Y Krauze ¿respondió? a Breña... Final de un (inexistente) debate sobre academia e historia

Algunas semanas atrás di cuenta de dos polémicas en curso sobre academia e historia: una en la prensa de España acerca del Diccionario Biográfico que recientemente publicó la Real Academia de la Historia española, y otra en México, en las páginas de Letras Libres y Nexos, entre Enrique Krauze y Roberto Breña, a propósito de una reseña que éste hizo sobre el libro de aquél, De héroes y mitos (Tusquets, 2010). Aquí dejaré de lado el asunto del Diccionario Biográfico español (el lector, en caso de desearlo, puede darle seguimiento en los espacios virtuales de los principales diarios de aquel país), y más bien aprovecho para compartir la última respuesta de Krauze a Breña, que no incluí en un post anterior, así como para expresar mi opinión sobre su intercambio.

En realidad “Breña en su barricada”, el último texto que Krauze dedicó al asunto, refleja la pobreza de una correspondencia que nunca alcanzó altura de debate. Vayamos por partes.

Creo que, de inicio, ambos hicieron lecturas fuera de lugar. Krauze, orgulloso siempre de su empresa cultural Clío y de la exitosa labor de divulgación que ha llevado a cabo, reclamó a los dos tomos de México en tres momentos cuya reseña en Letras Libres (2007), luego incluida en De héroes y mitos, en buena medida motivó la de Breña en Nexos sobre este último libro– su inaccesibilidad para el lector no especializado, no sólo por su formato y precio, sino ante todo por su contenido. Coincido con él en que es más un bonito coffee table book para hojear antes que una obra de continua y sencilla consulta; y también suscribo sus críticas al difuso criterio editorial para la inclusión y organización de los textos que la conforman. En ese sentido, yo también lamento que no se haya optado por una edición más “dúctil y modesta”.

Sin embargo, pretender, como hace Krauze, que toda producción historiográfica tenga las características de “libertad intelectual” de su prosa ensayística, o que todos los historiadores debamos escribir como el respetado don Luis González –a quien el empresario cultural cita y elogia ya como por acto de reflejo–, hay una gran distancia. México en tres momentos no estaba dirigido a un público amplio, sino, como el mismo Krauze sospecha, a estudiantes, profesores y lectores especializados; de modo que es injusto reclamar que los textos incluidos resulten “incomprensibles” para los no iniciados.

Breña, por su parte, hizo también una mala lectura de De héroes y mitos. Y, en este caso, por mala lectura me refiero a una lectura académica. En efecto, en todo momento de su reseña el profesor del COLMEX tiene presente a la “academia occidental” y los avances que en ella se han dado en las últimas décadas, mismos que en su opinión vuelven extemporáneas algunas de las críticas de Krauze y les impiden hacer una aportación relevante al “debate historiográfico mexicano de la segunda década del siglo XXI”. Breña se refiere aquí a la condena de Krauze a la historia de bronce, así como a la biografía tradicional y al desplazamiento de las “mayorías silenciosas” en la historia. Y al respecto, señala:
[Krauze] parece ignorar el hecho de que hace tiempo en la academia occidental la biografía dejó de ser ese discurso narrativo en orden cronológico sobre la vida de un hombre o una mujer […] Desde hace décadas, la academia occidental ha prestado enorme atención a los grupos sociales “desfavorecidos”; como lo muestra el prestigio del que goza actualmente la llamada ‘historia desde abajo’.

Sin embargo, Breña se equivoca al asumir que la intención de Krauze era “contribuir al debate historiográfico” de la academia mexicana, o a la occidental. Como el mismo empresario cultural le hizo notar en su primera respuesta, mientras el profesor del COLMEX sigue pensando en términos académicos, De héroes y mitos está dirigido a ese “simple lector” en el que aún impera una visión broncínea de la historia, en buena medida fomentada por espectáculos patrioteros como los desplegados por los gobiernos de distintos niveles en las pasadas conmemoraciones mexicanas bicentenarias. Poco importa que, como dice Breña, las versiones broncíneas del discurso histórico de los gobiernos nunca vayan a extinguirse –puesto que les son consustanciales–, ya que Krauze está apuntando no a modificar las prácticas oficiales, sino la lectura que de ellas hace el público no especializado, ese ejército de lectores que le son leales y hacen de sus libros grandes éxitos en ventas.

Sin duda en este punto Krauze pilló a Breña. Es una lástima que en adelante aquél se haya dedicado más a evidenciar la supuesta irritación de éste por la crítica que hizo de sus colegas, antes que a involucrarse en un auténtico debate respecto a la relación entre teoría e historia. Sobre la necesidad de esa relación, y aun su inevitabilidad, Breña argumentó sólidamente, frente al desprecio de Krauze por la “historia teorizante” y su preferencia por una historia pragmática, de acumulación de fuentes, de hombres y mujeres de carne y hueso, y fuertemente positivista, aunque “bien escrita”.

En efecto, en el texto “Endogamia” Krauze se limitó a afirmar, sin mayores argumentos, que “se sostiene” su crítica a la historia teorizante y a la endogamia de algunos académicos, ésos cuya “prosa críptica con pretensiones explicativas”, según dice –y no sin mucho de razón–, no conecta con el lector. Pero nada dijo sobre “las lagunas y el retraso” que Breña dijo percibir en sus lecturas, y que evidenció al hablar de la obra de Otto Carlos Stoetzer, Richard M. Morse, François-Xavier Guerra o J.A.G. Pocock. Krauze guardó silencio y sólo retomó el asunto en su última respuesta, en un tono exculpatorio que me parece muy pobre: “Me gustaría dialogar con el profesor Breña sobre el papel de la teoría en la historia. Pero antes lo exhorto a salir de su barricada”.

