Conjurando a Probo. Sobre Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre

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Hacía mucho tiempo —años— que un libro no me entusiasmaba tanto como recientemente lo hizo Los 1001 años de la lengua española del filólogo y escritor mexicano Antonio Alatorre (1922-2010). Puedo decir ya que se encuentra instalado con justicia en mi top ten de libros en general —junto a otros como Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman, El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, o Cien años de soledad de García Márquez.

Alatorre
(Imagen del FCE)
Son muchas las cosas que pueden decirse de Los 1001 años de la lengua españolaSeguramente un lingüista o un filólogo como Alatorre tendría muchas más herramientas para evaluar a detalle su contenido. Mi lectura, en cambio, es la de un aficionado que accidentalmente es también historiador. Me centraré pues en las dos o tres cosas que a mí, con esa condición a cuestas, me hizo pensar la obra.

En primer lugar, recordé la maravillosa sensación de estar frente a la historicidad de las cosas, de descubrir el proceso de su conformación, que suele ser más palpable en recuentos de larga duración como el que ofrece Alatorre para la lengua española, desde la revolución neolítica hasta la segunda mitad del siglo XX. Puede parecer raro que un historiador hable de esta manera, pero lo cierto es que nuestra disciplina tiende cada vez más a la especialización, y muchos de nosotros —señaladamente los historiadores de la política— acotamos cada vez más nuestros temas de estudio y les dedicamos casi todo nuestro tiempo. En ese trance nos convertimos en eruditos de un proceso histórico determinado que creemos conocer ya en sus líneas generales, y sacrificamos así la naturaleza dinámica del proceso mismo. Con Los 1001 años de la lengua española redescubrí la fascinación ante una historicidad particular desconocida.

La obra es además una buena lección de humildad para todos aquellos que en algún momento hemos juzgado con rudeza las “incorrecciones” de la gente al hablar. Alatorre demuestra y subraya una y otra vez, a lo largo de las más de trescientas páginas del libro, que la lengua española ha sido fundamentalmente una creación de los propios hispanohablantes, en su mayor parte ajenos a los sectores socioculturales y a las instancias —como la Real Academia Española de la Lengua desde el siglo XVIII— que en todas las épocas han querido establecer cánones. Las “incorrecciones”, afirma el autor, son una parte natural de toda lengua viva; todas las expresiones (o “realizaciones”) del español son legítimas.

Hay que decir, sin embargo, que en las páginas finales Alatorre matiza un poco lo dicho y surge de él ese pequeño Valerio Probo (presunto responsable de un Appendix del siglo VI que censuraba las vulgares desviaciones respecto del latín literario) que todos llevamos dentro. En efecto, el autor llama a asimilar con gusto las “incorrecciones” y los “extranjerismos” que han nutrido y siguen nutriendo nuestra lengua, pero en cambio se pronuncia contra su afectación, contra la falta de sencillez y naturalidad que amenaza su capacidad de decir las cosas.

Finalmente, Los 1001 años de la lengua española me parece un ejercicio de divulgación histórica notable y digno de imitarse. Con las reservas de mi ignorancia, claro, porque no dudo que otros lectores historiadores pongan reparos al tratamiento que Alatorre da a un periodo histórico determinado, del mismo modo que yo los puse respecto de algunas de sus afirmaciones  sobre los cambios políticos y culturales de los siglos XVIII y XIX que dan contexto al fenómeno lingüístico. Es lo de menos, a mi parecer, pues la obra cumple a cabalidad el objetivo de comunicar al lector las líneas generales del apasionante desarrollo de la lengua española, desde sus ancestros indoeuropeos hasta sus más recientes aventuras anglicistas.

Valgan estas notas, pues, como una recomendación atenta, y de muy buena fe, para que se acerquen a Los 1001 años de la lengua española y lo lean con detenimiento, no porque que sea difícil seguir el relato sino porque, muy al contrario, éste alcanza en muchos de sus pasajes un cariz literario que vale la pena degustar.


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Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española, (1979) tercera edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2002 (Sección de Obras de Lengua y Estudios Literarios.)