La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 7. El "Cedillazo" y la candidatura presidencial de Juan Andrew Almazán

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Elementos del mismo grupo revolucionario, dolidos seguramente porque no obtuvieron las posiciones que deseaban en el nuevo gobierno, se han dedicado con toda saña y sin ocultar sus perversas intenciones, desde que se inició la actual administración, a ponerle toda clase de dificultades.


Lázaro Cárdenas


En 1936, una vez consumada la limpia de callistas con el exilio del Jefe Máximo, al presidente Lázaro Cárdenas se le impuso la necesidad de nombrar un nuevo gabinete, pues el anterior era en su mayoría adicto a Calles. Entre ellos estaba Tomás Garrido Canabal, fanático anticlerical que acompañaría a Calles hasta el exilio, dejando con ello vacante la Secretaría de Agricultura. Ésta sería ocupada por Saturnino Cedillo, quien, sin embargo, no tardaría mucho en darse a conocer como el “cacique rebelde” de San Luis Potosí, abiertamente opuesto a Cárdenas.

Cedillo había puesto a disposición de la campaña por la presidencia del aún candidato Cárdenas, todo lo que sus influencias podían mover, que no era poca cosa; y al arrancar la nueva administración esperaba recibir a cambio beneficios inmediatos, mismos que más bien tardaron en llegar y le parecieron insuficientes. El nombramiento de Cedillo para Agricultura, entonces, fue una hábil jugada de Cárdenas con la que intentaría atemperar la molestia de Cedillo y mantenerlo vigilado.

Cedillo, el apoyo a Cárdenas

Pero el control era algo a lo que no estaba acostumbrado un caudillo revolucionario, familiarizado con prácticas que encontraban cada vez menos cabida en un país que se intentaba dirigir desde las instituciones, por hombres trajeados al mando de un ejército en vías de profesionalización. Como apunta Luis González: “Era necesaria la eliminación de los poderes que regionalmente habían mantenido numerosos caciques, cadena en la cual San Luis Potosí parecía el último eslabón, para que se consolidara el Estado que estaba institucionalizándose”. [González, 1998, 216]

Provenientes de una familia de clase media rural que ya se había hecho de renombre en la compraventa de mulas y de una modesta propiedad, los hermanos Cedillo, que en la revolución comenzaron apoyando a Francisco I. Madero, terminaron empapados de las ideas agraristas de Emiliano Zapata. Saturnino poseía un cacicazgo fuerte y había sido jefe militar de las huestes de Obregón, a quien apoyó a cambio de la promesa de un sistema de repartición de tierras. Tras la muerte del Manco de Celaya, Cedillo se apegó a Calles, para quien  peleó contra los cristeros desde 1926 con un papel destacado que le valió el nombramiento de general de división en el ejército nacional. Participó en la creación del efímero Partido Nacional Agrarista y fue un líder campesino que no realizó repartos agrarios, pero que planeaba y por un momento lo logró la conformación de un sistema de “colonias agrícolas militares”, especie de concentración militar de campesinos a quienes se les recompensaba su larga trayectoria revolucionaria con una parcela de tierra pare ellos y sus familias. En mayo de 1933, junto a Graciano Sánchez formó la Confederación Campesina Mexicana, que surgió de un congreso en San Luis Potosí en el que el nombre de Lázaro Cárdenas ya sonaba como presidenciable y a quien Cedillo había decidido apoyar.

Sin embargo como ya dije, desde inicios del sexenio cardenista Cedillo advirtió situaciones que no fueron de su agrado: la primera, el ser desplazado del primer gabinete y, la segunda, no recibir apoyo oficial para la conformación de sus “colonias agrícolas militares”. Además tenía una añeja rivalidad con el militar radical Francisco J. Múgica, entrañable amigo de Cárdenas que entraría a ocupar la Secretaría de Economía y de Comunicaciones, sucesivamente, y que consideraba a Cedillo un conservador. Del mismo modo, la creación de ejidos de propiedad comunal por disposición del presidente contrarió al cacique potosino, pues no empataba con los postulados originales de la lucha revolucionaria sobre la propiedad de tierra individual. Quizá a partir de que fue nombrado secretario de Agricultura, Cedillo pretendió modificar aquellas medidas “contrarrevolucionarias”; pero sufrió un gran revés cuando durante su ministerio se realizaron las reuniones sobre los repartos ejidales de la Laguna en Torreón, sin que él tuviera conocimiento de las actividades, y mucho menos del proyecto.

