Un llamado de independencia a los indios de México en 1808

Los relatos sobre el acontecer en Nueva España durante el verano de 1808, tradicionalmente se han centrado en la disputa protagonizada por los miembros de la élite política del reino —virrey, Real Audiencia y Ayuntamiento de México— a raíz de la noticia de que España estaba invadida por los ejércitos de Napoleón Bonaparte y éste había “usurpado” el trono para entregarlo a su hermano José.

José de Iturrigaray y Aróstegui
virrey de Nueva España (1803-1808)
Es bien sabido que las autoridades novohispanas coincidieron en rechazar el dominio napoleónico y en  proclamar como único rey legítimo al Borbón Fernando VII, pero que tuvieron posturas encontradas sobre si debían reconocer a alguna de las varias instancias de gobierno que recién se habían formado en la península para combatir a los franceses. También es célebre el atentado que la noche del 15 al 16 de septiembre de ese año sufrió el virrey José de Iturrigaray, quien se había negado a reconocer a los gobiernos en España y por ello fue puesto en prisión y destituido del mando. Con ese acto de fuerza se clausuró violentamente un debate que si bien fue escalando en intensidad, hasta ese momento se había desarrollado en paz.

En cambio, no es mucho lo que se sabe acerca de las reacciones que las noticias de España suscitaron en el resto de la población novohispana durante aquel verano. Nuestro conocimiento de ese corto pero crucial periodo del proceso de independencia, se basa primordialmente en documentos oficiales que privilegian las reacciones de quienes detentaban el poder político. No obstante, esa misma documentación a veces da cuenta de otra clase de manifestaciones, aquellas que la propia autoridad consideró peligrosas y dignas de persecución y de castigo.

Por eso celebré mucho encontrar —gracias a un interesante artículo de Francisco A. Eissa-Barroso 1 — que el extinto Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (1954-1974), en un número de 1973, publicó unos “Anónimos que se encontraron en los cajones de la mesa del Exmo. Sor. Don José de Iturrigaray” cuando se le puso preso 2 . Se trata de seis papeles “seductivos” —como los llamaron las escandalizadas autoridades virreinales— que agitaron los espacios públicos novohispanos con comentarios sobre los sucesos en España y con llamados a actuar en consecuencia.

Entre esos documentos destaca una extensa proclama dirigida a los indios de la parcialidad de San Juan Tenochtitlán, ciudad de México, en la que el desconocido autor llama a aprovechar “tan buena y oportuna ocasión” de “recobrar” el “reino, señorío y dominio” que trescientos años atrás les habían arrebatado los españoles. Reproduzco a continuación algunos párrafos:


NOTICIA INTERESANTÍSIMA A LA PARCIALIDAD Y SUS HIJOS

Amados naturales y señores cuyo señorío se os ha usurpado ya hace trescientos años en los cuales no os habéis visto en una tan buena y oportuna ocasión como la presente de recobrar vuestro reino, señorío y dominio […]

[…] Sí, yo os lo aseguro, ya los reyes son despojados de su corona y dominios y quizás muertos. Ya la España es gobernada por Napoleón, emperador de los franceses quien gobierna las Españas y está cometiendo los mayores atentados con las iglesias, ciudadanos y habitantes. ¿Y qué es posible que por vuestra cobardía, tibieza y negligencia nos hemos de ver en igual situación? ¡Qué dolor digno de llorarse con lágrimas de sangre! […]

¡Alentaos almas de nieve, cuerpos de hierro! Ya no es tiempo de acreditarnos de fíeles vasallos por un efecto de cobardía. ¡Abrid los ojos! ¡Volved en sí! ¿Acaso esa vida que tenéis es eterna? ¿No será mejor sacrificarla en honor de la religión y la patria que no en una cama llenos de achaques, dolencias y miserias? ¿O que ese pérfido traidor, el virrey, nos la quite entregándonos en manos de nuestros enemigos? […]

