrew Almazán.

De esa manera Cárdenas mantuvo por algún tiempo entretenidos a los generales controlando algunas regiones del país y otorgándoles recompensas, como la concesión de la carretera panamericana para las constructoras del general-empresario Almazán. Para relegar a los rijosos militares almazanistas y cedillistas, Cárdenas hábilmente comenzó a echar mano de grupos ajenos a éstos dos, pero también agraviados por el callismo. Fue el caso de ex carrancistas y veracruzanos a los que se les otorgaron importantes jefaturas militares para sustituir gradualmente a los adictos a Almazán y Cedillo.

Un último punto a considerar para entender la oposición de Almazán hacia el final del sexenio cardenista, es el nombramiento del nuevo gabinete en 1936. Almazán competía con Cedillo por el ministerio de Guerra, pero al final quedó solamente con su vieja jefatura militar, mientras al futuro “cacique rebelde” se le asignó Agricultura y Manuel Ávila Camacho ocupó la de Guerra.


Fue así como el 25 de julio de 1939, cansado ya de tanto “agravio”, el general de división Juan Andrew Almazán se erigió en “candidato único de oposición, con fuerza política y simpatías profundas entre el ejército, la iniciativa privada y las clases medias”, [Hernández Chávez, 1979, 202] postulado por el Partido Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN). Tenía la esperanza de que su influencia al interior del ejército le permitiera derrotar a Ávila Camacho, candidato oficial. Almazán –señala Alicia Hernández Chávez– “era el divisionario con más poder, agrupaba a la oposición contra Cárdenas […] sus aliados potenciales eran los cedillistas […] y luego todos los generales almazanistas [como] Mijares Palencia, poblano, antiguo compañero de banca de Almazán y organizador nacional de su campaña electoral”. [Hernández Chávez, 1979, 113-115]. Por eso temía que se concretaran los intentos de burocratizar al ejército incorporándolo al partido oficial. Por fortuna para él, esto no ocurrió.

La acción que sí se concretó fue la incorporación del “sector popular” al PRM a través de la CNOP, que contaba con cerca de 500,000 miembros de clase media, “cuya importancia radicó en el hecho de que dejada libre podría ser presa fácil del almazanismo” [Hernández Chávez, 1979, 183], como ya había ocurrido con la facción del sector medio que desde inicios del sexenio se había manifestado francamente anticardenista, y cuyo apoyo efectivo para la candidatura de Almazán sería canalizado a través de la Confederación de la Clase Media


"Gral. Juan Andrew Almazán, candidato a la Presidencia, cuyo manifiesto a la Nación se espera con interés" [Imagen tomada de Hernández Chávez, 1979]

Las elecciones presidenciales del 7 de julio de 1940 son materia de debate aún en nuestros días. Siempre se ha sabido de su carácter accidentado e irregular, y no han faltado quienes las califiquen de sucias, fraudulentas y hasta sangrientas, con un saldo de 30 muertos y 158 heridos tan solo en la capital [González, 1998, 260]. Por palabras del mismo secretario de Gobernación, Ignacio García Téllez, el conteo electoral en las grandes urbes –donde se asentaba la mayor parte de la clase media y el empresariado– parecía indicar que el triunfo sería para Almazán. Pero el corporativismo de Estado parece haber sorteado de buena forma su primera gran prueba, declarándose a Ávila Camacho como el vencedor. “Aquel domingo siete fue una madeja de riñas, irregularidades, abstenciones, votos falsos y otras triquiñuelas, que sepa Dios quien ganó”, asegura Luis González [González, 1998, 261]. 

Referencias:

CAMPBELL, Hugh, La derecha radical en México. 1929-1949, México, SEP, 1976.

GOJMAN DE BACKAL, Alicia, Camisas, escudos y desfiles militares. Los Dorados y el antisemitismo en México (1934-1940), prólogo de Friedrich Katz, México, Fondo de Cultura Económica/UNAM, ENEP Acatlán, 2000.

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998.

HERNÁNDEZ Chávez, Alicia, Historia de la Revolución Mexicana. 16. La mecánica cardenista, México, COLMEX, 1979.

MARTÍNEZ Assad, Carlos, Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el estado cardenista, 2ª ed., México, Fondo de Cultura Económica/UNAM-Instituto de Investigaciones Sociales, 1993.

Sumario Historiadores del Bicentenario, por Revista EmeEquis

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Arrumbado en un rincón de mi archivo digital, como huella indeleble de lo mucho que arrojó el año BiCentenario mexicano de 2010, encontré esta auténtica joya que la muy buena Revista EmeEquis nos obsequió durante aquellas jornadas. Para que no pase al olvido -porque, en verdad, no lo merece- la subo a este humilde espacio. ¡Sencillamente ex-ce-len-te!


Versión PDF AQUÍ

*Agradezco a mi amigo Carlos León (visiten su Blog: Traumas Cotidianos), uno de los más leales lectores de la EmeEquis desde que era apéndice de El Universal con el título de La Revista, haberme compartido el Sumario que ahora pongo a disposición del amable lector de estas De(s)memorias Selectivas.