Cedillo renunció en agosto de 1937 a Agricultura. El fascismo tan satanizado por los sectores progresistas desde principios del cardenismo, apunta Carlos Martínez Assad, “no era sino una idea abstracta que lograría concretarse en el activismo reaccionario del general Saturnino Cedillo, el que apoyado financieramente por las compañías […] daría significado al mito de lo antimexicano” [Martínez Assad, 1993, 14]. En efecto, el cacique se lanzó abiertamente a la rebelión armada, respaldado por sus incondicionales campesinos militares, quienes años después lo encumbrarían al nivel de Zapata [González, 1998, 219].

"Cedillo recordado por sus partidarios..." [Imagen tomada de Martínez Assad, 1993] 


La fecha del “cedillazo” (mayo de 1938-enero de 1939) ha levantado gran cantidad de suspicacias, pues se inscribe dentro del periodo más polémico del régimen cardenista. Se comprobó su vínculo con los movimientos civiles de oposición como el Comité Pro Raza a través de la Confederación de la Clase Media, y con los Dorados de la Acción Revolucionaria Mexicanista; acerca de estos últimos, hacia 1940 se descubriría que habían recibido apoyo financiero y cargos públicos de Saturnino Cedillo cuando encabezaba Agricultura. El Frente Popular Mexicano agregó que el cacique actuaba con todo el apoyo de las organizaciones patronales anticardenistas, y desde Estados Unidos se le tachó de genuino representante del Tercer Reich en América. “Ciertamente se supo que El Águila y La Huasteca empujaban a la rebelión de Cedillo” —afirma Luis González—, en quien veían el hombre ideal para vengar a los expropiados. Sin embargo resulta exagerado pensar que los católicos vieron en él al Franco, o las clases medias al Mussolini o Hitler mexicanos.

Finalmente Cedillo había emprendido una campaña condenada al fracaso desde sus inicios, pues ahora se enfrentaba a todo un aparato de Estado bien estructurado del que se comenzaban a asomar las bases sólidas construidas durante cuatro años por Lázaro Cárdenas.


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Juan Andrew Almazán, junto a Lázaro Cárdenas, Joaquín Amaro y Saturnino Cedillo, fue  uno de los militares callistas más influyentes, cuyo nombre sonó para la sucesión de 1934. Ya antes había competido con los mismos hombres por la secretaría de Guerra en la administración de Abelardo L. Rodríguez, pero desde entonces sufrió su primera derrota ante Cárdenas. Siempre estuvo íntimamente ligado con grupos empresariales, debido a sus acciones en la Constructora Anahuac y la Constructora Acapulco. Se benefició de la construcción del tramo de la carretera panamericana correspondiente al tramo Laredo-México, que impulsó la administración federal de Cárdenas.

Cuando Cárdenas fue electo como candidato, Almazán lo apoyó incondicionalmente, y ya hecho del cargo Lázaro, contribuyó con su enorme influencia en el ejercito a consolidar el control político del gobierno sobre la difícil entidad de Nuevo León, en peligro por la inestabilidad que se respiraba ante lo próximo de las elecciones a gobernador del estado en 1935. La política civilista del nuevo presidente no empataría con las aspiraciones de los influyentes generales, pero Cárdenas era consciente de que requería del apoyo militar para acabar con el callismo; aprovechó entonces que Almazán se decía agredido por el Jefe Máximo cuando éste había obligado a renunciar de la gubernatura de Puebla a su hermano Leónides Andrew Almazán.

De esa manera Cárdenas mantuvo por algún tiempo entretenidos a los generales controlando algunas regiones del país y otorgándoles recompensas, como la concesión de la carretera panamericana para las constructoras del general-empresario Almazán. Para relegar a los rijosos militares almazanistas y cedillistas, Cárdenas hábilmente comenzó a echar mano de grupos ajenos a éstos dos, pero también agraviados por el callismo. Fue el caso de ex carrancistas y veracruzanos a los que se les otorgaron importantes jefaturas militares para sustituir gradualmente a los adictos a Almazán y Cedillo.

Un último punto a considerar para entender la oposición de Almazán hacia el final del sexenio cardenista, es el nombramiento del nuevo gabinete en 1936. Almazán competía con Cedillo por el ministerio de Guerra, pero al final quedó solamente con su vieja jefatura militar, mientras al futuro “cacique rebelde” se le asignó Agricultura y Manuel Ávila Camacho ocupó la de Guerra.