Y así, amados republicanos, despertad de ese profundo letargo de cobardía; ved que ya no tenemos más recurso que tomar las armas todos y cada uno como pueda y, haciendo los mayores esfuerzos, clamad a porfía y sin desmayar hasta conseguir[lo]: ¡VIVA LA REPÚBLICA AMERICANA! ¡LA INDEPENDENCIA QUEREMOS! ¡MUERA EL PÉRFIDO TRAIDOR EL VIRREY! […]

Sí, os prevengo y ruego, hermanos indianos; que si [no] lo emprendéis no os acordéis jamás que sois americanos! Abandonad vuestra cobardía. Con el mayor odio acordándose que ella os redujo a la situación más infeliz hasta ser la gente más abandonada de la nación. ¡Alto con esos apocados corazones! No desmayéis jamás y vaya a ser causa de nuestra mayor opresión y demos qué reír a las demás naciones. […]

Y para que veáis a la gloriosa empresa a que os anima mi lealtad, poned los ojos en esa floreciente república de la Filadelfia que es el ejemplo más fresco que os puedo poner y veréis que, a pesar de su rey, lograron la independencia y se hicieron felices en su patria. ¿Acaso aquéllos son de distinta especie qué la nuestra? […] alentaos y reflexionad que ya hace trescientos años que sois esclavos de los españoles, sufriendo las mayores vilezas […]

En fin, ya supongo no sois aquellos mismos gentiles que habitaban estas regiones; que se espantaban de ver a un hombre a caballo y caían en tierra al oír disparar un fusil. Yo os supongo capaces, de hacer lo mismo y así, alentad vuestros espíritus; fijad en vuestras casas y estandartes las armas de América, las que os vienen de derecho y encima la imagen de nuestra madre María Santísima de Guadalupe; y llenos de confianza con las armas en las manos, en tropas bien formadas, por calles, plazas y palacios, digamos a gritos y sin confundir: ¡VIVA LA REPÚBLICA AMERICANA! ¡LA INDEPENDENCIA QUEREMOS! ¡VIVA LA RELIGIÓN! y ¡MUERA EL PÉRFIDO TRAIDOR EL VIRREY!

La proclama llamó mi atención porque en aquellos meses la posibilidad de que los indígenas reivindicaran sus derechos sobre estas tierras ante la ausencia del rey Borbón, fue un temor real entre las autoridades novohispanas. En una de las juntas convocadas por Iturrigaray para discutir los sucesos en España (agosto, 1808), el oidor Guillermo de Aguirre se escandalizó cuando el síndico del ayuntamiento de México, Francisco Primo de Verdad, afirmó ante los gobernadores de las parcialidades —entre los que se encontraba un descendiente de Moctezuma— que, ausente el monarca, la soberanía había recaído en el pueblo.

Tiempo después, a finales de septiembre —cuando Iturrigaray ya había sido separado del mando—, dos individuos fueron acusados de intentar sublevar a la gente de los barrios de la ciudad para coronar al mismo indio principal de San Juan reconocido como descendiente de Moctezuma.
Alegoría de las autoridades indígenas y españolas
(Óleo, Patricio Suárez de Peredo, 1809)

No hay evidencia, sin embargo, de que los indígenas de México estuvieran involucrados en ése o en cualquier otro intento de sublevación; al menos no durante esos primeros meses de la crisis de la monarquía. Por el contrario, desde que se dieron a conocer los sucesos en España los gobernadores de San Juan Tenochtitlán y Santiago Tlatelolco, dieron continuas muestras de lealtad al régimen; así lo hicieron incluso cuando estalló la rebelión armada de Miguel Hidalgo, según ha documentado Virginia Guedea. 3

Lo que muestra la proclama, entonces, no es que los indígenas estuviesen dispuestos a levantarse contra el gobierno, sino que hubo quien pensó en incitarlos a la rebelión como medio infalible para alcanzar la independencia de la "República Americana", tal como lo había hecho la "floreciente república de Filadelfia".