**Y ya andando en estos trotes, remito a la reciente reseña que hizo Roberto Breña sobre el libro de Enrique Krauze, De héroes y mitos, que vio la luz en el marco de los festejos centenarios y apuntó sus lanzas contra la historiografía académica.

La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 6. El Sinarquismo y el Partido Acción Nacional

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A pesar de que en 1936 el presidente Cárdenas impulsó leyes de apertura religiosa –con lo cual mermó la segunda Cristiada, que había estallado ante el advenimiento del “delfín” de Calles– y erradicó las acciones violentas del verdugo de católicos, Tomás Garrido Canabal, en la segunda mitad de su sexenio surgieron dos movimientos organizados de oposición con fundamentos cristianos que los llevarían a construir un discurso basado en la “salvación” de México en todos sentidos: el Sinarquismo y el Partido Acción Nacional. Ambos continuaban en la idea de luchar “contra un régimen que volvía a las andadas jacobinas del tiempo de Calles” [González, 1998, 245], luego de reglamentado el artículo tercero constitucional.

Salvador Abascal
En mayo de 1937 nació la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en León, Guanajuato, la llamada “Sinarcópolis”, de entre los combatientes cristeros que conformaron la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, organismo político que en 1926 había tomado las armas y que tras las negociaciones Estado-Iglesia sería abandonado por esta última, sumergiendo así al movimiento de los alzados “en nombre de Cristo Rey” en la clandestinidad. El Sinarquismo surgió con notable fuerza organizativa de masas, jamás como partido político, buscando el reconocimiento de su libertad religiosa y promover  cambios sociales en contra de las iniciativas del presidente “ateo” que impulsaba la educación socialista.

En sus inicios la UNS fue encabezada por José Trueba y Manuel Zermeño, aunque quien la llevó a su apogeo, entre 1940 y 1941, fue Salvador Abascal. En cualquier caso, eran lideres miembros de la clase media rural y urbana de la región centro del país: abogados, comerciantes, profesores o jueces que dirigían a una masa campesina que sentía injuriada su fe religiosa, específicamente jornaleros que en su mayoría no obtuvieron beneficio alguno de la Reforma Agraria sino que, por el contrario, fueron perjudicados por la burocracia en el reparto ejidal. Entre sus filas también hubo desempleados, pobres y jóvenes de la clase media urbana. El Sinarquismo hizo mucho eco en el ejército, pues bajo un discurso de unidad nacional “por el bien de la patria”,  convenció y conmovió a diversos sectores que se oponían a las ideologías que, en su opinión, amenazaban al país, como el comunismo o el fascismo. [Meyer, 2003, presenta un buen número de interesantes fotografías, entre ellas algunas que muestran a militares participando en actos públicos de la UNS]

El Sinarquismo se definía como lo contrario a la anarquía, como aquello con autoridad, poder y, sobre todo, orden. Exaltaba el sacrificio, las acciones pacíficas, la pobreza y el ascetismo. Sus líderes se preciaban de encabezar un movimiento popular ajeno a todo tipo de lujos. Encarnación del nacionalismo a ultranza, los sinarquistas decían que la salvación de México no se encontraba en el extranjero, sino dependía del orden y la unión nacional que encontraba su base social en la institución familiar. Para ellos, México tenía una historia y una identidad, y no requería de ideologías internacionalistas. Rechazaban también la política, “trampa enmarañada y sucia” contra la que promovieron la abstención para las elecciones presidenciales de 1940; y se pronunciaban contra cualquier división ideológica  -izquierdas y  derechas-,  que  no  fuera  la  de  mexicanos y anti-mexicanos.  Pretendían además que México rompiera relaciones con los protestantes de Estados Unidos, quienes supuestamente tenían el objetivo de “descatolizar” al país; y defendían a los que más adelante se conocerían por “chicanos”, víctimas de racismo en la Unión Americana. Sin embargo, buscaban siempre mantener sus acciones dentro del estado de derecho, pues creían en las normas jurídicas y dentro de su contrarrevolución afirmaban que “un ataque, pues, a la Revolución no constituye nunca un ataque al gobierno”. [Meyer, 2003, 59, apud. El Sinarquista, 28 de agosto de 1941]

Se decían perseguidos y violentados, lo cual, aseguraban, “obedece al deseo que tienen nuestros enemigos de que nos cansemos y respondamos con el argumento de las armas para poder aniquilarnos. A nosotros nos toca guardar toda la serenidad” [Meyer, 2003, 53]. Eso no les impedía enaltecer el amor y la eterna admiración hacia los mártires que morían por la fe en la salvación de su patria: “esta lucha no puede fracasar […] la sangre y el sufrimiento nos darán la victoria […] un movimiento predestinado a salvar a México” ["Las diez normas de conducta para los sinarquistas", en Meyer, 2003, 144]. Veían en México el baluarte de la hispanidad en América, por eso su apoyo declarado al franquismo no lo veían como dirigido al extranjero, porque se sentían herederos del hispanismo y del catolicismo traído por los españoles al Nuevo Mundo.