Fue así como el 25 de julio de 1939, cansado ya de tanto “agravio”, el general de división Juan Andrew Almazán se erigió en “candidato único de oposición, con fuerza política y simpatías profundas entre el ejército, la iniciativa privada y las clases medias”, [Hernández Chávez, 1979, 202] postulado por el Partido Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN). Tenía la esperanza de que su influencia al interior del ejército le permitiera derrotar a Ávila Camacho, candidato oficial. Almazán –señala Alicia Hernández Chávez– “era el divisionario con más poder, agrupaba a la oposición contra Cárdenas […] sus aliados potenciales eran los cedillistas […] y luego todos los generales almazanistas [como] Mijares Palencia, poblano, antiguo compañero de banca de Almazán y organizador nacional de su campaña electoral”. [Hernández Chávez, 1979, 113-115]. Por eso temía que se concretaran los intentos de burocratizar al ejército incorporándolo al partido oficial. Por fortuna para él, esto no ocurrió.

La acción que sí se concretó fue la incorporación del “sector popular” al PRM a través de la CNOP, que contaba con cerca de 500,000 miembros de clase media, “cuya importancia radicó en el hecho de que dejada libre podría ser presa fácil del almazanismo” [Hernández Chávez, 1979, 183], como ya había ocurrido con la facción del sector medio que desde inicios del sexenio se había manifestado francamente anticardenista, y cuyo apoyo efectivo para la candidatura de Almazán sería canalizado a través de la Confederación de la Clase Media


"Gral. Juan Andrew Almazán, candidato a la Presidencia, cuyo manifiesto a la Nación se espera con interés" [Imagen tomada de Hernández Chávez, 1979]

Las elecciones presidenciales del 7 de julio de 1940 son materia de debate aún en nuestros días. Siempre se ha sabido de su carácter accidentado e irregular, y no han faltado quienes las califiquen de sucias, fraudulentas y hasta sangrientas, con un saldo de 30 muertos y 158 heridos tan solo en la capital [González, 1998, 260]. Por palabras del mismo secretario de Gobernación, Ignacio García Téllez, el conteo electoral en las grandes urbes –donde se asentaba la mayor parte de la clase media y el empresariado– parecía indicar que el triunfo sería para Almazán. Pero el corporativismo de Estado parece haber sorteado de buena forma su primera gran prueba, declarándose a Ávila Camacho como el vencedor. “Aquel domingo siete fue una madeja de riñas, irregularidades, abstenciones, votos falsos y otras triquiñuelas, que sepa Dios quien ganó”, asegura Luis González [González, 1998, 261]. 

Referencias:

CAMPBELL, Hugh, La derecha radical en México. 1929-1949, México, SEP, 1976.

GOJMAN DE BACKAL, Alicia, Camisas, escudos y desfiles militares. Los Dorados y el antisemitismo en México (1934-1940), prólogo de Friedrich Katz, México, Fondo de Cultura Económica/UNAM, ENEP Acatlán, 2000.

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998.

HERNÁNDEZ Chávez, Alicia, Historia de la Revolución Mexicana. 16. La mecánica cardenista, México, COLMEX, 1979.

MARTÍNEZ Assad, Carlos, Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el estado cardenista, 2ª ed., México, Fondo de Cultura Económica/UNAM-Instituto de Investigaciones Sociales, 1993.

Sumario Historiadores del Bicentenario, por Revista EmeEquis

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Arrumbado en un rincón de mi archivo digital, como huella indeleble de lo mucho que arrojó el año BiCentenario mexicano de 2010, encontré esta auténtica joya que la muy buena Revista EmeEquis nos obsequió durante aquellas jornadas. Para que no pase al olvido -porque, en verdad, no lo merece- la subo a este humilde espacio. ¡Sencillamente ex-ce-len-te!


Versión PDF AQUÍ

*Agradezco a mi amigo Carlos León (visiten su Blog: Traumas Cotidianos), uno de los más leales lectores de la EmeEquis desde que era apéndice de El Universal con el título de La Revista, haberme compartido el Sumario que ahora pongo a disposición del amable lector de estas De(s)memorias Selectivas.

**Y ya andando en estos trotes, remito a la reciente reseña que hizo Roberto Breña sobre el libro de Enrique Krauze, De héroes y mitos, que vio la luz en el marco de los festejos centenarios y apuntó sus lanzas contra la historiografía académica.

La oposición en el sexenio cardenista (1934-1940). 6. El Sinarquismo y el Partido Acción Nacional

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A pesar de que en 1936 el presidente Cárdenas impulsó leyes de apertura religiosa –con lo cual mermó la segunda Cristiada, que había estallado ante el advenimiento del “delfín” de Calles– y erradicó las acciones violentas del verdugo de católicos, Tomás Garrido Canabal, en la segunda mitad de su sexenio surgieron dos movimientos organizados de oposición con fundamentos cristianos que los llevarían a construir un discurso basado en la “salvación” de México en todos sentidos: el Sinarquismo y el Partido Acción Nacional. Ambos continuaban en la idea de luchar “contra un régimen que volvía a las andadas jacobinas del tiempo de Calles” [González, 1998, 245], luego de reglamentado el artículo tercero constitucional.

