Marc Bloch sobre historia y divulgación

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Comparto a continuación un fragmento de la Apología para la historia o el oficio de historiador, célebre tratado que el medievalista francés Marc Bloch escribiera en los meses finales de su vida, antes de caer ante la ráfaga de un pelotón de fusilamiento alemán a mediados de 1944. De acuerdo con mi lectura, en esas líneas están concentradas algunas advertencias increíblemente vigentes respecto a la historia profesional y su escaso impacto en la sociedad.

      En efecto, me parece que Bloch "descabeza" a los historiadores que han desatendido su responsabilidad ante el lector "profano", dejándolo a merced de una pretendida "historia" que (pese a sus pretensiones "desmitificadoras") afirma sin más allí donde un historiador de verdad habría dudado. Parte de la explicación reside en el abuso de las notas a pie de página, en la excesiva erudición que las vuelve indigestas para el lector común. Éste, sin embargo, no es para Bloch una oveja indefensa ante la indolencia de sus pastores-historiadores y la ferocidad de sus lobos-desmitificadores: el lector común (y la mayor parte de los editores comerciales) suele evidenciar también una marcada holgazanería intelectual ante el más mínimo indicio del ejercicio crítico sobre el que debe levantarse todo libro de historia. Por ello el pasaje lo cierra Bloch con una entrañable defensa de las notas. Disfruten.

El esoterismo poco atractivo en el que a veces los mejores de los nuestros tienden a encerrarse; la preponderancia del triste manual en nuestra producción de lectura de divulgación, que la obsesión por una enseñanza mal concebida sustituye a una verdadera síntesis; el pudor singular que parece prohibirnos poner ante los ojos de los profanos nuestros titubeos metodológicos tan pronto como salimos del taller; todos estos malos hábitos que surgen de la acumulación de sesgos contradictorios, comprometen una causa no obstante hermosa. Conspiran para entregar la masa indefensa de los lectores a los señuelos de una pretendida historia, en la que la ausencia de seriedad, lo pintoresco de pacotilla, los sesgos políticos piensan redimirse con una inmodesta seguridad: Maurras, Bainville o Plejanov afirman allí donde Fustel de Coulanges o Henri Pirenne habrían dudado. Entre la encuesta histórica [es decir, la historia de método crítico] tal y como se hace o aspira hacerse y el público lector, incontestablemente subsiste un malentendido. Para poner en juego por ambas partes divertidos defectos, la gran querella de las notas constituye un síntoma bastante significativo.     
      Los márgenes inferiores de las páginas ejercen, en muchos eruditos, una atracción que llega al vértigo. Sin duda es absurdo llenar los blancos, como ellos lo hacen, con referencias bibliográficas que por lo general una lista colocada al frente del volumen hubiera podido evitar; o aún peor, relegar allí por mera pereza largas exposiciones que hubieran tenido que figurar en el cuerpo mismo del texto, de tal suerte que a veces es en el sótano donde hay que buscar la más útil de esas obras. Pero cuando algunos lectores se quejan de que la más mínima línea aislada abajo del texto, les produce confusión; cuando algunos editores pretenden que sus compradores, probablemente menos hipersensibles en realidad de como los pintan, sufren horrores al ver una hoja así deshonrada, estos delicados prueban sencillamente que son impermeables a los preceptos más elementales de la moral y la inteligencia. Porque, fuera de los libres juegos de la fantasía, no se puede producir una afirmación si no se puede comprobar; y para un historiador, indicar lo más brevemente posible la fuente del documento que está utilizando, es decir la manera de encontrarlo, equivale sin más ni más a someterse a una regla universal de probidad. Envenenada por los dogmas y los mitos, nuestra opinión —incluso la más lúcida— perdió hasta el gusto por el control. El día en que, cuidándonos de no relegarla con una vana pedantería, logremos persuadirla de que mida el valor de un conocimiento por su disposición de encarar la refutación, las fuerzas de la razón habrán ganado una de sus mayores victorias. Para prepararla a ello es por lo que trabajan nuestras humildes notas, nuestras referencias minuciosas de las que hoy en día se burlan tantos brillantes intelectuales.


(Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, edición anotada por Étienne Bloch, prefacio de Jacques Le Goff, traducción de María Jiménez y Danielle Zaslavsky, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, pp. 102-104. Las negritas son mías.)