Se trataba de un movimiento que favorecía un orden social cristiano. Rechazaba toda doctrina ajena a la ley de Dios porque para ellos representaba división entre los hijos del creador. Se declaraban antisocialistas, antinazis, críticos del liberalismo capitalista y de los “infieles” norteamericanos. El caso de su condena al nacional socialismo alemán es peculiar, pues lo consideraban “heredero de la revolución protestante de Lutero”, al tiempo que declaraban su simpatía por Franco, restaurador de la tradición católica y de la hispanidad.  [Meyer, 2003, 24]

El sinarquismo es lucha contra lo que divide. ¡Soy sinarquista! ¡Viva nuestra bandera! ¡Viva México! ¡Más nos vale Juan Diego que todos los Juárez de nuestra historia! (El Sinarquista, periódico del Unión Nacional Sinarquista)


Los días de la Bandera eran jornadas de grandes desfiles y manifestaciones de la UNS, pues para sus miembros era el símbolo patrio por antonomasia, que además representaba sus principales ideales: Religión, Unión e Independencia. Defendían la propiedad y pugnaba por que “cada familia mexicana llegue a poseer, en propiedad, un pedazo del suelo nacional”.

Manuel Gómez Morín
Dos años después de fundada la UNS, en septiembre de 1939 nació el Partido Acción Nacional por iniciativa del ex director de la Facultad de Derecho y reformista fiscal, Manuel Gómez Morín, y de Efraín González Luna, notable abogado católico. El PAN anhelaba un modelo liberal en que el Estado no interviniera sino como simple vigilante del fluir político, social y sobre todo económico del país. Desde aquí se encuentran discrepancias con la visión que había construido Cárdenas, con el presidente como única fuerza política con la capacidad para intervenir en cualquier asunto. Condenaron su mandato como un gobierno populista y de tendencias “rojas”, en el que “ni se han acabado los monopolios que fijan los precios, ni se ha logrado contener el alza de éstos, ni se han elevado de verdad los salarios con aumento del poder de adquisición”. [Arriola, 1994, 24, apud. Manuel Gómez Morín, La nación y el régimen, México, Biblioteca de Acción Nacional, (s.f.), p. 41]

Acción Nacional se pronunciaba contra el desorden, la injusticia y la lucha de clases, y a favor de un Estado que garantizara el  bien común y la seguridad, así como el pleno desenvolvimiento de la iniciativa privada orientada al interés nacional, normas morales bajo las que debía actuar todo empresario. Reconocía la separación entre Iglesia y Estado, lo que provocó cierto distanciamiento de otros movimientos políticos de derecha como el Sinarquismo, al que tampoco le agradaba la defensa del liberalismo económico por parte del nuevo partido político [Arriola, 1994, 22]. El PAN y la UNS, sin embargo, coincidieron en los fundamentos cristianos que les daban identidad; para unos y otros, la “salvación de México” –en lenguaje sinarquista– no se encontraba en el exterior sino en la reflexión interior de cada mexicano, que como buen cristiano lo conduciría al amor por su prójimo en aras del bien común. Encontraron también puntos en común en cuanto a la unidad nacional como condición para el progreso del país, y en su condena de la educación socialista como una “dictadura ideológica” que atentaba contra el derecho natural de los padres para elegir el tipo de educación que recibían sus hijos.

Para finales de los años 30, la UNS contaba con 60 mártires y cerca de 360,000 militantes; pero, en una franca tendencia de crecimiento, en 1943 llegaría a los 560,000, 1,000 en el Distrito Federal y 3,000 en Estados Unidos [Meyer, 2003, 61-64, apud. Registro general de contingentes de la UNS, abril de 1943]. Sin embargo, en un horizonte histórico en que el poder en México, a partir de 1940, se alejaría de prácticas izquierdistas con Manuel Ávila Camacho, la UNS, más que oposición significó un instrumento de control pacífico para las masas campesinas y la inconformidad de los no beneficiados por el cardenismo. El PAN, por su parte, se sostendría como oposición durante décadas en un sistema político electoral ciertamente hostil, pero en el que obtendría cada vez mayores espacios a finales del siglo XX y principios del XXI.


*NOTA: Actualmente existe un movimiento llamado Sinarquista que parece ser derivación directa de la UNS de los años 30: Blog Oficial del Movimiento Nacional Sinarquista. Me pregunto si hoy en día tiene algún vínculo con el PAN en estados como Jalisco y Guanajuato.

Fuentes:

ARRIOLA, Carlos, Ensayos sobre el PAN, México, Miguel Angel Porrua, 1994, 349 p.

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998, 312 p.

MEYER, Jean, El sinarquismo, el cardenismo y la Iglesia, 2ª ed., México, TusQuets, 2003, 307 p.