Salvador Abascal
En mayo de 1937 nació la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en León, Guanajuato, la llamada “Sinarcópolis”, de entre los combatientes cristeros que conformaron la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, organismo político que en 1926 había tomado las armas y que tras las negociaciones Estado-Iglesia sería abandonado por esta última, sumergiendo así al movimiento de los alzados “en nombre de Cristo Rey” en la clandestinidad. El Sinarquismo surgió con notable fuerza organizativa de masas, jamás como partido político, buscando el reconocimiento de su libertad religiosa y promover  cambios sociales en contra de las iniciativas del presidente “ateo” que impulsaba la educación socialista.

En sus inicios la UNS fue encabezada por José Trueba y Manuel Zermeño, aunque quien la llevó a su apogeo, entre 1940 y 1941, fue Salvador Abascal. En cualquier caso, eran lideres miembros de la clase media rural y urbana de la región centro del país: abogados, comerciantes, profesores o jueces que dirigían a una masa campesina que sentía injuriada su fe religiosa, específicamente jornaleros que en su mayoría no obtuvieron beneficio alguno de la Reforma Agraria sino que, por el contrario, fueron perjudicados por la burocracia en el reparto ejidal. Entre sus filas también hubo desempleados, pobres y jóvenes de la clase media urbana. El Sinarquismo hizo mucho eco en el ejército, pues bajo un discurso de unidad nacional “por el bien de la patria”,  convenció y conmovió a diversos sectores que se oponían a las ideologías que, en su opinión, amenazaban al país, como el comunismo o el fascismo. [Meyer, 2003, presenta un buen número de interesantes fotografías, entre ellas algunas que muestran a militares participando en actos públicos de la UNS]

El Sinarquismo se definía como lo contrario a la anarquía, como aquello con autoridad, poder y, sobre todo, orden. Exaltaba el sacrificio, las acciones pacíficas, la pobreza y el ascetismo. Sus líderes se preciaban de encabezar un movimiento popular ajeno a todo tipo de lujos. Encarnación del nacionalismo a ultranza, los sinarquistas decían que la salvación de México no se encontraba en el extranjero, sino dependía del orden y la unión nacional que encontraba su base social en la institución familiar. Para ellos, México tenía una historia y una identidad, y no requería de ideologías internacionalistas. Rechazaban también la política, “trampa enmarañada y sucia” contra la que promovieron la abstención para las elecciones presidenciales de 1940; y se pronunciaban contra cualquier división ideológica  -izquierdas y  derechas-,  que  no  fuera  la  de  mexicanos y anti-mexicanos.  Pretendían además que México rompiera relaciones con los protestantes de Estados Unidos, quienes supuestamente tenían el objetivo de “descatolizar” al país; y defendían a los que más adelante se conocerían por “chicanos”, víctimas de racismo en la Unión Americana. Sin embargo, buscaban siempre mantener sus acciones dentro del estado de derecho, pues creían en las normas jurídicas y dentro de su contrarrevolución afirmaban que “un ataque, pues, a la Revolución no constituye nunca un ataque al gobierno”. [Meyer, 2003, 59, apud. El Sinarquista, 28 de agosto de 1941]

Se decían perseguidos y violentados, lo cual, aseguraban, “obedece al deseo que tienen nuestros enemigos de que nos cansemos y respondamos con el argumento de las armas para poder aniquilarnos. A nosotros nos toca guardar toda la serenidad” [Meyer, 2003, 53]. Eso no les impedía enaltecer el amor y la eterna admiración hacia los mártires que morían por la fe en la salvación de su patria: “esta lucha no puede fracasar […] la sangre y el sufrimiento nos darán la victoria […] un movimiento predestinado a salvar a México” ["Las diez normas de conducta para los sinarquistas", en Meyer, 2003, 144]. Veían en México el baluarte de la hispanidad en América, por eso su apoyo declarado al franquismo no lo veían como dirigido al extranjero, porque se sentían herederos del hispanismo y del catolicismo traído por los españoles al Nuevo Mundo.