Esta forma un tanto burda de capotear el debate sobre teoría e historia inclina a pensar que “las lagunas y el retraso” que Breña percibe en las lecturas de Krauze son reales. El profesor del COLMEX le hizo ver, por ejemplo, que los principales aportes recientes para una comprensión más cabal de las revoluciones hispánicas en la primera mitad del siglo XIX, provenían precisamente de una historia con altas dosis de teoría, que se preocupa por los conceptos y los lenguajes, y cuyos más prominentes representantes son en la actualidad Javier Fernández Sebastián y Elías José Palti. Veamos un ejemplo:

Krauze reclama a Alfredo Ávila y a Ana Carolina Ibarra su “insistencia en buscar el ‘sentido’ recóndito de las palabras (Independencia, Autonomía, Libertad)” y en ‘descubrir el hilo negro’, cuando lo único que consiguen es reducir la historia a “una semántica vaga (a veces boba) y a un estéril nominalismo”.

En torno a la Insurgencia --dice Krauze--, por ejemplo, Ávila apunta que “no había algo así como un pueblo mexicano antes del siglo XIX”. Me pregunto, ¿contra qué molino de viento dirige su sesudo hallazgo? ¿Qué historiador serio sostiene ahora que el “pueblo mexicano” es un mismo actor histórico desde Cuauhtémoc? Y, por otro lado, me pregunto también si la obra toda de Clavijero y la de sus compañeros jesuitas, patriotas criollos emblemáticos, no constituyen para Ávila una vindicación suficiente de la existencia cultural de México antes de 1810.
Y añade:
Sin tantos rodeos, estos hermeneutas pueden penetrar el significado histórico de términos como “Patria” y “Nación”, consultando en el mismo volumen las dos líneas que Brading dedica al tema (en el mismo volumen de México en tres momentos). No se necesita más.
Tal vez si Krauze estuviera al tanto de la historiográfía de las últimas dos décadas sobre las revoluciones hispánicas, sabría que sostener la “existencia cultural de México antes de 1810” posee una fuerte carga teleológica y, por tanto, ahistórica –aunque sin duda en una prosa ensayística de 'libertad intelectual' suene bonito–, y que el “estéril nominalismo” y la preocupación por el sentido que adquieren las palabras en sus respectivas condiciones de enunciación, han permitido, entre otras cosas, superar las definiciones tradicionales que la historiografía ha hecho de Patria, Nación, y otros conceptos cruciales en aquel trágico gozne de siglos, como Pueblo, Representación, Constitución, Independencia…, que se han descubierto seriamente anacrónicas. Entre ellas, de manera destacada, la noción de “patriotismo criollo”, acuñada hace varias décadas por su admirado amigo David Brading, y que a Krauze parece fascinar.

Ahora bien, que Krauze no esté al tanto de todo esto no es condenable. Después de todo, es un historiador que si bien se formó en la academia, optó luego por las empresas culturales –con todas las ocupaciones que ello conlleva, supongo– en lugar de dedicar tiempo completo a la investigación desde un cubículo. La labor de divulgación que hace es sumamente encomiable --aunque en ocasiones pueda no estar de acuerdo con algunos tópicos de su discurso--, pues no cabe duda que ha aproximado al "gran público" a la historia desde una persectiva mucho más seria que la de los autodenominados "desmitificadores".

No obstante, quizá el empresario cultural deberá asumir que, por más brillante que sea, a él, como a cualquier ser humano, le resulta imposible estar en todo momento al tanto del status en que se encuentra el conocimiento histórico sobre el periodo que se le antoje abordar; y que, por ende, habrá de tener más cuidado a la hora de desacreditar tan de tajo, con la seguridad que le otorga su gran prestigio, todo aquello que no empata con su concepción de “la noble profesión de historiar”.

En la primera intervención de Breña percibí disposición a la autocrítica, como cuando admite que Krauze “tiene razón en llamar la atención y ser crítico del afán endogámico y autorreferencial de no pocos académicos mexicanos (entre los que me incluyo)”. No dejó de reconocer el valor de algunos textos contenidos en De héroes y mitos y señaló sus coincidencias con las críticas editoriales hechas a México en tres momentos. Esa disposición no la encontré en los textos de Krauze. Por desgracia, al igual que Breña, noté en ellos el imperio de un discurso autoelogioso y un desinterés –¿incapacidad?– en responder argumentos con argumentos, en lugar de descalificaciones. Júzguelo el lector.

Mientras tanto, y hasta el próximo lustro o década en que se dé un nuevo conato de debate sobre historia, esto es lo que tenemos.


1 comentario:

Carlos dijo...

Saludos:

Concuerdo contigo en que cada uno se atrincheró en su posición sin entrar a un debate serio sobre la materia. Y vaya que es una pena puesto que ambas plumas son sobradamente inteligentes.
Sabes, no recuerdo quién comentaba en la facultad que esta clase de debates son de verdad excepcionales y raros, ya no digamos en el ámbito académico relacionado con la historia sino en la vida pública mexicana.
Recuerdo un par de polémicas que -decía O'Gorman- "invitaban a un banquete y servían pura hambre". Una del propio O'Gorman con Lewis Hanke en la cual los sombrerazos estuvieron buenos pero no hubo sustancia. La otra sonaba buena en el papel y resultó bufonesca: entre Rafael Pérez Gay y Gabriel Zaid.
Dicen que la Monsivais-Paz estuvo buena pero nunca la encontré.
¿Alguna recomendable en nuestro idioma?