La contingencia de la historia: a propósito de un texto de Claudio Lomnitz

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A veces los historiadores decimos e insistimos en cosas que quizá suenan ociosamente academicistas, en apariencia innecesarias para entender el pasado. Probablemente sea así en no pocas ocasiones; pero en otras nuestro discurso acarrea algunas nociones que son en verdad útiles y aun necesarias para comprender la complejidad de la historia, una trama muy alejada de la simpleza de los relatos que venden varios “desmitificadores”, “mitófagos” y demás demagogos que se pretenden vengadores de un pueblo engañado por la historia oficial y traicionado por sus historiadores.

Una de esas nociones es la inexistencia de México antes de la independencia. No ha faltado escritor de la especie arriba descrita que reaccione contra esa idea, argumentando que “México para ser independiente, tenía que existir”. Pues bien, hoy en las páginas del diario La Jornada apareció un estupendo artículo de opinión de Claudio Lomnitz, en el que llama a cobrar conciencia de la dimensión inventiva del proceso de independencia en un aspecto crucial: la identidad mexicana.

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De manera muy didáctica Lomnitz explica lo que la historiografía ha venido subrayando al menos desde principios de los años noventa del siglo pasado: que México, la nación y el territorio, no fue el sujeto protagónico de la independencia, una entidad que como tal estuviese sometida a otra durante trescientos años y en un momento determinado, bajo las condiciones adecuadas, despertara de su letargo para luchar por liberarse. El proceso de independencia, por el contrario, es parte de uno más amplio —a escala mundial y durante los últimos dos siglos— de invención y ensayo de nuevas entidades e identidades políticas, que en nuestro caso se fueron modificando hasta cristalizar en lo que hoy conocemos más o menos de manera estable como México.


Las implicaciones de lo que Lomnitz nos recuerda van más allá de los procesos de independencia y construcción nacional. La contingencia que atribuye a esos fenómenos es propia del curso de toda la historia. La estancia del ser humano en el mundo ha sido siempre de invención, de acometer empresas cuyo resultado, más allá de lo que se desea, es siempre y en última instancia una incertidumbre. Y estar al tanto de ello, como bien recuerda Lomnitz, es útil no sólo para comprender el pasado, sino también, y sobre todo, para asumir que el presente mismo es invención, que nada de lo que conocemos está dado desde siempre y para siempre, que el mundo se transforma día a día y que podemos incidir con mayor conciencia y compromiso en esos cambios.