Se trataba de un movimiento que favorecía un orden social cristiano. Rechazaba toda doctrina ajena a la ley de Dios porque para ellos representaba división entre los hijos del creador. Se declaraban antisocialistas, antinazis, críticos del liberalismo capitalista y de los “infieles” norteamericanos. El caso de su condena al nacional socialismo alemán es peculiar, pues lo consideraban “heredero de la revolución protestante de Lutero”, al tiempo que declaraban su simpatía por Franco, restaurador de la tradición católica y de la hispanidad.  [Meyer, 2003, 24]

El sinarquismo es lucha contra lo que divide. ¡Soy sinarquista! ¡Viva nuestra bandera! ¡Viva México! ¡Más nos vale Juan Diego que todos los Juárez de nuestra historia! (El Sinarquista, periódico del Unión Nacional Sinarquista)


Los días de la Bandera eran jornadas de grandes desfiles y manifestaciones de la UNS, pues para sus miembros era el símbolo patrio por antonomasia, que además representaba sus principales ideales: Religión, Unión e Independencia. Defendían la propiedad y pugnaba por que “cada familia mexicana llegue a poseer, en propiedad, un pedazo del suelo nacional”.

Manuel Gómez Morín
Dos años después de fundada la UNS, en septiembre de 1939 nació el Partido Acción Nacional por iniciativa del ex director de la Facultad de Derecho y reformista fiscal, Manuel Gómez Morín, y de Efraín González Luna, notable abogado católico. El PAN anhelaba un modelo liberal en que el Estado no interviniera sino como simple vigilante del fluir político, social y sobre todo económico del país. Desde aquí se encuentran discrepancias con la visión que había construido Cárdenas, con el presidente como única fuerza política con la capacidad para intervenir en cualquier asunto. Condenaron su mandato como un gobierno populista y de tendencias “rojas”, en el que “ni se han acabado los monopolios que fijan los precios, ni se ha logrado contener el alza de éstos, ni se han elevado de verdad los salarios con aumento del poder de adquisición”. [Arriola, 1994, 24, apud. Manuel Gómez Morín, La nación y el régimen, México, Biblioteca de Acción Nacional, (s.f.), p. 41]

Acción Nacional se pronunciaba contra el desorden, la injusticia y la lucha de clases, y a favor de un Estado que garantizara el  bien común y la seguridad, así como el pleno desenvolvimiento de la iniciativa privada orientada al interés nacional, normas morales bajo las que debía actuar todo empresario. Reconocía la separación entre Iglesia y Estado, lo que provocó cierto distanciamiento de otros movimientos políticos de derecha como el Sinarquismo, al que tampoco le agradaba la defensa del liberalismo económico por parte del nuevo partido político [Arriola, 1994, 22]. El PAN y la UNS, sin embargo, coincidieron en los fundamentos cristianos que les daban identidad; para unos y otros, la “salvación de México” –en lenguaje sinarquista– no se encontraba en el exterior sino en la reflexión interior de cada mexicano, que como buen cristiano lo conduciría al amor por su prójimo en aras del bien común. Encontraron también puntos en común en cuanto a la unidad nacional como condición para el progreso del país, y en su condena de la educación socialista como una “dictadura ideológica” que atentaba contra el derecho natural de los padres para elegir el tipo de educación que recibían sus hijos.

Para finales de los años 30, la UNS contaba con 60 mártires y cerca de 360,000 militantes; pero, en una franca tendencia de crecimiento, en 1943 llegaría a los 560,000, 1,000 en el Distrito Federal y 3,000 en Estados Unidos [Meyer, 2003, 61-64, apud. Registro general de contingentes de la UNS, abril de 1943]. Sin embargo, en un horizonte histórico en que el poder en México, a partir de 1940, se alejaría de prácticas izquierdistas con Manuel Ávila Camacho, la UNS, más que oposición significó un instrumento de control pacífico para las masas campesinas y la inconformidad de los no beneficiados por el cardenismo. El PAN, por su parte, se sostendría como oposición durante décadas en un sistema político electoral ciertamente hostil, pero en el que obtendría cada vez mayores espacios a finales del siglo XX y principios del XXI.


*NOTA: Actualmente existe un movimiento llamado Sinarquista que parece ser derivación directa de la UNS de los años 30: Blog Oficial del Movimiento Nacional Sinarquista. Me pregunto si hoy en día tiene algún vínculo con el PAN en estados como Jalisco y Guanajuato.

Fuentes:

ARRIOLA, Carlos, Ensayos sobre el PAN, México, Miguel Angel Porrua, 1994, 349 p.

GONZÁLEZ, Luis, Los días del presidente Cárdenas, México, Clío/El Colegio Nacional, 1998, 312 p.

MEYER, Jean, El sinarquismo, el cardenismo y la Iglesia, 2ª ed., México, TusQuets, 2003, 307 p.