Roberto Villaseñor Espinosa —responsable de la publicación de los documentos y autor de una introducción a los mismos llena de desatinos— dice respecto a esta proclama, que los llamados a emular a los norteamericanos “debieron sonar en el adormecido y casi indiferente espíritu aborigen como la evocación de un mundo extranjero y fantasmagórico”; en su opinión, esa somnolencia de espíritu explica que fuesen los propios gobernantes de las parcialidades quienes entregaran el papel a las autoridades.


Afortunadamente en las últimas décadas la historiografía ha aventurado explicaciones más complejas y en mi opinión más satisfactorias que la ofrecida por Villaseñor y muchos otros estudiosos, acerca del comportamiento de los indígenas durante los siglos de dominación colonial, la revolución de independencia y el proceso de construcción nacional. La historia cultural y los subaltern studies, tanto como el levantamiento neozapatista de 1994, han contribuido a modificar esa visión de los indígenas como objetos pasivos y adormilados que van y vienen con la marea de la historia. Presentada a veces como una postura progresista, esa victimización en realidad niega a los indígenas toda capacidad de participación activa y consciente en los procesos históricos.

Para el periodo que aquí interesa, por el contrario, los trabajos de Virginia Guedea, Claudia Guarisco y Erik Van Young, entre otros, restituyen a los indígenas su capacidad de negociación en un contexto tan convulso como el de la guerra de independencia; Van Young incluso explora interpretaciones sugerentes acerca de los factores culturales e inconscientes que condicionaron la incursión de los sectores campesinos, conformados mayoritariamente por indígenas, en la rebelión armada 4 .

En fin, para cerrar vuelvo al motivo original de mi entusiasmo por la publicación de los anónimos de 1808 en el Boletín Bibliográfico de la SHCP. En la introducción Villaseñor afirma haber encontrado “casualmente” los papeles en “los fondos no catalogados del Archivo General de la Nación”, dentro de un expediente formado por las propias autoridades. Desafortunadamente no da más indicios de su localización específica; y mi búsqueda en un par de catálogos electrónicos del AGN no ha tenido éxito. Espero que pronto alguien se anime a rastrear esos y otros testimonios del estado de la opinión en Nueva España durante el verano de 1808, para documentar, si es posible, las múltiples referencias que los informes de las autoridades virreinales y provinciales hacen a los “murmullos”, los rumores, las reuniones y los pasquines que asolaron el reino apenas se supo que el trono había pasado a manos de los Bonaparte. 5


1.Francisco A. Eissa-Barroso, “The Illusion of Disloyalty: Rumours, Distrust, and Antagonism, and the Charges Brought Against the Viceroy of New Spain in the Autumn of 1808”, Hispanic Research Journal, 11: 1, Feb. 2010.
2.Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, año XIX, época segunda, núm. 485, mayo 1973.
3.Virginia Guedea, “De la fidelidad a la infidencia: los gobernadores de la parcialidad de San Juan” en Jaime E. Rodríguez O. (ed.), Patterns of Contention in Mexican History (Wilmington DE, 1992).
4.Virginia Guedea, “De la fidelidad a la infidencia…” cit., y “Los indios voluntarios de Fernando VII”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, 10, 1986; Claudia Guarisco, Los indios del valle de México y la construcción de una nueva sociabilidad política, 1770-1835 (Zinacantepec, 2003); Eric Van Young, La otra rebelión: la lucha por la independencia de México 1810-1821 (México, 2006).
5.Algunas de esas referencias pueden verse en el apéndice documental del libro de Guadalupe Nava Oteo, Cabildos y ayuntamientos de Nueva España en 1808 (México, 1973); y en el tomo I de la Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821 (México, 1877) de Juan E. Hernández y Dávalos.

1 comentario:

spc dijo...

Muy buena entrada. Felicidades.